27. Historias entre aguas

Desde Siquijor embarqué, junto a María, JpBe, Alain y Francesca, rumbo a Apo, una isla volcánica de tan sólo un kilómetro cuadrado de superficie y una población de ochocientos habitantes; Un lugar con pocas opciones de alojamiento y electricidad limitada, pero que cuenta con excelentes puntos de buceo en sus alrededores y un santuario marino  con una bonita historia.

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Llegada a Apo

Llegada a Apo

Tras la Segunda Guerra Mundial y la posterior apertura de fronteras que dio paso al inicio de la globalización que hoy rige el mundo, los métodos de pesca cambiaron para abastecer la creciente demanda volviéndose más destructivos; Dinamita, redes de arrastre e incluso cianuro, empezaron a ser muy utilizados provocando una fuerte reducción de las reservas de peces y la degradación de hábitat coralino. Debido a esto, con el paso del tiempo, las capturas de los pescadores locales eran peores, tanto en tamaño como abundancia, y cada vez tenían que hacerlas más lejos de sus casas y de forma más destructiva. Era un círculo vicioso insostenible en el tiempo. Hasta que a principio de la década de los ochenta, aconsejado por biólogos marinos, catorce familias de la Apo se unieron y establecieron un santuario marino donde se prohibió la pesca. El experimento no tardó en dar sus frutos. En solo tres años, el poder de regeneración de la naturaleza aumentó la abundancia y tamaño de los peces, lo que mejoró las capturas en las áreas periféricas y causó una mayor concienciación al resto de la comunidad en materia de conservación de sus fondos marinos. Se unieron todos los habitantes de la isla. Se eliminó la pesca destructiva y se estableció una zona pesquera de quinientos metros exclusiva para los pescadores de Apo. Fueron dos reglas sin precedentes que requirieron de dificiles negociaciones y acuerdos con las más altas estancias de un gobierno filipino presionado por grandes empresas y contratos internacionales. Fue una lucha difícil que llegó a buen puerto. El gobierno, sin capacidad de controlar un país tan extenso y con zonas tan aislada, tuvo que ceder para no hacer correr la sangre de una comunidad dispuesta a todo para salvaguardar su futuro. Ganó la unión del pueblo. El incremento en el número de peces dió como resultado no sólo una diversidad impresionante de vida marina, como las tortugas, tan grandes que a su lado te hacen parecer pequeño, además, atrajo turismo y dinero que reforzaron aún más la necesidad de un próspero ecosistema marino e ingresos para la escuela primaria, la recogida de basuras y el abastecimiento de agua y electricidad. El santuario de Apo fue reconocido como un modelo de gestión pesquera que ha sido exportado a otras islas de Filipinas y es un ejemplo social para el mundo de cómo la unión, organización y la posterior lucha de pequeñas comunidades puede lograr cambios en cosas grandes.

Hoy en día, este pequeño pedazo de mar limitado por boyas, es el orgullo de sus habitantes que lo protegen como si fuera sagrado. Es por ello que los turistas tenemos que contratar siempre un guía que estará vigiládonos permanentemente para evitar, en la medida de los posible, se causen daños al coral. En él, disfruté de una hermosa mañana haciendo snorkel con Maria y Francesca.

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Después de Apo, llegamos a Bohol donde estuvimos un día y medio, ya sin Francesca, que se marcha al Sur a colaborar con una organización de ayuda a niños sin recursos. Nos alojamos en Alona Beach, un pueblo situado a orillas de una bonita playa que debido a la sobreexplotacion turística ha perdido el encanto. Ante esto, Maria y yo decidimos dedicar nuestro único dia en la isla visitanto sus famosos montes de chocolate. Tardamos dos horas en llegar en moto desde Alona. Se puede llegar en menos tiempo pero no podiamos evitar hacer paradas para fotografiar el paisaje que se extendia a ambos lados de la carretera. Primero con palmerales crecidos entre extensas praderas de arrozales, cuyo pastizal se revolvia en surcos y zigzagueaba a merced del viento. Después, adentrándonos en un bosque tan denso y tan alto que, como dos manos que aproximan sus palmas para proteger la llama de una cerilla  cubría de sombra su recorrido. Y tras él, aún más allá, las montañas, y las Chocolate Hills, Patrimonio de la Humanidad, con un mirador donde contemplamos cómo serpentea una vasta cadena de suaves colinas, hasta donde llega la vista, semejante a un majestuoso oceano de color verde tras una tempestad. Hermosa ruta por Bohol.

