30. Costa perdida

Intento imaginar cómo vivían aquí siglos atrás, en la costa de Camboya, sentado en el muelle mientras miro la ciudad.  En mi cabeza se dibuja una sociedad rural, pobre, con sus habitantes viviendo en chozas de bambú bajo la serenidad de su paisaje. Como en todo el Sudeste asiático, el arroz es el componente básico de su alimentación. También las frutas frescas recolectadas en el bosque y el pescado capturado en la bahía, forman parte importante de su dieta. Los jóvenes cuidan de sus mayores, como es natural, y éstos, vigilan y enseñan a los más chicos. Los juegos, el trabajo y las largas tertulias delante de los pozos de agua o en la plaza, se alternan sin un empleo preciso del tiempo. Por las noches, junto al fuego, los ancianos relatan cuentos tradicionales camboyanos que hablan de los reyes jemeres y de las enseñanzas de Budha. En los días especiales, se representan historias de héroes y dioses en los teatros por medio de sombras reflejadas en una tela, y después, para atraer a la buena suerte, las mujeres danzan Apsara al son de instrumentos musicales hechos de bambú. Si imagino, aquí hay un jardín, un auténtico paraíso para un viajero. Sin embargo, hoy las calles de Sihanoukville huelen a prostíbulo y mafia. Es visible en cada esquina de la vida que me rodea. El “progreso” ha transformado este pequeño poblado de pescadores en una auténtica ciudad de servicios al turismo, doblegando, al mismo tiempo, sin control, su cultura misteriosa y frágil.

En algunos sitios alejados de la ciudad, hay cabañas pegadas a la playa que tienen muy buena pinta y que sin duda es una buena opción si vienes en pareja o en familia y quieres intimidad, valen alrededor de los veinticinco dólares. Yo, como estoy viajando con un ruso, no me interesa pagar tanto. Me alojo en el utopía. Cuesta dos dólares la colchoneta en habitación compartida con doce, wifi, ducha caliente y piscina turbia. Es el peor hostal del universo, pero en él he conocido gente interesante con sus historias interesantes que hacen agradables mis últimos días en Camboya.

El primer dia llegamos temprano y tuvimos que esperar hasta las once de la mañana para realizar el registro de entrada. Para amenizarnos la espera, el encargado nos invitó a tomarnos un té verde en el bar de la piscina. Desde ese momento nos hicimos amigos. Es un tipo muy interesante. Hace más de veinte años que salió de Egipto y ha recorrido dieciocho países buscándose la vida y ha estado a punto de morir unas cuantas veces. No me cansaré de escucharle durante estos días. Después del té, fuimos a desayunar a un bar que hay anexo al hostal que está atendido por un chaval italiano muy dicharachero que llegó aquí de viaje, solo, y ahora vive con su mujer e hija camboyanas. También me haré amiguete de él. Tras preguntarle por su vida en la ciudad, me cuenta que, por el dia está bien, que es barata y hay buena comida, pero que hay que tener cuidado por la noche. Nos aconseja no fiarnos de nadie porque hay bandas que incluyen en muchas ocasiones al personal de los hoteles y restaurantes, conductores de tuk-tuks y hasta a la policía. Me avisa que no coja la moto de noche por la carretera entre Ocheteal y Otrés porque en ella puede haber asaltantes o controles policiales que, si me paran, van a intentar sacarme todo lo que puedan. «Cuidado también en los cajeros automáticos, hace unos días asaltaron una pareja española en pleno dia». dice también

Barra de la piscina

Barra de la piscina

Barra del italiano

Barra del italiano

Cada mañana suelo madrugar a eso de las ocho porque a partir de esa hora mi cuerpo arde del calor tan espantoso que hace en la habitación. De verdad, a veces me levanto con la impresión de estar cociéndome al vapor. Tras ducharme y comprobar todos los picotazos de chinche que tengo por el cuerpo en un baño que no merece ni una palabra de elogio, voy a desayunar al bar del italiano, y después, como no sé qué otra cosa hacer en esta ciudad, me voy a nadar a alguna de las playas.

La más cercana a mi hostal es Serendipity, está a cinco minutos andando desde el centro  y es la más concurrida. Lo que podría ser una maravillosa playa bordeada de bananeros se ha convertido en un lugar echado a perder. En ella, han levantado bares y restaurantes de forma incontrolada que vierten sus residuos directamente al mar, sin depurar, por medio de desagües que atraviesan la playa con descaro, a la vista de todo el mundo. Por la tarde, las terrazas de los bares se llenan y la arena se abarrota de familias locales que saca sus sillas al fresco, con muchos niños que juegan en la playa. Por la noche hay un mercadillo, y después de éste, party every day, así lo anuncian sus carteles.

