36. Sueños rotos

«Juanan, despierta, hemos llegado».  Me dice Irene, posándo ligeramente su mano en mi hombro, rompiéndome el sueño. En ese momento, yo hubiera dado cualquier cosa para que el autobús volviera a arrancar y poder seguir durmiendo tranquilamente. Pero no, ya estamos en Bangkok; ciudad que nunca duerme. 

Entramos en el apartamento 001 de noche, presenté a mis amigos y amables anfitriones, Javi y Lara, a mis compañeros de viaje y entré cojeando en el baño.  Me miré al espejo, por primera vez en tres días, y éste me devuelvió una imagen desalentadora; La piel quemada por el sol, los ojos hundidos, las mejillas enflaquecidas y el cuerpo lleno de heridas. Parecía alguien recién salido de un agujero. Pero no, ese era yo.

A la mañana siguiente amaneció el día que tenía marcado en rojo en mi agenda y en mis sueños. Es 28 de mayo de 2016 y Atlético de Madrid y Real Madrid juegan por la tarde en Milán la final de la Copa de Europa. Para celebrar este evento que coloca a nuestra ciudad como la capital del fútbol mundial, Javi preparó un extraordinario cocido madrileño con productos españoles que al probarlo hacen que se me salten las lágrimas. Mientras disfrutamos de la comida hablamos de mi caída en la moto y de la importancia de los seguros médicos de viaje; El mio caducó en Laos, días antes de mi accidente. Tenía pensado renovarlo cuando llegase a Bangkok, inconsciente del peligro que eso suponía. Lara me relató caso de viajeros que han sufrido accidentes en Tailandia no tenían seguro médico y murieron esperando el dinero para ser operados. Esto me hizo vez la suerte que tuve de no sufrir daños graves, porque viajar sin seguro es correr un gran riesgo que podía hacerme arruinado o incluso costar la vida.

Después de comer, antes de irnos a ver la final, me limpié las heridas, una de ellas muy fea en la rodilla, tan infectada la tenía que me estaba produciendo un profundo agujero en el hueso a la que aplicaba una crema antibiótica y agua oxigenada que Javi me ha comprado en la farmacia. Acto seguido, nos fuimos en taxi a ver el partido a un bar infectado de turistas con camisetas blancas del Real Madrid y pantalla grande, donde nos reunimos con amigos de Javi. Una vez allí, me senté en primera fila con la pierna en alto y Coca-Cola en mano para ver la final.

La crónica del partido por todo el mundo es conocida: el mayor robo que ha sufrido un equipo en la historia de la Champions League: Un gol marcado en clara posición de fuera de juego por S. Ramos que incomprensiblemente el linier bien situado da por bueno, un penalti clarísimo no pitado y dos expulsiones perdonadas. (Así, así, así gana el Madrid). Entre terribles sufrimientos causados por la tensión partido y el dolor que me provocaba la crema antibiótica luchando contra la infección en la rodilla hinchada y presionada por mis pantalones vaqueros, vi la tanda de penaltis, y cómo Juanfran, al quinto lanzamiento, mandó todas mis ilusiones al poste y dejando, en bandeja, la gloria a Cristiano Ronaldo que marcó con un gran disparo a Oblak, dando así al Real Madrid su undécima Copa de Europa, rompiendo mi sueño y hundiendo mi corazón en un profundo agujero falto de luz y de calor. Final de una final que quedará para siempre en los anales de la historia como  «el robo de Milán».

Gol en fuera juego

Gol en fuera de juego. Foto Marca

Roja a Pepe perdonada Foto Alamy

Penalti clarisimo y tarjeta a Ramos no pitado.
Foto Marca

Segunda tarjeta perdonada a S.Ramos.
Foto Bein

«Mi pierna sigue igual, y hasta dentro unos días no espero mejoría; Me duele a horrores, y se ha convertido en un agujero negro que absorbe toda mi energía. Para desplazar ligeramente mi pierna tengo que cogerla con ambas manos como si fuera un objeto inerte, está muy hinchada y me paso todo el dia en el sofá maldiciéndomela, escribiendo, jugando con Pipa, y mirando como Alex y Javi echan partidas al FiFA, sólo me levanto para ir cojeando al baño o a tomar el sol en la piscina. Tengo la impresión de flotar en un pozo sin fondo tan profundo y oscuro que soy incapaz de ver su final, mientras a ratos recuerdo la final que apenas pude ver por este dolor en mi rodilla que a todas horas me pone tenso los nervios y los músculos. Este frenazo parece haber roto en pedazos el mundo a mi alrededor y su penumbra me acecha incluso en los días soleados. Mi primera prioridad ahora no es viajar. Ahora lo primero soy yo, curarme, solucionar el problema, y después ya seguiré tranquilamente viajando como un campeón.»

Pipa

Porque la salud, al final, es lo más importante. Aunque tengas una voluntad de hierro, aunque estés viviendo momentos únicos viajando por lugares increíbles con gente que aprecias, la presencia de un dolor físico lo anula todo. No importa que el equipo de tu vida vaya a jugar la mismísima final de la copa de Europa, que, con dolor, nada es divertido. Sufro días de estrés, e incluso pienso por momentos dejar de viajar y volver a Madrid. Afortunadamente, tras cinco días de armisticio para mí pierna y antibióticos conseguí al final caminar sin dolor. Incluso pude darme el lujo de salir un par de noches de juerga con mis amigos y disfrutar de esta ciudad que me fascina.

«No tengo palabras para expresar mi sentimiento de agradecimiento hacia Javi y Lara por permitirme estar en su casa y alojando a Irene y a Alex más tiempo del que todos deseábamos y mostrando por mi el mayor interés y cuidado. No habrían podido, por mucho que quisieran, atenderme mejor. Al otro lado del mundo, enfermo y desamparado, uno es vulnerable, y la amistad, la simpatía y la solidaridad, eso que no se puede comprar, en momentos de apuro como los que he vivido son como agua en el desierto»

Al octavo días ya tengo de nuevo la mochila preparada en la puerta del apartamento 001, y el pasaporte, una copia del seguro médico de viaje renovado y un billete de avión hacia Indonesia en la cartera. Irene se ha ido a Myanmar y Alex a Malasia. Yo he decidido seguir viajando solo porque aún sigo convaleciente y  quiero moverme poco y sin presiones. Me voy a Derawan, un archipiélago de islas al norte de Borneo bajo recomendación de Javi y Lara que ya han estado.

Antes de despedirme, entré al baño por última vez, ya sin cojear. Me dirigí al espejo, y de pie, ante él, ya con mucho mejor aspecto, me despedí de mí mismo:  “Vamos cabra” le dije. “Vamos cabra” respondió.

Finalmente, el sueño continúa.

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