32. A la orilla del mar

18:30

Voy en un autobús que avanza bajo los rayos del sol de una tarde de finales de abril por una carretera que serpentea entre bosques y arrozales; al fondo, se divisa el mar. Hace buen tiempo y Vietnam, al otro lado de la ventana se muestra verde, fresca, tropical y llena de palmeras. Al mirar el panorama desde mi asiento del pasillo central pienso en lo maravilloso sería estar viajando en moto o bicicleta, donde todo es ventanilla. Dos asientos delante, al otro lado del pasillo. se sienta el copiloto. “Beautiful country” le digo. “Thank you, sir”. Le pregunto amablemente  si sería posible bajarme antes de llegar a Mui Ne. “Of course”; Instantes después, el autobús se detiene. Recojo mi mochila del compartimento de equipajes y al bajar la dejo caer en el suelo. Sentado sobre ella, observo cómo el autobús es absorbido por la distancia mientras escucho el ruido de su motor alejarse hasta que se apaga por completo y todo queda en silencio. Estoy en un paraje sin nada excepto los árboles, paz y la carretera que dejo atrás siguiendo un sendero con aspecto de ser el lecho seco de un río, dirección a la playa, media hora, hasta que lo vi ante mi. “¡El mar, el mar! 

 

19:30

La playa está desierta, cubierta por la sombra de los árboles a mi espalda. Al descalzarme, noto la arena dura y húmeda y fría en mis pies. Busco un lugar donde prender una hoguera en la playa que encuentro al lado de una barca varada que utilizaré para refugiarme de la brisa. Me quito la mochila y me adentro en el bosque de palmeras en busca de ramas secas que cargo en mis brazos y apilo junto a la barca. Cavo un agujero en la arena con las manos y meto parte de la leña en él, procurando poner abajo las ramas más pequeñas. Arranco un par de folios en blanco de mi cuaderno de viaje y hago bolas con ellas. Las prendo. Las llamas se elevan y pasan del papel a los leños mientras las azuzo con cuidado hasta que cobran altura y fuerza. Después rodeo todo con piedras para asegurarlo y enciendo tres barritas de incienso para repeler a los mosquitos que empiezan a pululan a mi alrededor. 

1:00

“Hay luna en el firmamento, pero está oculta tras unas nubes que van hacia el sur arrastradas por el viento. La noche es negra y el cielo y el mar son muy oscuros bajo el chisporroteo de las llamas que resuenan sobre el lento y monótono sonido de las olas. Atizo con un palo las brasas para reavivarlas. Se derrumba un tronco, saltan chispas. Se abre la noche, luna creciente”.

5:00

Despierto sobre mi esterilla bajo una fina bruma soñolienta. Se acerca el alba, va a amanecer sobre el mar, puedo adivinarlo porque el cielo sobre él comienza a mostrar colores nuevos. La mayoría de los troncos han quedado reducidos a cenizas y los que quedan aún despiden un poco de humo. Apoyado en la barca desayuno algo mirando al mar. Estoy en un país extranjero pero el mar me hace sentir como en tierra. ¡Qué maravilloso es el mar! Desde mi orilla el mundo parece un lugar tranquilo, al otro lado, tal vez sigue moviéndose frenéticamente con sus coches, motos y hombres corriendo como hormigas, tal vez. Pensando en ello el sol se levanta y aclara de golpe toda la playa. La luz entra en mis ojos. Noto la llegada de la luz hasta en el fondo de mi cuerpo, hasta donde habita mi alma, que refulge con la llama del sol, como la llama de la hoguera que anoche devoró la leña. Es el comienzo un nuevo día: hoy, en un lugar perdido de la lejana Cochinchina.


 

A mediodía vuelvo a la carretera y haciendo autostop a un autobús local llego al hostel Long Son, a las afueras de Mui Ne. Está primera línea de playa, tiene personal occidental, bungalows, literas y una explanada con muchas tiendas de campaña dispuestas en parrilla que alquilan, cabañas y habitaciones compartidas. Por la noche en el chiringuito organizan juegos para entretener a los viajeros, con noches de cine, torneos de póker y limbo, fogatas en la playa, voleibol, juegos de mesa, fútbol playa, pub crawl.  La primera noche dormí en una tienda que por la mañana se convirtió en un horno insoportable. Debido a esto, y a que me di cuenta de que podía vivir gratis en las zonas comunes mezclado con los demás viajeros, durmiendo en los sofás, hice el check out y puse un candado mio a la taquilla. Aquí he conocido Guillermo, de Torrejón de Ardoz, Madrid, está viajando por Vietnam en moto con unos amigos. Yo estaba viendo la vuelta de semifinales de la copa de Europa entre el Bayern de Munich y el Atleti en mi tablet nueva comprada en Ho Chi Ming haciendo una videollamada a mi amigo Javi en Tailandia, con su cámara orientada a la televisión de su salón conectada a un ordenador que por Internet retransmitía el partido desde Alemania. El Atlético gana y es en ese momento, que cambio mis planes de viaje.  Quiero ver la final dentro de tres semanas con mi amigo Javi en Bangkok.

 

Después de cuatros días en el hostel de Mui Ne, he cogido un autobús hasta Hoi An, desde donde escribo. Aquí he cogido una habitación para mi solo, algo que no hacía desde Filipinas hace casi dos meses, y he alquilado una bicicleta al propietario del hotel. Callejear con ella por la zona antigua de Hoi An y sus alrededores ha sido una maravilla. La ciudad es bellísima, pintoresca, muy colorida, tanto por el dia como por la noche. Conserva parte de un antiguo puerto del siglo XV al XIX y un puente cubierto japonés, Chua Cau, que divide dos barrios históricos, el chino y el japonés. Por la noche la ciudad transmite magia; luces de colores decoran el paseo y el río se llena de velas flotantes. Una de las poblaciones más bonitas de todo mi viaje. Desde aqui, en dos dias, si no surgen obstáculos imprevistos, llegare a Laos.

 

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