33. A la orilla del río

Don Det es uno de los pequeños islotes que hay diseminados sobre el rio Mekong a su paso por el sur de Laos, en la llamada región de las 4000 islas, cerca de la frontera de Camboya. Es un paraje espectacular que emana calma, atmósfera suave y con magníficos paisajes, que ofrece a sus visitantes actividades como el tubing, alquiler de bicicletas, excursiones en canoa para ver de cerca delfines de agua dulce y varios bares con alcohol, música y drogas. Yo de esto no hago nada, tumbarme en mi hamaca y pasear disfrutando de un ambiente relajado en medio del poderoso Mekong para mi es más que suficiente.


«Una fuerte tormenta de rayos, truenos y lluvia ha comenzado, los relámpagos surcan el cielo y el viento avanza por encima de los árboles. Escucho ramas quebrarse, también los gritos de un cerdo que va a morir. Cada trueno, la cabaña retumba con tanta fuerza que temo que los cristales de las ventanas queden reducidos a añicos. Pero mi mayor tormento no está afuera, sino dentro, vivos e  inteligentes -los insectos, que están por todas partes. Salen de las grietas del suelo y entre las planchas de madera del techo. Los veo pegados en las paredes, correr de lado a lado en el baño, los veo volar y cuando estoy dormido me zumban los oídos. ¡Joder, cómo me pican los tobillos! Tormentas de día, tormentos de noche, en mi pequeña cabaña en Don Det.»

La tormenta que anoche cayó sin interrupción ha cesado y las calles de Don Det, llenas de charcos, huelen al amanecer que sigue a la lluvia. Las plantas que bordean los caminos están empapadas y las puntas verdes de sus hojas dejan caer gotas minúsculas. Las pequeñas casas de madera, las embarcaciones, las bicicletas de alquiler, los grandes flotadores negros, las banderas de Laos sobre los tejados, todo esta mojado y brilla bajo el cielo sin nubes.

Ha llegado Irene. Yo estoy muy contento de verla. Me parece que vuelvo a reunirme con un familiar después de un largo tiempo, y tengo tantas ganas de hablar con alguien, tantas cosas que contar, que no sé por dónde empezar. Ha llegado malita y tiene que descansar. Tras un par de días de hamaca y baños en el río, nos preparamos con todo lo necesario para irnos de acampada a una isla más salvaje que hay al sur conectada con la nuestra por un puente. He intercambiado un pequeño ordenador portátil que funcionaba fatal por una olla y utensilios para cocinar.  Tras comprimir todo el equipaje que necesitamos en una mochila, hicimos un bulto con lo sobrante y lo dejamos en custodia de nuestro hotel durante los siguiente días.

Tras una buena caminata bajo un sol sofocante, conseguimos llegar a la isla sur cruzando el puente. Veinte minutos después llegamos al puesto de entrada que da acceso a un conjunto de cascadas que nos han recomendado visitar, pero el precio era tan elevado que decidimos no entrar y seguir por otro camino explorando la zona. Tras media hora de paseo por el bosque, llegamos a un bonito lugar a la orilla del río. Allí nos dimos un baño para quitarnos el sudor y preparamos algo de comer haciendo una pequeña hoguera.

Después de comer, seguimos explorando la isla, y ya atardeciendo, buscando de un lugar para acampar, Irene escuchó a lo lejos el ruido de las cascadas. Hemos dado tal rodeo a la isla, que llegamos hasta ellas sin pasar por el control de entrada. Casi había anochecido y no quedaba nadie en los miradores. Acampamos en un terraplén del río entre las rocas, ya de noche, picamos y nos pusimos a dormir bajo el incesante rumor del río.

Me despierto cuando Irene abre la tienda. Salgo. Sigo su sombra hacia arriba. No me pregunto dónde voy, algo misterioso me atrae… un instinto animal que me guía descalzo sobre las piedras afiladas, tras su silueta negra que salta de roca en roca como un gato, sin hacer ruido. Cuando llego arriba, está sentada en una plataforma de piedra que domina todo el río.  La luz de la luna ilumina su cara y brilla en sus ojos, en su mirada, y baña sobre el agua oscura el vapor de las cascadas Tad Somphamit, en la región de las 4000 islas del Mekong.

A la mañana siguiente, seguimos explorando y disfrutando del lugar que posee una naturaleza donde todo es exagerado; -las tormentas, la vegetación, los insectos… también la belleza. 

En nuestro deambular por la isla, llegamos a un restaurante situado en una ensenada de arena a la orilla del río. La tarde estaba cayendo y le preguntamos a unos de los camareros si había algún problema en acampar al otro lado de la playa. Nos contestó que no, que no había ningún problema.  Montamos la tienda y nos dimos un baño hasta que algo me picó en un tobillo. No fue nada grave pero ya no volví a meter un pie en el agua. Después nos turnamos para cocinar utilizando ramitas como único combustible, hervimos agua y cocímos arroz acuclillados sobre una pequeña olla sujetada por un palo sobre el fuego. Después, junto a la orilla, cenamos mientras observamos inmóviles el fluir de las aguas y la caída de la noche. 

Al dia siguiente volvimos a Don Det y recogimos el resto de nuestro equipaje. Queremos recorrer Laos haciendo autostop porque Irene viaja con un presupuesto muy ajustado y a mi no me importa. Así que nos pusimos a la orilla del asfalto, con la mano derecha cerrada a la altura del hombro y el pulgar erguido, llenos de polvo y parecíamos dos mendigos, viajeros que no llegarán a ninguna parte… hasta que, apunto de anochecer, una camioneta pasó delante de nosotros, redujo la velocidad y se paró un poco más allá.

Y el viaje continua.

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