29. Cambodian backpackers

En Siem Riep me he convertido en un viajero normal y corriente. Soy un mochilero como cualquier otro. Aquí, peculiaridades aparte, me he convertido en alguien que hace lo mismo que los demás: “viajar, a través de un mundo de ensueño que un día imaginé, y al que, paso a paso, con sumo cuidado, intento dar forma para verme a mi mismo incluido dentro de ese mundo”.

El parque Arqueológico de Angkor está considerado como la mayor estructura religiosa jamás edificada por el hombre y uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo. Cuenta con más de mil templos construidos sobre una extensión de doscientos kilómetros cuadrados de selva y fue la capital del Imperio Jemer que, desde el siglo XII al XVI, dominó, además de la actual Camboya, una parte de Tailandia, Myanmar, Malasia y Laos. Durante la edad media, cuando París o Londres sólo eran meros pueblos, la ciudad de Angkor tenía cerca de un millón de habitantes, siendo, con diferencia, la ciudad más habitada del mundo. Un tesoro de la humanidad que visité con Neta, una joven israelí que conocí en Malapascua y con la que me reuní en Siem Riep.

Amanercer en Ankor Wat

Amanercer en Ankor Wat

Rodeados de una gran cantidad de turistas con cámaras sofisticadas, trípodes y palos de selfie esperando para fotografiar la salida del sol, los cambiantes colores del cielo del amanecer y el reflejo del templo sobre la superficie del foso que lo rodea, se hace difícil imaginar la atmósfera que debió reinar siglos atrás en esta ciudad. Hago fotos y busco información en Google sobre templo que tengo delante: Es Angkor Wat, un templo dedicado al Dios Vishnu y cuya construcción duró treinta años en el Siglo XII. Sus cinco torres representan las colinas del monte Meru (casa de los dioses y centro del universo hindú) y es el templo más representativo de todo el conjunto de Angkor. Es el orgullo y el símbolo nacional de Camboya que aparece representado en su bandera y en sus billetes. La obra cumbre del arte hindú. Una de las siete maravillas del mundo. La ostia. Si quieres más información, busca en google. Como hacemos todos.

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Una de las cosas que mas me gustan de algunos de los templos de Angkor es que están cubiertos por inmensos árboles. Tras la caída del imperio Jemer, la ciudad fue abandonada quedando sólo sus espectaculares templos que, con el paso del tiempo, han ido siendo devorados por la presión de la naturaleza, ocultandolas en su espesura, cubriéndolas con las raíces de los arboles y creando, de ese modo, un escenario singular y pintoresco que nos recuerda lo efímero de lo humano, nuestra finitud y debilidad.

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Por la noche fui con Neta y otros tres chicos israelíes a tomar una cerveza a Pub Street, la calle más turística de Siem Riep. Nada más poner un pie en ella, te das cuenta de que es una zona dedicada a satisfacer los gustos y costumbres desmadradas de jóvenes occidentales poco exigentes. Uno de eso lugares sin autenticidad que reúne todo lo que quiero evitar mientras viajo. Nos sentamos en una de sus terrazas junto a otras pandillas de mochileros. La carta, en dólares, muestra precios desorbitados para los estándares de Camboya y me hacen sentir como un “guiri” en Benidorm. El ambiente está cargado e impregnado de olor a tabaco, whisky y desagüe, superpuestos uno sobre otro. Es un lugar donde desperdiciar dinero y un tiempo precioso que nunca volverá y que jamás podré recuperar. Un tiempo que sólo está en este instante y en este lugar, así que después de tomarme una cerveza “Angkor” de tres tragos, me levanto y me despido porque no me he recorrido medio mundo para hacer lo mismo que puedo hacer cualquier fin de semana en mi país de origen. No tiene ningún sentido. Dirección a mi hostal, paro en un puesto callejeros al final de la calle, pido un kebab y una cocacola, y me siento en un bordillo mientras observo lo que ocurre a mi alrededor con la barbilla apoyada en uno de mis puños. A mi derecha, sentada en un poyo, hay una pareja con caras que traslucen aburrimiento. Igual que la mía, supongo. A pesar de ser medianoche, las calles están llenas de bicicletas y de motos; la mitad, particulares, la otra mitad, tuk-tuks y ciclotaxis. En media hora que llevo aquí sentado dando cuenta de mi modesta cena, entre el ruido desproporcionado del trafico y de las cuatro canciones que oigo a la vez, y mugre, tres conductores han parado a mi lado a preguntarme: «Need room, sir? Tuk-tuk? Marihuan? Massage? Happy End?». «No, thank you». No quiero. Me levanto y sigo caminando. Miro atrás. Una sombra de decadencia cubre todo Pub Street, iluminado por neones que parpadean al son de las canciones, que salen por las puertas y ventanas de los bares, resonando en la calurosa noche de Siem Riep.