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Ahora estoy en Camigin, una isla de la provincia de Mindanao, al Oste de la isla de Bohol. Estoy con Maria en la terraza de un restaurante de un pequeño pueblo pesquero con nuestras mochilas descansando a nuestros pies. Hemos viajado durante todo el dia, son las cinco de la tarde, está a punto de anochecer y todavia no sabemos dónde vamos a dormir. Salvo una pareja de franceses que nos acompañaron en tuktuk desde el puerto, no hay más turistas. El lugar está bastante animado por los locales que cargan bolsas de la compra, conducen sus motos o simplemente pasean bajo suave luz de la. tarde. Ni un hostal. Mientras buscamos un plan y tomamos algo, dos hombres sentados en la mesa contigüa y llena de botellines vacíos de San Miguel, nos preguntan. «¿De dónde sois?», «España, ¿y ustedes?». Son Jojo y Mike, ambos de Estados Unidos y con raices filipinas. Conversamos. Mejor dicho, conversan. Tienen un acento americano que no logro captar. Maria les entiende, pero para mi, a pesar de que aguzo mi oido todo lo que puedo, es como intentar comprender los susurros de los árboles de un bosque mecidos por el viento. Una niña se apea de un tuk tuk frente a nosotros. Se acerca a Jojo, intercambian unas palabras y le da un abrazo. Parece muy contenta. Jojo le da dinero mientras le dice, «Sigue peleando duro». Y la niña se va más contenta aún. Nos cuenta que es una de las muchas sobrina que vive en la isla y que ha sacado las mejores notas de la clase. Les preguntamos si conocen algún hostal barato donde podamos pasar la noche. Jojo nos ofrece una habitación de su casa por 200 pesos la noche (4€). No tenemos muchas opciones, las que barajamos son más caras y no están cerca. Además parece buena gente y en caso de estar incómodos siempre podemos agarrar nuestros bártulos e irnos con la música a otro lugar. Aceptamos. Tras un par de cervezas caminamos hasta su coche. Es una pick up. Nos subimos en la parte trasera y salimos del centro del pueblo hasta llegar a una zona residencial de chalets.

El portón de entrada de uno de ellos se abre de forma automática y entramos en el interior. Jojo para el motor. Nos apeamos. Tengo ante mis ojos un pequeño edificio. Hay un garaje con otro coche, dos motos y un taller abarrotado de cosas hasta el techo. El jardín, sumido en la penumbra, tiene árboles y un pequeño chamizo con máquinas para hacer pesas, bancos de abdominales y un saco de boxeo. Entramos en la casa. El interior tiene los techos altos y elegantes muebles de calidad. Tiene hasta una mesa de billar. Junto al salón hay una cocina completa y ordenada con una barra americana que la  separa de una sala de estar. En ella hay una gran tele de plasma apagada, un juego de dos sofás y una puerta corredera de cristal que comunica con la terraza del jardin. Junto a uno de los sofas, apoyado de la pared, hay una escopeta. Seguimos a Jojo por un pasillo con fotografias enmarcadas y alieandas en las paredes. Todas son fotografías profesionales en las que posan artistas americamos como Jonny Cash y Bob Dylan. Nos enseña nuestra habitación. En ella, hay una gran cama de matrimonio y sobre ella nos han dejado preparadas dos juegos de toallas limpias cuidadosamente dobladas. Tras darnos una ducha de agua caliente por turnos, nos vamos a la cocina donde la asistenta de Jojo, que tambien vive en la casa, nos sirve la cena. Salchichas, huevos, pan tostado, arroz, ensalada y refrescos. Una cena que ya de por sí vale lo que nos quiere cobrar por la habitación. Jojo vive en un palacio con asistenta las veinticuatro horas y todo y más de lo que un hombre puede llegar necesitar para vivir de forma cómoda. «¿Qué necesidad tendrá de alojarnos por cuatro euros?» Me pregunto. Ninguna. Jojo no nos va a alojar por dinero.

