35. Happy Laos

Llegamos de nuevo a Vang Vieng y nos reencontrarnos con nuestro amigo Apolo en un bar. Pedimos cerveza y la carta especial, el Happy Menú, el cual ofrece diferentes tipo de estupefacientes en varios formatos; Batidos, tés y pizzas de setas, bizcocho, tortillas y porros de marihuana o de opio; este menú reúne todo lo que una persona necesita para agarrarse un buen colocón. A pesar del endurecimiento de las leyes y de la búsqueda de un turismo responsable, en Vang Vieng, destino de la ruta hippie de los años setenta, los psicotrópicos siguen estando garantizados para todo aquel que le apetezca. Y a nosotros nos apetece celebrar nuestra última noche en Laos, así que pedimos dos Happy pizzas medianas con setas que tomamos regadas con varias cerveza, y cuando la cena tocó a su fin, pagamos la cuenta y felices nos fuimos los cuatro a lomos de nuestras motos. El reloj marcaba las siete de la tarde y la silueta de las crestas montañosas que flanquean la ciudad se recortaban bellas  en el cielo crepuscular.

Camino del bosque el día ha pasado a la noche; las estrellas han brotado y la luz de los potentes faros de Apolo hacen brillar las plantas y los árboles a nuestro paso. Ya empiezo a notar cómo la psilocibina algo está cambiando en mi interior. Mi moto oscila y chirría, y a menudo da tales brincos que el estómago se me sube a la garganta. Concentrado al máximo en la conducción, que se hace eterna por estos caminos olvidados de Dios, felizmente conseguimos llega a nuestro destino sin percances a pesar del colocón.

Debajo de un techado montamos el campamento, consistente en dos tiendas y una hamaca. Yo tardo media hora en montar una tienda que normalmente me lleva diez minutos entre las risas de mis amigos que se oyen en todo el valle. Una vez montado el tinglado, pongo música psicodélica en mis altavoces hasta que Apolo, que anoche estuvo de juerga, se va a dormir. Para no molestarle me voy con la música a otra a otra parte, de paseo por el oscuro bosque.

Para mi escuchar Infected Mushrooms, o trance psicodélico en general, significa ascender a un plano superior de mi existencia. Cuando escuché este tipo de música por primera vez la encontré exagerada, artificiosa y me sonaba un poco inconexa, pero al tiempo, a base de escucharla, adquirió cohesión a mi oído y en mi conciencia y ahora me parece uno de los mayores descubrimientos que he hecho en  mi vida. Ahora, bajo los efectos de una Happy Pizza caminando río arriba, todo oscuro, cuando escucho sus psicodélicos sonidos concentrado puedo ver cómo de sus melodías nacen paisajes sonoros, con diversas formas e imágenes que vienen a mi mente al ritmo de la música, de forma brumosa, pero tan cercanas, vívidas e intensas como la propia realidad.

Sigo caminando río arriba, en mi ilusión, escuchando Infected Mushrooms por los altavoces pegados a mi oreja hasta que, de pronto, se acaba la bateria de mi iPod y me quedo sin música, sustituida al momento por otros sonidos que mis oídos son capaces de distinguir con una agudeza extraordinaria. Las ranas, los grillos, el bramido del río, mis pasos, me parece distinguir hasta el sonido de las carreras de los ciempiés sobre las rocas; con cada cosa, cada ser, produciendo su música particular. Tengo los sentidos muy despiertos; bajo la luz de la luna, todo a mi alrededor brilla y fluye con tanta nitidez por el espacio que tengo la sensación de estar presenciando la tierra y la belleza de la naturaleza como era recién creada. Todo resplandece con intensidad. Siento mi existencia extraña, como algo incoherente, pero al mismo tiempo, parece que estoy en un lugar mucho mejor, que estoy en el sitio adecuado, en el correcto. A veces confundo lo razonable con lo irrazonable y me cuesta hacer análisis lógicos o seguir hilos de pensamiento, pero obtengo ideas. Noto un tacto de algo que me envuelve. Alargo el brazo hacia delante, puedo percibir cómo se desdibuja su perfil. Vuelvo tambaleante hasta el campamento, entro en la tienda que se mece como un columpio, riéndome sin saber por qué, y me acuesto junto a Irene sin desvestirme siquiera. Cuando cierro los ojos, ya no puedo abrirlos. Bajo el alboroto de los insectos nocturnos que inundan el valle, poco a poco empiezo a disfrutar de imágenes y pensamiento locos  que juegan y se alternan detrás de mis párpados y, literalmente, sintiendo mi propia existencia en el mundo como una fantasía incierta, como parte de un mundo como nunca antes había sentido.

 

…hasta que llegó el sueño que borra las imágenes y acalla los sonidos.

 

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, no me costó advertir que todo lo que había sentido la noche anterior había sido un espejismo. Me duele mucho la herida de la pierna; la tengo infectada. Si, amigos, coincidencias de la de vida…

“Me fui de mushrooms escuchando Infected Mushrooms y volví con mi pierna infected”

Todas las fotos del relato

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *