28. Mar adentro

Bungalow 114. BBs Guesthouse. Isla de Malapascua. Ocho meses de viaje.

La luz de un nuevo dia colada a través de la ventana me despierta. Es la misma claridad, el mismo color, el mismo olor de siempre. ¿Qué hora es? ¿Cuántos días llevo ya? He perdido la noción del tiempo. Ayer le seguía hoy, y a hoy le sigue mañana. El sol sale y se pone. La luna asciende y se hunde, como la marea, día a día. Ningún calendario cuelga de las paredes porque no lo necesito. En la habitación sólo hay un pequeño mueble con dos baldas donde apilo mis cosas de cualquier manera, un ventilador agitándose como un pájaro herido orientado a una cama, y sobre ella, yo, o lo que creo que soy, con su aquí y su ahora, ese es todo el mobiliario. Al otro lado de la puerta, hay una mañana estupenda, el aire huele a mar, los mismos gallos de siempre cantan fieles a su escala musical, y el sol brilla radiante y hace brillar todas las palmeras. Son los buenos días, otra vez, de mi querida Malapascua.

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Tres semanas no fueron suficientes. Después de quince días viajando con María por otras islas de Filipinas, hemos vuelto como atraídos por una corriente. Y no sé cuantos días llevo, ni cuantos estaré. Es difícil abandonar un paraíso donde cada día te levantas de la cama con las misma ganas que un niño en Navidad. Definitivamente, Malapascua se ha convertido en un ancla que me mantiene firmemente amarrado en tierra.

Lo primero que hago por las mañanas es ir al mercado a comprarme dos mangos para el desayuno; Los palpo, los huelo. Los elijo con la delicadeza de un arqueólogo seleccionando entre los restos encontrados en un antiguo yacimiento. Los maduros tiene una piel más suave. Los ideales tienen forma de balón de fútbol americano y son gordos y redondos, especialmente en la zona del tallo. Al apretarlos con la mano, tienen que ceder un poco a la presión de los dedos y su olor debe ser dulce. Si huele ácido está demasiado maduro. Que lo sepas, por si te apetece comer un buen mango.

Mercado Foto: Maria Haro

Mercado Foto: Maria Haro

Veinte minutos después, ya he tomado un desayuno ligero consistente en dos tostadas con mermelada, un café soluble en agua mineral y fruta. Después elijo una playa. Si me apetece estar solo, voy al norte. Es el caso. Camino hacia allí envuelto en una amodorrada atmósfera tropical hasta alguna playa solitaria. Por las mañanas son fáciles de encontrar en el Norte porque la mayoría de viajeros han venido a bucear. Suelo tardar cuarenta minutos en llegar. Una vez allí, leo bajo alguna sombra lo que sea; noticias del dia en el móvil para tener información de lo que pasa por el mundo, un poquito de Facebook, quizá poemas si lo que busco es inspiración o una perspectiva diferente de la vida, o bien alguna de las páginas de “Demian” (Herman Hesse), la novela que estoy leyendo. Me está encantando. Aquí os dejo un párrafo.

“Las cosas que vemos”, dijo Pistorius con voz apagada, “son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que llevamos dentro. Por eso la mayoría de los humanos vive tan irrealmente, porque creen que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos”.

