34. Viajando en moto

La familia laosiana que nos recogió en su furgoneta haciendo autostop nos llevó hasta Pakse, una población a mitad de camino de Vientiane. Llegamos de noche, y buscando un sitio para cenar, nos topamos con Alex, el ruso que conocí en Camboya. Teníamos pensado reunirnos con él y Apolo en Vang Vieng pero casualidades de la vida han hecho que nuestros caminos se cruzasen antes. Nos invitó a pasar la noche a escondidas en la habitación de su hotel, donde pudimos ducharnos y descansar cómodamente, y a la mañanas siguiente probamos de nuevo con el autostop, pero tres personas con equipaje son demasiado para esto, así que después de una hora intentándolo bajo un sol sofocante, desistimos y tomamos un autobús hasta Vientiane, donde alquilamos dos motos que cargamos hasta los topes y partimos hacia Vang Vieng, a ciento cincuenta kilómetros al Norte, para reunirnos con Apolo.

«Cuando subo a mi moto somos ella y yo. Cuando subo a mi moto siento el camino en las palmas de las manos y las suelas de los pies; Subo montañas. Cruzo ríos. Surco el viento. Cuando subo a mi moto, soy libre; puedo parar donde y cuando quiera a deleitarne de la belleza del paisaje, a comprar algo que acabo de ver por el rabillo del casco en un puesto de la carretera; a comer en un mirador bonito o respirar su aire. Cuando subo a mi moto pienso de verdad: ¡qué hermoso modo de viajar!


A orillas del río Nang Song se encuentra Vang Vient, un pueblo de postal, paraíso de la escalada, el tubbing y el kayak. 

Nos alojamos en un buen hotel con desayuno, piscina y jardines bien cuidados que dan al río y las montañas. Por la noche salimos a cenar, y por sólo tres euros al cambio, me tomé el plato típico de Laos consistente en fideos de arroz con verduras y pollo, una cerveza Bierlao y de postre un crepe de Nocilla y plátano en un puesto ambulante.

Al día siguiente nos reunimos con Apolo que sigue con su vuelta al mundo y nos fuimos a la aventura con las motos en busca de algún lugar donde acampar en mitad de la naturaleza. Después de dos horas vagando por pistas y senderos de tierra llegamos a un claro en mitad del bosque, cerca de un pequeño río. Montamos las tiendas, prendimos una hoguera y cenamos bajo la luna y las estrellas frente al fuego mientras Apolo nos contaba todos los entresijos de su viaje.

Apolo lleva más de 40.000 kilómetros en este viaje, por eso reconoce el valor de una buena moto, de un buen casco y de una buena chaqueta que ofrezca un buen grado de protección frente a la abrasión en caso de accidente; de unos buenos guantes que aguanten la fricción sin reducir la sensibilidad y movilidad y de un equipamiento completo, ligero y ordenado. En dos maletas laterales de aluminio lleva su equipaje bien sujeto y protegido, a diferencia de nosotros que vamos con todo amarrado con una cuerda y un pulpo que hemos comprado por un euro en un puesto de la carretera. Apolo con su moto de trail de manillar ancho y elevado que le otorga un control total sobre la dirección y le sitúa de forma cómoda sobre ella, comienza y acaba su jornada cuando le apetece, sin depender de horarios establecidos ni esperas en estaciones; con su gps puede llegar de manera independiente a casi cualquier lugar sin perderse e invirtiendo menos tiempo en desplazarse de un punto a otro que quien va andando, en bicicleta o transporte público.  Nos dice que las motos cuanto más ligera vayan mejor y nos recomienda para viajar comprar material del ejercito español. Entre otras cosas, carga con una parca, una carpa individual impermeable de primera calidad, pequeñas piezas de repuesto, un compresor y un kit de primeros auxilios.

Apolo, antes de viajaba como yo, fue el típico mochilero. Y cada vez que busco algo en mi equipaje apiñado como sardinas en lata dentro de mi mochila lanza suspiros de pereza.