Jojo fue mochilero de joven y se ha recorrido casi todos los paises de Asia y América. Ha sido ex-marine de los Estados Unidos y participó de forma activa en la guerra de Irak, tras la cual, trabajó como ingeniero aeronáutico en Boing con un buen salario. Jojo vivía en el sueño americano: Una casa grande, un buen coche, hasta un barco. Dinero a espuertas para viajar y estabilidad para llevar una vida cómoda. Pero no era feliz. La rutina y falta de tiempo para sí mismo se lo impedian. Una vida rica en lo material pero pobre en experiencias en la sociedad reina de la apariencia. Con un pasado aventurero que le dio perspectivas diferentes y miras más largas, era como un pez que conoce el mar y vive dentro de una pecera. Sentía que no estaba haciendo lo que quería con su vida.

Nos cuenta que, cierto dia, estando en su despacho, vino no sé quién a pedirle que hiciera no sé qué. Ni él mismo se enteró. Se levantó de su despacho, y mirando a los ojos a su interlocutor, le dijo: «Lo siento pero yo no debería estar aquí». Se marchó, renunció al trabajo y no volvió jamás a la oficina. Tras duras semana de asimilación a su nueva realidad, hizo planes. Vendió su casa, el barco y su coche. Llenó el container de un ferry con todo lo que quiso conservar y se vino a Camigin en busca de sus antepasados. Se construyó esta casa y hace poco ha invertido en unos terrenos donde va a contruir un resort de lujo.

Y aquí está Jojo, frente a mi, en una mansión de una isla paradisiaca contándonos, primero su historia y escuchando atento la mia después. Nos identificamos mutuamente en ellas. Nos resulta fácíl pornernos en la piel del otro. Con él, pasaremos dos dias y no nos cobrará nada. Simplemente le hemos caido bien y nos quiere ayudar, como tanta gente hizo con él en sus viajes. Una dulce velada originada por un encuentro casual de dos historias compartidas que han derivado en un acto de bondad y humanidad.

Camiguin es una isla con siete volcanes, rios con aguas termales y cascadas, y está cubierto en su totalidad por un tupido bosque tropical y rodeada de acantilados y playas paradisiacas. Tiene una carretera que la circunda de setenta kilómetros. Hoy Jojo quiere enseñarnos la isla en persona.

“Hace un tiempo maravilloso. Flotan en el cielo pequeños jirones de nubes blancas y los pájaros cantan como si estrenaran libertad. Montamos en su coche de los domingos. La carroceria, de un deslumbrante color negro, está impecable y brilla con orgullo al sol de la mañana. Las alfombrillas son muy mullidas y mi asiento se adaptan a la perfección a la forma de mi cuerpo, como el guante a una mano. Sin que me dé cuenta, el coche se pone movimiento y avanza tan suave que me siento como si navegara en una bañera metálica sobre un rio de mercurio. Bruce Springtteen suena con calidad por los altavoces. El aire acondicionado fluye suave y con naturalidad. Los dígitos del reloj sobre la radio, de un verde cristal líquido, marca las diez de la mañana”.

Camigin. Foto: Wikipedia

Camigin. Foto: Wikipedia

Nuestra primera parada fue en la Katibawasan Fall, una cascada espectacular de 250 metros. Maria y Jojo se dieron un baño en una piscina artificial que han contruído bajo ella, yo, después de meter un pie en la poza como intentando no molestar al agua y ver lo fria que estaba, preferí no hacerlo y me quedé fuera echando unas fotos. Despues de la visita, Jojo nos invitó a comer a un restaurante puesto con vistas al mar. No se puede pedir más.