Disfruto de las lecturas tan tranquilo y concentrado que siento hallarme en otro planeta. Cuando me canso de leer, doy un paseo describiendo una media luna por la playa. Vestido con un pantalón ancho y una camiseta grande, azotado por aire puro y vivificante, parezco el modelo de una revista de psicología escrita por Jorge Bucai o Paulo Coelho, cuyo título sería: “Encuentra tu paz”, “Descubre el sentido de tu vida”, “Viaja a tu interior”, una de esas revistas sobre la vida y de cómo ser feliz por uno mismo. Tras cerciorarme de que no hay nadie en la playa ni en sus inmediaciones, vuelvo a mi palmera y me desnudo. No tengo claro si hago esto por sentirme más cómodo, por disolver, aún más, la frontera entre “yo” y la naturaleza, o porque me resulta una sensación muy agradable que el sol me dé en partes de mi cuerpo que normalmente no están expuestas a la luz, pero el caso es que me he quedado como vine al mundo, he cogido mis gafas de bucear y corro a zambullirme en el mar. De la forma más natural, doy brazadas, al ritmo que quiero y durante el tiempo que me apetece. Algunas veces buceo hasta el fondo, me pongo en cuclillas, como una rana, y me impulso con fuerza con los brazos apuntando a lo alto, mirando hacia arriba. En los días soleados, la luz incide sobre la superficie penetrándola como una flecha. A veces esa luz se divide en haces brillantes, como si traspasara un prisma, mientras pequeños peces de diferentes colores y formas, nadan a mi alrededor. Emerjo. Miro hacia la playa: Arena blanca, palmeras verdes, azul hasta el infinito, como en las revistas. Después de nadar largos paralelos a la orilla hasta el límite de mis fuerzas, salgo del agua, me cubro rápidamente atándome el pareo a la cintura y me siento con la espalda recostada en el tronco de una palmera a contemplar el discurrir de las nubes y los destellos del sol temblando sobre la superficie del mar.

Las playas del norte de Malapascua son un medio ideal para sumirse en meditaciones profundas como el océano y reflexionar alejado de la aceleración que sufre nuestro mundo. En ellas, después de más de ocho meses en ruta, siento bajo mi piel como en ningún otro lugar “ese otro viaje”. Imposible de fotografiar y difícil de explicar. Mi cuerpo está quieto, pero en su interior hay un movimiento frenético de pensamientos que, envueltos en esta paz sosegada, fluyen por él sin atadura igual que mi perro por los prados. El silencio y la soledad me obligan a meditar profundamente sobre mi “yo”, sobre las circunstancias que me rodea, sobre mi pasado y presente y a pensar en mi futuro. Las puertas del tiempo se abren en mi interior y los recuerdos “viajan” en un ir y venir por él junto con las esperanzas que alberga. Una luz nueva se junta con la luz vieja. El viejo aire se junta con un nuevo aire. Es un auténtico “viaje”, del que mucho había leído en aquellas revistas y que ahora conozco no sólo mediante sus palabras, sino también por las sensaciones que recorren mi cuerpo.

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Me pongo las bermudas y camino hasta una de las pequeñas aldeas de pescadores que hay en el norte de Malapascua. Compro una Coca-cola en una tienda de comestibles, y me siento en un banco a la sombra junto a un anciano lugareño. Los malapascueños son gente muy campechana, amiga de la conversación. Nos dedicamos a mirar cómo su hijo pone a secar las capturas del dia sobre una mesa de madera. Me cuenta que la mujer que hay allí tejiendo redes es su nuera, y que uno de los niños que hay jugando, en un estimulante entorno verde, su nieta. Sin duda, entre las muchas experiencias que me gusta del viajar se cuenta la contemplación relajada de este tipo de escenas.