Viajar en moto me gusta, me encanta; da mucha libertad y supone una aventura constante. Esta manera de moverme ofrece sensaciones muy distintas a como lo hacen otros medios de transporte y tiene múltiples ventajas, pero también le he encontrado inconvenientes: Porque las motos necesitan ser conducidas por un piloto que tiene aplicar una fuerza física constante con concentración en la misma posición durante horas; requieren estar todo el tiempo atento a la ruta porque un simple despiste puede costar la vida, y esto pasa factura al cuerpo al final del día. Porque conduciendo no puedes descansar mientras te mueves de un punto a otro. No puedes dormir. No puedes relajarte, leer o escuchar música mientras contemplas alelado los paisajes rodar al otro lado de la ventana, y los días de lluvias, no puedes evitar que el agua chorree por tu cuerpo. Además, todo hay que decirlo, un motorista contamina más la naturaleza que una personas que viaja en transportes públicos o en bicicleta, hacen ruido y  degradan sendas y caminos. También resulta más caro; si tienes que hacer saltos entre continentes como Apolo hay que pagar el pasaje de la moto, contratar un seguro extra y afrontar los gastos comunes que ocasiona el recambio de ciertas piezas que se rompen o desgastan por el uso, como las cubiertas, filtros y transmisiones.

A la mañana siguiente nos fuimos hacia Luang Prabang sin Apolo porque él ya ha estado y quiere descansar. El camino hasta allí fue muy dificultoso. Desde que abandonamos Vang Vieng, la carretera, a trecho empedrada y lisa, a trechos sumamente accidentada, asciende más y más y llovió intermitentemente. Además, sufrimos sendas caídas y yo me llevé la peor parte; En una curva, pisé el rastro húmedo dejado por un camión que me hizo perder grip, y al acelerar resbaló el tren delantero de mi Honda, como Pedrosa, y sin tiempo para reaccionar, caí lateralmente con todo mi peso en el duro asfalto sobre mi rodilla derecha, lo que me produjo heridas superficiales en la pierna derecha y en mi costado. La moto afortunadamente siguió funcionando satisfactoriamente y pudimos llegar a Luang Pabang ya atardeciendo.

Por la mañana dimos una vuelta por » la ciudad dorada», es pequeña y se puede puede recorrer perfectamente a pie. Luang Prabang es la capital religiosa y cultural de Laos y en ella se encuentran algunos de los templos budistas más bellos del país. Me resultó muy bonita, con un casco antiguo de ensueño, y todo muy pintoresco, tranquilo y bien cuidado.

Por la tarde, fuimos a ver las cascadas Kuang Si, que se alcanzan en menos de una hora desde Luang Prabang recorriendo una carretera estrecha y con múltiples curvas  Aparcamos las motos en una amplia plaza rodeada por chiringuitos de comida y puestos de venta turísticos. De allí parte una senda que se adentra en el bosque y pasa por delante de un centro de recuperación de osos negros asiáticos que no pudimos ver.  Las cascadas son bellísimas; la fuerza del agua y el paso del tiempo han ido erosionando y amasando las rocas y han formando piscinas naturales de color azul turquesas. El baño en ellas está permitido, pero yo tengo el cuerpo tan dolorido y llenos de heridas y el suelo es tan resbaladizos que sólo tuve valor de meter los pies. La senda asciende bordeando el río conectando múltiples caídas de agua hasta terminar en una catarata de 30 metros que se precipita desde lo alto de la montaña. Las cascadas de Kuang Si son un paraje edénico, si, un verdadero oasis de belleza. 

Al día siguiente de nuevo alzamos el vuelo en nuestras motos por Laos,  “la tierra del millón de elefantes”, de vuelta a Vang Vieng. De nuevo pero en sentido contrario, la sucesión de escenas y paisajes que transforman este medio de transporte en una experiencia inolvidable, con los rayos del sol reverberando en la vegetación y en los ríos a nuestro paso, y donde cada curva sorprende a la vista con un nuevo y bello cuadro.

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