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La noche de Siem Riep no me ha gustado. Me parece tan insulsa como la manera de viajar que tienen muchos de los jóvenes que he conocido por aquí. Pero yo puedo pensar como quiera, que miles de turistas seguirán viniendo en bandadas a ver un templo fantástico creado de forma exquisita a la mañana, y a ponerse hasta el culo por la noche. Además, es su vida y no la mía. Y yo lo que tengo que hacer es seguir mi camino, disfrutar los espacios que me gusten de él como considere, desenvolviéndome en ellos como buenamente pueda, y cada uno que juzgue, individualmente, hasta que punto el lugar, y la manera de viajar por él, le hace feliz o no. La decisión de cómo disfrutar el momento se encuentra en uno mismo, no en factores ajenos, y todo es parte de la experiencia.

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Mi segundo dia en Siem Riep amaneció un miércoles tranquilo, despejado, sin obligaciones, y libre para satisfacer cualquier capricho, como una de aquellas mañanas de domingo. Después de tomarme un buen desayuno preparado por uno de los muchos occidentales que trabajan en el hostal por comida y alojamiento, me quedo tomando el sol en una tumbona de la piscina mientras ojeo una Lonely Planet de Camboya que he cogido prestada en una estantería de la recepción. A mi alrededor, la mayoría de la gente son jóvenes mochileros que teclean mañosamente sus móviles o computadores y beben tanta cerveza que podrían llenar con ella la piscina. En una tumbona a mi derecha, hay un australiano que habla por teléfono a voces compitiendo con la música que sale alegre desde unos altavoces. Cuando termina su conferencia, cruzamos miradas y me saluda. Comenzamos a charlar.

Él también ha visitado Angkor, pero me cuenta que no le ha gustado mucho porque era caro y porque estaba lleno de turistas. Le noto un aire de superioridad sobre “esa gente, los turistas”, despotricando de ellos como si él fuera otra cosa. Como si él no fuera parte de esa gente que, en su opinión, degrada el ambiente. Y me da más pereza escucharlo que los turistas que me describe. Yo a estos tipos les escuchaba con suma atención al inicio de mi viaje, pero después de llevar unas cuantas durante más de ocho meses, y ver, que, en la mayoría de las casos, son conversaciones cortadas por el mismo patrón, las mismas preguntas, mis mismas respuestas, que todos más o menos han hecho las mismas cosas; cuando veo asomar su nube negra por el horizonte, me retiro hábil y amablemente, intentando no ofender en la medida de lo posible.

piscina

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A nadie le gusta estar en sitios masificados, pero la mayoría de lugares turísticos lo son por una serie de razones que suelen merecer la pena, y no hacerlo puede significar perderse lugares increíbles como Angkor, en Siem Riep. Antes de entrar a esa hermosa ciudad, yo sabia que venía a ver unos de los destinos más visitados del mundo. Sabia que no iba a estar solo, sino todo lo contrario. Somos muchos humanos en el mundo, es lo que hay, y las aglomeraciones turísticas no pueden ofendernos. Claro que me gustaría haber estado solo. Solo, sentado con Neta junto al lago viendo los primeros rayos del sol amaneciendo frente a un templo que parece flotar en el aire. Pero eso no va a pasar porque los otros miles de turistas tienen el mismo derecho que yo, y porque sería absurdo quejarme de algo de lo que también soy cómplice.

