31. Aventuras en un juego de guerra

Las fronteras siempre dan guerra. Colas para sellar la salida, colas para sellar la entrada. Todas suelen estar atestadas de gente y en ellas siempre hay que andarse con ojo con los oportunistas que merodean por los alrededores intentando sacar tajada del extranjero ingenuo o despistado. Antes de cruzarlas siempre hay que informarse sobre la visas, si hay que pagar, cuánto y por cuánto tiempo. Y a veces las autoridades te preguntan por el lugar donde te quedarás, hasta cuándo, con quién, qué harás.

En el paso de Camboya a Vietnam he perdido a mi compañero de viaje, que ha tenido que dar media vuelta porque no ha cumplido un plazo que le obligaba a estar treinta días fuera del país, antes de volver a entrar, dejándome solo en el autobús y pensando que definitivamente a las fronteras les tengo la guerra declarada. 

Sin embargo, en la cola del compartimento de equipajes he conocido a Serena. una simpática viajera italiana que habla español y que también ha perdido a su compañera por el mismo motivo, quedando sola también. Y se viene conmigo. 

«Desde la estación de autobuses, nos dirigimos al barrio mochilero de Pham Ngu Lao atravesando la calurosa, atestada y ruidosa ciudad de Ho Chi Ming. Hay embotellamientos y los escapes de las miles de motos, como las alarmas que avisan de un bombardeo aéreo, rasgan el aire de sus calles decoradas por banderas rojas que ondean orgullosas bajo el signo solemne del sol. Son las banderas del pueblo que venció a los estadounidenses: La República Socialista de Vietnam».­

Durante los años treinta, con la excepción del reino de Siam (Tailandia), el sur y el sudeste asiático estaba colonizado por las potencias occidentales. Gran Bretaña gobernaba en la India, Birmania, Malasia y Singapur. Estados Unidos en las Filipinas. Holanda en Indonesia, y Francia tenía la colonia de Indochina, formada por Camboya, Laos y Vietnam, que por aquel entonces estaba dividida en tres regiones bien delimitadas: Una es Annam, un sistema montañoso que une el norte y el sur y que abarca prácticamente dos terceras partes del país. Y las otras dos áreas son la planicie Norte, Tokin, y la planicie sur, Cochinchina, la región por la que viajaré las próximas dos semanas.

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Después del registro de entrada, decidimos ir a ver el museo de la guerra siguiendo un mapa que nos ha regalado el chaval de la recepción. De camino, pasamos por la catedral de Notre Damme de Ho Chi Ming, una iglesia católica emplazada en un bonito predio, que si me topase con ella en Europa no la sacaría ni una foto porque allí estoy muy habituado a ver edificios de este tipo. Pero aquí, en Vietnam, es una demostración de tolerancia y respeto de los vietnamitas hacia los símbolos de otras religiones y culturas:

El edificio que alberga el War Remnants Museum por fuera es hermoso, por dentro muestra lo peor del ser humano y los horrores de la guerra en todas sus versiones. El lugar está muy bien organizado con trabajadores muy amables que siempre están dispuestos a ayudar a los turistas. En el patio de entrada hay un jardín con una exposición de vehículos de la guerra y en su interior hay varias salas organizadas en tres plantas donde se muestran armas, uniformes, trampas, instrumentos de tortura y documentos de la época.

Las paredes de las salas están llenas de fotografías que muestran escenas de veinte años de guerra, en la que no hubo censura y los reporteros tenían acceso al campo de batalla. La parte que me resultó más dura e interesante fue la colección de fotografías tomadas por los propios vietnamitas mostrando los traumas sufridos por los civiles atrapados en el fuego cruzado del conflicto.

“Fue como si de pronto nos encontráramos en medio de una película de terror. Los visitantes vamos de una foto a otra, observamos la crudeza de sus imágenes y leemos los datos de las tablillas con caras de perplejidad, todos guardando un silencio sepulcral que conmueve, que encoje el alma y que quedará para siempre grabado a fuego en nuestra memoria”.