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La nuera

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Después de mi paseo por el norte, vuelvo al sur por el mismo camino por el que he venido. Voy al Villasandras a ver a Maria. A pesar de ser el albergue más grande y animado de Malapascua, conserva ese ambiente aletargado y familiar que reina en toda la isla. Es un lugar colorido, limpio y acogedor. Después de vencer una pequeña cuesta que hace de entrada, a la derecha, está el edificio principal. Dentro hay habitaciones dobles y compartidas, baños y una cocina comunitaria bien provista. Y en la fachada hay un porche, y en éste, mesas bajas y sofás. En uno de ellos, veo al amigo Dj haciendo sonar su guitarra con la destreza de quien la toca a menudo. Los pasajes más bonitos, los toca intencionadamente despacio, con sentimiento, sintiendo cada acorde, mientras las chicas a su alrededor le miran como quinceañeras extasiadas contemplando en un escaparate un vestido que les gustase. Me ve. Me saluda moviendo la cabeza y le respondo mostrándole la palma de mi mano mientras me alejo. Detrás del edificio principal hay un techado de madera con sofás, cojines y hamacas. Más allá, el camping, y pegado a éste, el bungalow de Maria. De camino me topo con JunJun. Vive en una casa construía sobre las ramas de un árbol del jardín, con una de las mejores vistas de la isla. Pídele lo que necesites, es de aquí y es amable como una abuelita y más humilde como un vendedor ambulante a la intemperie. Si te alojas aquí, puede organizarte excursiones en barco a otras islas o puntos snorkel y seguramente te invitará a algunas de sus comidas especiales que prepara para todos a precios asequibles. Bajo su piel morena tatuada hay un hombre con una gran sensibilidad social y sentimiento solidario con sus vecinos. Dirige el “Feeding Program”, una iniciativa que alguien creó y él continúa, y cuyo objetivo es mejorar la nutrición, salud y desarrollo de los niños de la isla. Una vez por semana, alternando entre los diferentes barrios de Malapascua, organiza jornadas de cocina y juegos donde les enseña, divierte y alimenta, invitando a los viajeros a participar activamente en ellas. A parte de esto, JunJun también organiza y colabora en batidas de limpieza por la isla, reutilizando muchos de esos desechos en la ampliación del Villasandras.

«Maria esta en la playa». La encuentro bañándose frente al Exotic con Toto, Irene, Monica y Mirene. Me quito la camiseta y corro al agua, como si no hubiera mañana. Ya es la una  y hace un calor que te torras.

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JunJun en el Feeding Program. Foto: Irene Madrid

JunJun en el Feeding Program. Foto: Irene Madrid

Mirene es la compañera de habitación de Maria, es escritora y vive en Malapascua. Irene y Mónica son de Barcelona y llevan mes y medio viajando por el sudeste asiático sin billete de vuelta. Toto es un mochilero chileno que viaja solo. Y Lidia y su novio, Dani, se alojan conmigo en el BBs y están viajando, como cada año, en espera del inicio de la temporada en Francia. Con ellos y junto a JunJun, Tony y Pak, paso la mayor parte del tiempo en esta segunda etapa en Malapascua y ya son parte de recuerdos inolvidables.

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Toni, Maria, Dj con su guitarra, Mónica y Mirene

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Maria, yo y Mónica

Mónica, Dani y Lidia

Mónica, Dani y Lidia   Foto:Monica Alonso

Irene, María, Mónica, Junjun y otra chica. Foto: Irene Madrid

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Toto, Mónica, Maria, Mirene y JunJun.

Mónica tiene una belleza que llama la atención, tan guapa que, al cruzarte con ella, sientes el impulso de silbarla. Tiene además estilo y una expresión muy viva. Un pivón, y me voy con ella a pasar la tarde. Vamos a la playa del cementerio a ver el atardecer. Son dos playas separadas por un malecón de rocas y un chiringuito con terraza. Acodados en su barra, pedimos dos zumos tropicales. Por debajo del sonsonete de la coctelera agitándose, el entrechocar de vasos y el tintineo de los hielos, suena música chill-out, y en una de las mesas, una pareja de ancianos, él vestido con una camisa hawaiana, beben un llamativo cóctel de color naranja en copa grande cada uno. Parecen felices. Nos sirven las bebidas. Mónica está sacando dinero para pagar, pero yo se lo impido con una mano, al tiempo, que saco con la otra un billete de quinientos pesos filipinos de mi bolsillo trasero y lo dejo caer sobre la barra con elegante gesto. Del cambio, aparto la calderilla y la dejo de propina. Bajamos las escaleras que dan acceso a la playa, copa con pajita en mano, flanqueados por pequeñas velas que crepitan agitadas por la brisa del mar. No hay nadie en la cala. Los que estuvieron se han marchado porque el sol hace unos minutos que se puso bajo la linea del horizonte, pero aún queda una bonita luz crepuscular rosada y brillante sobre él. Estamos a solas. No hay ni un alma en la playa del cementerio. El lugar está completamente muerto. Estiro mi pareo al viento y lo extiendo sobre la arena, y sobre él, nos sentamos juntos a observar el horizonte y las pequeñas olas silenciosas e irregulares que van y vienen. Me cuenta cosas de su padre y de su hermana. Yo de mi viaje. No llevamos ni una hora, cuando los destellos de luz verde de dos luciérnagas irrumpen volando como chispas de fuego sobre nosotros. Sorprendidos, nos levantamos. Al hacerlo, vemos que en el mar, luce el plancton. Son diminutos y simples seres vivos que son capaces que brillar en respuesta a posibles ataques de depredadores. Y tras metemos al mar, hasta las rodillas, y remover el agua, lucen con más fuerza, mientras a nuestro alrededor las luciérnagas siguen errando como almas perdidas en la oscuridad. Vamos, que sólo falta un Avatar cabalgando sobre la linea del horizonte con la luna a hombros, lanzando polvo de oro y destellos de luz multicolor. De tan fantástico que es.