Las demás playas no son nada del otro mundo. Otres Beach, a unos cinco kilómetros al sur de Serendipity también tiene bares y restaurantes en la arena con un montón de tumbonas de pago y con desagües también, pero hay menos gente. Tiene un cierto aire hippy que no está mal si quieres venir a relajarte. Otra playa es Socapick, su arena es fina y está impoluta, sin desagües desembocando en el mar ni mucha gente, pertenece a un hotel de lujo pero, éh, te dejan acceder a ella sin ser cliente.

Serendepity

Serendepity

Serendepity

Serendepity

Otres Beach

Otres Beach

Frente a la costa, a una hora en barco, hay un pequeño archipiélago de islotes. Estuve en Koh Rong tres días con Apolo, un español que está dando la vuelta al mundo en moto y también se aloja en el Utopia. Es una isla de casi quince kilómetros de longitud máxima, con playas de aguas turquesas y muy selvática. Los alojamientos se encuentran en la zona nororiental, en Koh Touch, y tienes dos opciones: la parte barata y ruidosa, con los bares y centros de buceo, o un poco más alejados hay cabañas de cincuenta dólares la noche que si vienes en pareja o en familia merecen la pena. Es una isla sin calles ni carreteras. No hay motos ni coches pero ya está proyectada la construcción de un aeropuerto y un gran casino. La mejor zona de la isla es Long beach, tiene siete kilómetros. A una hora a pié. Está casi desierta, sin servicios, y es el escenario del programa Supervivientes de Francia y Bélgica. Dentro de poco, llegará la edición de Estados Unidos y van a montar un estudio permanente durante todo el año. Koh Rong es una isla demasiado bonita para que un país tan pobre como Camboya no intente sacarle todo el partido que pueda, lo entiendo, pero mucho me temo que con ello, paso a paso, irá por perdiendo su encanto. Si no lo ha perdido ya.

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Bueno, pues entre Sihanoukville y Koh Rong he pasado una diez días con un ruso, un egipcio, un italiano y un español, sin hacer nada en particular y repitiendo exactamente lo mismo: Paso tiempo con ellos, nado cuando quiero, como arroz con vegetales, leo, escucho cursos de inglés de Vaugam y después practico lo aprendido charlando con quien sea. Viajar ofrece para clases de inglés  gratis y con tanto tiempo tengo que aprovechar. Por las noches salgo a cenar y después, en la piscina, mientras me tomo una copa, intento ponerme al dia con el blog  o busco destinos en Internet que despierten mi interés, a ser posible, sostenibles. Esta ciudad está bien conectada por carretera con Tailandia y Vietnam, y hay compañías que hacen este recorrido cruzando la frontera. He decidido ir hacia el Oeste porque en Tailandia ya he estado. Iré con Alex y una pareja rusa clientes suyos durante una semana por Vietnam, con transporte y alojamientos de cuatros estrellas gratis. Estoy invitado. Su ruta termina cerca de la frontera de Laos, e Irene, una de las chicas españolas que conocí en Malapascua, me ha pedido que la acompañe para recorrerlo en bicicleta. Después de dos meses por Vietnam y Laos, volaré a Indonesia desde Bangkok. Creo que no está nada mal.

Cierro el cuaderno a la una y media de la madrugada. Me voy a ver al Atleti contra el Barcelona en partido de vuelta de los cuartos de final de la copa de Europa, a algún bar. Mi sentido común me aconseja quedarme en el hotel porque el único sitio donde puedo ver el fútbol, según me dicen, es un punto peligroso de la ciudad y tengo que pasar con la moto por una glorieta en la que siempre hay controles, y no tengo casco ni carnet internacional, pero decido jugármela porque el partido para mi tiene un atractivo irresistible. Así que despierto a Alex, le pido las llave de la moto y conduzco en dirección al puerto. Giro la glorieta a la izquierda. Cruzo hábil, sin ser visto, el control policial escondido detrás de una furgoneta y tomo la calle que desciende hacia la zona de los bares. Una vez allí, dejo aparcada la moto a pie del muelle y voy inspeccionando, puerta por puerta, los bares en busca de alguno que televise el partido, mientras, a mi alrededor, jóvenes asiáticas no paran de lanzarme gestos obscenos y provocativos. «Esto es un lupanar; hay putas, putas y venga putas. Parece que las putas hayan tomado Sihanoukville».

Encuentro un local que anuncia el partido en una pizarra. Es una ruidosa y vulgar taberna de las que puedes encontrar en todas las partes del mundo, llena de chicas nativas semidesnudas y hombres occidentales. «Vengo a ver el partido». Le digo a la chica encargada de acomodar a los clientes. Me guía hasta el final del local, junto a un cincuentón con la camiseta de Messi y el Atleti marca justo cuando me estoy sentando. Debajo de la tele, hay una barra con chicas bailando despendoladas que sonríen y murmuran entre ellas al verme celebrar el gol de Griezmann. Algunas están en bikini, otras con minúsculas faldas que muestran su inexistente ropa interior mientras simulan un espectáculo lésbico. Pido un copazo de ron, claro que si. Le doy un laaaaaargo trago…