Salí del museo sin ganas de viajar por este mundo escenario de tal tamaño y cantidad de atrocidades e injusticias. Menos mal que Serena, con su alegría, es capaz de transformar un mundo lleno de pobreza, enfermedad y devastación en uno soleado y colorido.

Tras una bonita tarde recorriendo las calles de Ho Chi Ming, mi nueva amiga y yo acabamos en el mercado nocturno de Ben Than Market. Es el más grande de la ciudad y ofrece a sus visitantes toda una gama de olores, sonidos, sabores y movimiento. Aquí llaman mi atención las botellas de bebidas afrodisíacas con escorpiones o serpientes, los clásicos sombreros de paja de forma cónica y la cantidad de  banderas y camisetas rojas de Vietnam que hay en la mayoría de los puestos. Es un buen lugar donde probar el gusto local por la comida, cómo la preparan, tanto por lo que respecta al producto fresco, sin elaborar, como a los platos ya cocinados en sus pequeñas terrazas. Cenamos de muerte en una de ellas, con palillos, sentados en mesas y sillas tan pequeñas que parecían de juguete y con algún que otro roedor que deambulaba de aquí para allá. 

Fue el final perfecto para un primer día de película por la ciudad.

“Una ducha rápida como un tiro. Me visto, me cepillo los dientes, me peino. Cojo la cámara, el pasaporte, dinero y la guerrera; todo lo demás a la taquilla. Me pongo las chanclas; lentamente, frente al espejo, mis gafas de sol. Tras nueve meses de viaje por el sudeste asiático, ejecuto ya estos rituales preparatorios del día maquinalmente, con la misma naturalidad que John Rambo realizaba los suyos antes de batirse en batalla. Vamos a los túneles de Cu chi, a las afuera de Ho Chi Minh”.

Junto a John Rambo, más de dos millones de soldados cruzaron el Pacífico para luchar en Vietnam, de los cuales, 58.000 volvieron sin vida bajo una bandera de barras y estrellas. Muchos no tenían ni veinte años cuando fueron enviados a luchar contra los “guerreros de pies descalzos” y un pueblo desesperado que no tenía nada que perder. Cuarenta años después, los que sobrevivieron, con sesenta o setenta años que tendrán ahora, pueden venir si lo desean a visitar los lugares donde combatieron, a contemplar los paisajes que un día bombardearon, a conocer las trampas donde perdieron compañeros o partes de su cuerpo y hacerse selfies. Quedan recientes muchas huellas de la guerra y ahora son un atractivo turístico más.

La visita a los túneles de Cu Chi es un claro ejemplo de esto, el tour dura unas dos horas y a mi me ha gustado porque ha sido una experiencia distinta. Te mete en la película de lo que fue la guerra, la resistencia, el sacrificio, la astucia y la habilidad de los vietnamitas, que crearon más de 250 kilómetros de túneles y trampas que literalmente volvieron locos a los americanos. El recinto está en un bosque con mucha vegetación y grandes árboles, y cuenta con reproducciones de los túneles, restos de vehículos utilizados en la guerra, cráteres de bombas lanzadas desde los bombarderos B-52 y unas espeluznantes recreaciones de trampas para humanos. También cuenta con un campo de tiro donde, por un puñado de dólares, se pueden disparar armas de la época, un pequeño museo y un centro de interpretación donde te explican cómo se desarrolló la guerra de guerrillas.

Un lugar muy ilustrativo, que podría haber sido un tanto triste y desagradable, pero que gracias a Serena y a nuestras bromas se convirtió en una actividad turística muy divertida y disparatada

Y después de dos días sin separarnos, cada cual tomó un rumbo distinto. Serena prosigue su viaje, hacia Ha Noi, yo con el mio, diez días por la lejana Conchinchina antes de cruzar a Laos.

“Abandono Ho Chi Ming experimentando una tranquilidad parecida a la que siente un soldado el día después de la batalla, mientras observo a través de la ventana del autobús que se aleja de la ruidosa ciudad, con el crepúsculo tiñendo el cielo del color de la sangre, los pequeños poblados de la campiña vietnamita, con muchos campos sembrados de arroz y campesinos inclinados bajo sus clásicos sombreros de paja de forma cónica trabajando pacíficamente en las veredas”.

 

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