Salimos al pareo y nos tumbamos boca arriba mientras nos fumamos un cigarrillo, mirando al cielo. Desde que llegamos a la playa, la luz de las estrellas han ido aumentando su intensidad de forma progresiva y ahora cuelgan y brillan como las lámparas de una bóveda. Tan magnifico que corta el aliento. El cielo estrellado de Malapascua es tan inmenso que te hace tomar perspectiva de la pequeñez de tu propia existencia, y que la tierra, no es más que un pequeño pedrusco flotando perdida en un tiempo y un universo imaginario.

Recogemos los bártulos, nos sacudimos la arena que tenemos adherida a nuestros cuerpos, devolvemos los vasos en la barra del bar y vamos al Malditos a reunirnos con la pandilla. Es la última noche de las chicas en la isla. Después de unas pizzas y unos helados, volvemos con todos a la playa del cementerio. Ni rastro del plancton y las luciérnagas. Pero da igual. Alguien ha encendido una hoguera, otros han comprado ron, el buen humor brota a raudales y JunJun toca los timbales. Al darme la vuelta, veo una media luna que flota sobre el cementerio. Bajo la luz de la luna, Malapascua es oscura, negra y brillante como un pájaro cubierto de alquitrán. La fina columna de humo se eleva, blanca, hacia las estrellas como una cuerda mágica. El ron me atraviesa la garganta, se desliza hasta el estómago y esa sensación me sosiega aún más. Sin duda, en la playa del cementerio de Malapascua, la vida y la muerte gozan la misma paz.

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Y en Malapascua llegó la hora de decir adiós a Maria después de dos meses hombro a hombro por Filipinas y más de cinco meses de amistad. Fue una despedida de película, a la altura de nuestra bonita historia. Bajo una palmera de Malapascua, la viajera más maravillosa se abandonó a mis brazos, como una legumbre a su vaina, y permanecimos abrazados como dos bailarines que de pronto detienen sus pasos y se dejan llevar por la música. Frentes bajas. Intercambios de miradas de tristeza y notas de despedida. Hemos compartido bellos momentos. Ella, por pura simpatía, me ha ofrecido momentos magníficos y una valiosa parte de su viaje. Sólo por eso ya le estoy agradecido de corazón.

Hampi (India)

Chiang Mai (Tailandia)

Chiang Mai (Tailandia)

Los siguientes días sin María me sentía tan solo como una isla entre corrientes oceánicas. Pero viajando, me adapto a la soledad con la misma rapidez y naturalidad que una sombra se funde con la noche. Como viajero solitario y veterano que soy, domino la técnica. Sé que lo mejor es moverse y cambiar de aires. Me voy a Camboya. De camino a Indonesia. Pero antes de abandonar Filipinas, voy visitar Bantayan, una isla cercana que Lidia y Dani me han recomendado no perderme. Si, ha llegado el momento de abandonar este lugar. Me voy de Malapascua.

