32. La noche del mar

Cochinchina, Vietnam.

“El autobús avanza bajo rayos del sol de la tarde sobre una carretera que serpentea entre bosques, arrozales, arroyos y pantanos; al fondo, se divisa el mar. Vietnam, al otro lado de la ventana se muestra verde, fresca, tropical, con muchas palmeras. Pienso al contemplarla en lo maravilloso que sería poder parar donde quisiera a fotografiar y respirar los nuevos panoramas que me ofrece al otro lado de la ventana. La abro. El aire es fresco, se abren también mis carnes perdiéndome en él. Pregunto al copiloto si puedo bajar; instantes después, el autobús se detiene. Recojo mi mochila del compartimento de equipajes y la dejo caer en el suelo. Sentado sobre ella, observo cómo la luz de los faros traseros del autobús es absorbida por la distancia, mientras escucho el ruido de su motor alejarse hasta que se apaga por completo. Todo queda en silencio. El lugar es un paraje sin nada excepto los árboles, paz y la carretera, que dejo atrás siguiendo un sendero con aspecto de ser el lecho seco de un río dirección a la playa, hasta que lo vi, ante mi; “¡El mar! ¡El mar!”

“La playa está desierta, cubierta por la sombra de los árboles a mi espalda. Al descalzarme, noto la arena dura, fría y húmeda en mis pies que avanzan hasta la franja de espuma que van dejando las olas, con algas muertas que se enlazan en mis tobillos. Respiro con todas mis fuerzas, cara al horizonte, y es como si el mar llenara mis pulmones. El sol se va de la tierra, llega la noche del mar”.

” Y busco un lugar donde encender una hoguera. Lo encuentro al lado de una barca varada que utilizaré para refugiarme de la brisa. Me quito la mochila y me adentro en el bosque de palmeras para buscar ramas secas que cargo en mis brazos y apilo junto a la barca. Cavo un agujero en la arena y meto parte de la leña en él, procurando poner abajo las ramas más pequeñas. Arranco un par de folios en blanco de mi cuaderno de viaje y hago bolas con ellas. Enciendo el mechero y lo prendo todo. Las llamas se elevan y pasan del papel a los leños mientras lo azuzo y alimento con cuidado hasta que cobran altura y fuerza. Para asegurarlo, lo rodeo con unas piedras y prendo tres barritas de incienso para repeler a los mosquitos que pululan a mi alrededor. Ya tengo hecha mi hoguera”

“Y hay luna en el firmamento, pero está oculta tras unas nubes que van hacia el sur arrastradas por el viento. La noche es negra y el cielo y el mar son casi invisibles. Me tumbo cerca del fuego, de su luz, con la barbilla apoyada en mis antebrazos cruzados clavándole los ojos bajo el chisporroteo de las llamas que resuenan sobre el sonido lento y monótono que hacen las olas. Atizo con un palo las brasas para reavivarlas. Se derrumba un tronco, saltan chispas. Se abre la noche. Luna creciente”.

Siete horas después.

“Despierto bajo una fina bruma soñolienta sobre la playa. Se acerca el alba a despedir la noche y ya no quiero conciliar el sueño;F va a amanecer sobre el mar, puedo adivinar su presencia porque el cielo comienza a mostrar colores nuevos. La mayoría de los troncos han quedado reducidos a cenizas y los que quedan aún despiden un poco de humo. Me pongo la chaqueta impregnada del olor de la hoguera, y con la espada apoyada en la barca me pongo a esperar. A este lado del mar, bajo el canto lento de las olas, el mundo está tranquilo, al otro lado, tal vez el mundo sigue moviéndose frenéticamente, coches, motos, hombre corriendo como hormigas enloquecidas. Tal vez. Pensando en ello, el sol por fin se levanta y aclara de golpe toda la playa. La luz entra en mi ojos. Noto la llegada de la luz hasta en el fondo de mi cuerpo, donde mi corazón refulge con la llama del sol, como la llama de la hoguera que devoró la leña, dando luz, color y comienzo a mi dia, en un lugar perdido de la lejana Cochinchina.”

 

Después de dos días durmiendo en la playa volví a la carretera y haciendo autoestop a un autobús local llegué al hostal Long Son, a las afueras de Mui Ne. Está pegado a la playa, tiene personal occidental, cabañas, literas y una explanada con muchas tiendas de campaña dispuestas en parrilla para su alquiler. El sitio mola, lleno de gente joven de todo el mundo. Por la noche organizan juegos para entretener a los viajeros, con noches de cine, torneos de póker y limbo, fogatas en la playa, voleibol, juegos de mesa, fútbol playa, pub crawl…

La primera noche dormí en una tienda que por la mañana se convirtió en un horno insoportable, debido a esto, y a que me di cuenta de que podía dormir en los sofás del chiringuito comodamente sin gastarme un duro, hice el check out y puse un candado mío a una de las taquillas. Aquí pasé 5 dias.

“Un lugar donde el flujo del tiempo se detiene, donde los sentidos se amodorran antes la ausencia de acontecimientos. Estimulado por el entorno, la mayoría del tiempo escribo o leo envuelto en el sonido del océano en las hamacas o la tumbonas desde donde veo perfectamente la linea del horizonte. Trabajo mi bronceado nadando o dando largos paseos por la playa con el brillo del mar a un lado y la sombra de las palmeras con cocos recién caídos que parto y me como al otro, como un naufrago. En una playa de Vietnam he vivido, por asi decirlo, sin dejar de ver el mar”

 

Después de una semana viviendo en la playa, he cogí un autobús hasta Hoi An. Allí me tiré el lujo de cogerme una habitación para mi solo, algo que no hacía desde Filipinas hace casi dos meses. También alquilé una bicicleta.

Callejear con ella por la zona antigua de Hoi An es una maravilla. La ciudad es bellísima, pintoresca, muy colorida. Conserva parte de un antiguo puerto del siglo XV y un puente cubierto japonés, Chua Cao, que une dos barrios históricos, el chino y el japonés. Por la noche la ciudad transmite magia; luces de colores decoran el paseo y el río se llena de velas flotantes. Sin duda ha sido una de las poblaciones más bonitas de todo mi viaje.

 

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