Cuatro horas después, me despierto en el muelle en medio de la peor de las resacas. Anoche me quedé dormido sobre sus tablones de madera como un vagabundo, pero he dormido más fresco que cualquier noche en el utopia. A mi alrededor, se suceden escenas típicas de un puerto bajo el canto de las gaviotas que vuelan en un inmenso cielo azul y el ruido monótono de los motores que hacen los barcos. (Me gusta esa mezcla de sonidos). Junto a las taquillas, hay unos mochileros echando una cabezada que anoche no estaban. Seguro que ellos tampoco me vieron porque todo es tan deprimente que yo, aovillado, durmiendo tirado en el muelle, paso desapercibido. No llamo la atención. Y me siento culpable: «Soy parte del fenómeno turístico que, sin freno, ha echando a perder este lugar».

En los últimos años, gracias a la bajada de los precios de los transportes y de los alojamientos, y de internet, viajar se ha democratizado en todo el mundo. Nunca viajar fue tan fácil y económico como ahora, y eso, sin lugar a dudas, es un progreso social importante de nuestra civilización. Cierto es, que el turismo genera negocios que son fuentes de empleo y de ingresos para los destinos visitados, provocando en ellos inversiones dedicadas a mejorar el alumbrado, la sanidad, las comunicaciones, la recogida de basuras, la preservación y rehabilitación de monumentos y lugares históricos, o la conservación de la naturaleza con la creación de Parques Nacionales, reservas de animales y espacios protegidos. Pero abrazar este fenómeno como un dogma que garantiza prosperidad, de cualquier manera y a cualquier coste, sin ninguna planificación por parte de las administraciones públicas responsables de establecer normas que hagan posible desarrollar proyectos turística y culturalmente sostenibles en sus territorios a largo plazo, da como resultado lugares como Shinahoukville (o Koh Rong dentro de poco tiempo). Un lugar que ha desmantelado sus sistemas productivos que sirvieron durante siglos (o milenios), para dar cabida a negocios orientados a satisfacer a los turistas, alterando la auténtica vida de sus habitantes, mercantilizando y empobreciendo de forma extrema sus tradiciones locales, el entorno en el que viven y, con todo ello, el interés que pueda tener yo como viajero.

La Organización Mundial del Turismo define como turismo sostenible: “aquel que atiende las necesidades de los turistas y de las regiones receptoras, al mismo tiempo que protege y amplía las oportunidades para el futuro. Se percibe como el marco principal para la gestión de todos los recursos, de tal forma que las necesidades económicas, sociales y estéticas puedan ser satisfechas, sin detrimento de la integridad de la cultura, de los procesos ecológicos esenciales, de la diversidad biológica y de los sistemas que preservan el mantenimiento de la vida”.

El Centro Español de Turismo Responsable hace las siguientes recomendaciones para que el turismo sea respetuoso:

  • Busque la mayor cantidad de información posible sobre el país que va a visitar. Siempre que pueda, elija operadores turísticos, compañías aéreas y hoteles comprometidos con las comunidades de acogida y con el medio ambiente.
  • Intente adaptarte a los usos y costumbres locales, sin imponer sus hábitos y estilos de vida.
  • Busque alojamientos, en la medida de lo posible que utilicen energía solar, a los que se pueda llegar en transporte público.
  • En los lugares de culto, o cuando se viaja a zonas deprimidas económicamente, evitar llevar ropas llamativas y ostentaciones de riqueza que contrasten drásticamente con el nivel de vida local.
  • El mundo es bonito porque hay variedad: Las personas no son parte del paisaje. Establecer relaciones correctas y cordiales con las poblaciones locales, sin prejuicios ni estereotipos previos, ayuda a disfrutar.
  • Usar siempre que se pueda los servicios gestionados por la población local, en particular los transportes y los alojamientos.
  • Cuando vuelva a casa reflexione sobre lo que ha vivido y conocido. Si ha sido testigo de situaciones graves e intolerables, hágalo saber.

Me voy a Vietnam.

“Tras la victoria, camino perdido por esta costa echada a perder. Aún a estas horas de la madrugada, sus calles están llenas de luz, con una multitud de parejas dirigiéndose a algún sitio mientras yo no sé hacia dónde dirigirme. Compro una cerveza y paseo por las calles del puerto. Llego a un pequeño muelle. Camino hasta el final de él con el crujido de la madera acompañando cada uno de mis pasos, lentamente, iluminado por una media luna que flota sobre el mar, y a su alrededor, iluminados también por ella, unos gruesos nubarrones se deslizan en silencio por el cielo. Me siento en el suelo, con las piernas colgando, a beber mi cerveza, ¡a disfrutar de la victoria! Y a contemplar la imagen de la ciudad con la superficie del mar reflejando misteriosamente su luz, como si fuera un mar de añicos de cristales de colores”.

Fotos de Shihanoukville y Koh Rong

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