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Dejo todo listo para abandonar mi pequeño paraíso a la mañana siguiente y voy a cenar al Mr Queez. En su terraza iluminada por fluorescentes no hay ningún cliente, sólo la dependienta sentada detrás del mostrador repasando, con cara aburrimiento, unos recibos mientras bebe una botella de Cocacola. Tras la cena, me quedo leyendo. No llevo ni dos páginas cuando irrumpe en el restaurante una chica muy nerviosa. Me cuenta que hace dos minutos, volviendo de practicar yoga en la playa, ha sido sorprendida por un exhibicionista filipino en mitad de oscuridad, saliendo de entre los arbustos del camino, después de llamarla por su nombre, con el mango al aire, a la luz de su linterna. Se llama Marta y es española. «No te preocupes, ya he terminado de cenar, si quieres puedo acompañarte a tu hostal, o donde sea que vayas. Conmigo estarás a salvo». Sonrío. «Gracias, eres mi héroe». Parece irreal.

Termino con ella en el Malditos bebiendo triples de ron hasta las tantas. Marta se aloja con una familia local formada por tres niños de dos, cuatro y seis años, su madre viuda y el novio de ésta. Vino a visitar a un amigo y lleva tres semanas en la isla. Se ha quedado enganchada a la familia y a Malapascua, como todos. Todas las personas que he conocido en la isla, si han podido, se han quedado más tiempo del que tenían pensado. AsÍ que ése es mi consejo: Si decides venir a bucear, planea quedarte unos días más, hazte un grupo de amigos, mézclate con los locales, juega con los niños y disfruta la vida como cuando eras un adolescente. Malapascua es un verano azul en el paraíso. Mi sitio favorito en ocho meses de viaje.

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Bantayan tiene diez kilómetros de largo y es famosa por sus playas de revista. Llegué ayer por la mañana, alquilé una moto y busqué un hostal barato para dormir. Ahora estoy en la playa de Santa Fe, una de las playas más impresionante que he visto en todo el viaje. Tan larga que te cansas de pasearla. Sobre la arena, el agua estancada del mar forma grandes estanques alargados de formas onduladas. El mar es como una inmensa piscina de medio metro de profundidad y bajo su superficie, cristalina, se pueden ver innumerables estrellas de mar y bancos de pequeños peces. El color del mar, el olor del viento, todo es sorprendentemente real. Nítido como las letras. Me tumbo debajo de una palmera, con la cabeza apoyada en mis palmas, cierro los ojos y dejo transcurrir el tiempo.

“Mañana volaré a Camboya. Sexto país. Otro paisaje diferente entre gente desconocida. ¿Soy feliz así? Si me lo preguntaseis, os diría que no lo sé. Entre lecturas y sensaciones, me cuesta saber si lo que siento es real o irreal. Yo supongo que si, que soy feliz. Indescriptiblemente feliz. Los sueños, al fin y al cabo, sueños son”.

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“Hubiéramos podido cruzarnos por ahí sin vernos, mirando hacia otro lado, distraídos. O haber pasado a diferentes horas por el mismo lugar, o incluso no haber pasado nunca. Pero tuvo que haber un ‘algo’, un mandato divino, una muy bien estudiada casualidad para que, entre cientos de millones de habitantes del mundo, tú y yo coincidiéramos en el mismo lugar al mismo tiempo.

De todas las opciones, de todas las personas, de todos los lugares. De todo entre los todos, tuviste que ser tú. Conmigo.

Y qué suerte”.

-Poema de Andrés Eduardo.

-Dedicado a la viajera más maravillosa-.

Un comentario en “28. Mar adentro

  1. Patri

    Increíblemente bonito…he convertido mi habitación en una isla preciosa.
    Igual algún día puedo convertir esa isla en mi habitación.
    Gran relato.
    Muak

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