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Por la tarde, después de comer, fuimos al Ardent Hot Spring, unos manantiales que hay en el interior de la isla. Su agua es color turquesa, caliente como la sangre y cubierto por unas redes para evitar que las hojas de los árboles del caigan dentro de las pozas. Aquí si me bañé, y  durante más de una hora.

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Despertamos en nuestro último día en Camigin. En el desayuno, Jojo nos cuenta que tiene mucho trabajo y no puede acompañarnos, pero si queremos podemos coger su moto de campo. Nunca en mi vida habia conducido una moto cambio semiautomática, pero después de practicar, calle arriba y abajo, monté a María en la parte trasera y, fuimos hasta el puerto del que parten las pequeñas embarcaciones que te llevan a White Island.

“Deshabitada y sin vegetación. Cuatro mesas, tres sombrillas y unos locales que venden bebida enfriada en el interior de una nevera con hielos. Somos unos diez turistas aproximadamente sobre las dos lengüetas de arena blanca que forman la isla. El agua es verde esmeralda y de trasparencia cristalina y en el cielo hay unas nubes grises, pero se hayan recluida alrededor de los volcanes de Camigin sin molestar al sol que nos abrasa sin piedad. El lugar no puede ser más fotogénico”. (Nota viajera)

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Volvemos al puerto. Comemos en un restaurante y sobre la cuatro de la tarde decidimos subir el volcán principal hasta donde lleguemos para ver el atardecer.

“El motor de la moto runrunea grave como una bestia nerviosa. La pendiente de la montaña poco a poco se va haciendo más escarpada y el trazado de la carretera empieza a describir grandes eses. Las huertas, las plantaciones y las casas van desapareciendo gradualmente de nuestra vista sustituidas por densos bosques que se enseñorean a ambos lados de la carretera. Entre los árboles, crecen arbustos de varios colores así como finas hierbas en el sotobosque. En un determinado momento, el asfalto desaparece bruscamente de la carretera y entramos en una pista de tierra. La moto da tales botes en los baches que parece que estamos montados sobre la aguja de un sismógrafo. La temperatura ha bajado bruscamente con la altura y el dia está declinando. Nos detenemos en el claro del bosque que nos deja ver, desde lo alto, el mar filipino, escenario de batallas piratas con los cuentos y de bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Al pararse el motor, el silencio y la calma propia de los sitios sin gente cae sobre nosotros. El sol ha desaparecido pero queda una luz crepuscular rosada y brillante en el Este. Delante el valle se abre ante nosotros y el panorama es despejado, espléndido. Y a nuestro alrededor, el eterno ciclo natural del bosque, de sus árboles, de sus seres vivos, y donde en cada piedra, en cada pedazo de tierra, se descubre el principio inmutable de la vida”.

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Filipinas, en sólo mes y medio, se ha convertido sin lugar a dudas en uno de mis paises favoritos; Sus ciudades no me han gustado pero, a excepción de esto,todo lo demás que mis ojos han visto de este país me ha parecido muy auténtico y hermoso. Su naturaleza rica y bien conservada; Sus historias entre aguas, de su pasado y sus amables gentes. Ha sido un placer enorme viajar por este país desde el primer dia. Fácil y relativamente barato, ha sido un acierto absoluto venir hasta aquí. Mañana volveré a Malapascua con Maria, hacia el Este, a sitio conocido, al lugar donde he alcanzado una de las más cotas de felicidad en mi viaje, el único sitio donde me gustaría vivir, de momento, de todos los que he conocido en mi ruta. Allí, diré adiós a mi amiga que vuelve a casa para trabajar, a su mundo, como todos mis amigos que he voy haciendo en el viaje. Allí decidiré cuál será mi próximo país.

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