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Mi cama con mi cosas

Subo a mi habitación a por dinero. En ella, hay tres literas, un baño completo y taquillas. Junto a una de ellas, hay un chico colocando sus cosas. Nos presentamos. «Where are you from?» Le digo. «Rusia». «Oh, Rusia is very big». «Yes, biggest country in the world». Me voy con él a comer. Se llama Alex y lleva seis años fuera de su país. Durante ese tiempo, se ha dedicado a vender viajes por todo el mundo. Elige un país, lo estudia, crea sus propias rutas, alquila un coche y busca clientes por internet que quieran viajar con todo hecho. Así de sencillo. En su última etapa en Indonesia, le deportaron tras dos semanas de prisión porque le cazaron saliendo del país de forma ilegal. Desde entonces está viajando por el Sudeste asiático en espera de cumplir una sanción de un año sin poder volver a entrar. Todo esto y más, me lo cuenta sentados solos en la terraza del segundo piso del hostal, fumando yerba y mirando, sobre los arrozales, un atardecer de esos que penetran hasta el rincón más sensible de los ojos de la persona que lo está mirando.

Con Alex hago planes para cenar y para el dia siguiente antes de irme a la playa. Que está bastante lejos, por cierto. Por la noche fuimos al Angkor Night Market, que no es más que un mercado nocturno con toques de zoco que se encuentra el comienzo de Pub Street. Éste es enorme, con muchísimos puestos y muy concurrido. El clásico lugar donde es fácil encontrar recuerdos típicos de la ciudad y artículos no originales; difícil, cosas que duren o no destiñan. Cenamos de puta madre en un restaurante que elegimos porque era único donde había clientes locales. Este consejo suele funcionar.

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Angkor Night Market

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Angkor Night Market

Nuestro restaurante

Nuestro restaurante

A la mañana siguiente, alquilamos, por un dólar, un par de bicicletas para todo el dia  y salimos a pasear siguiendo una carretera estrecha y sin asfaltar que sigue el curso del río. El río Siem Riep atraviesa la ciudad que le da nombre y el lago Tonle Sap, el lago de agua dulce más grande del sudeste asiático. A sus orillas, hay pueblos de pescadores cuyas casas están construidas sobre robustos pilares de madera y un pequeño embarcadero donde los barcos recogen turistas que pagan casi veinte dólares por un paseo de una hora por el famoso mercado flotante de Chong Neas. Alex y yo decidimos decidimos ahorrarnos esta atracción sospechosamente cara y seguimos pedaleando por los alrededores, por pequeñas pistas de tierra que no sabemos hasta donde continúan, ni hasta donde conducen, y que dan la sensación de que por ellas nunca pasa un alma.

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lago Tonle Sap,

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Embarcadero del lago Tonle Sap,

“Es una mañana tranquila y sin viento. Ni una montaña quiebra la linea del horizonte. Hasta donde alcanza la vista, la tierra es llana. En el cielo no hay nubes, pero su superficie está cubierta por un opaco y pesado velo, sobre el cual, el azul del cielo intenta extender su color hasta los inmensos arrozales verdes y los pequeños bosques, despacio, igual que unos pájaros que se desplazan en bandadas sobre las aguas turbias del Tonle Sap”.

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Alejados del bullicio de la ciudad, se respira una reconfortante quietud por los pequeños barrios que rodean Siem Riep. Bajo el calor sofocante y el aire brumoso, disfrutamos mirando la vida de las gentes de Camboya más allá de los simples atractivos turísticos. Me encanta viajar, incluso por lugares masificados, porque en ellos, siempre encuentro sitios buenos donde comer barato y local, gente interesante con la que divertirme a mi gusto, y rincones donde disfrutar alejado de los típicos donde hacerse la foto, buscando otros escondidos e igual de bellos.

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