26. La isla de fuego

“Vuelvo al camino después de veinte días. Y estoy invadido por la excitación que produce volver a la ruta, a lo desconocido e imprevisible. Esa excitación grande, infinita, la del viajero, esa que me alza el alma. Estoy ávido por conocer nuevas gentes y lugares, abierto y receptivo a lo que venga y atento a cuanto acontezca en lo más íntimo de mi ser, a esas experiencias de las que nacerán recuerdos sin precio y que se adherirán a mis manos y nunca desapareceràn por mucho que las lave. Nunca desaparecerán.”

Desembarcando

Desembarcando

En el puerto de Cebu, con María, tras extender nuestras visas por un mes más (65€), Marcelo Pérez, su mujer Cintia y su hijo Simón, amigos nuestros de Tailandia, se unen a nosotros junto a Josué, un profesor de educación física de Granada que viaja solo. Con ellos y con Francesca, Alain y Jp Be, amigos de Malapascua, pasamos seis días en Siquijor, en la bautizada “Isla de Fuego” por los antiguos colonizadores españoles, según dicen, por su origen volcánico y por la gran cantidad de luciérnagas que se encontraron ella. 

Al contrario de Malapascua, en esta isla es imprescindible alquilar una moto para disfrutarla en su plenitud. Empezamos subiendo al Monte Bandilaa, de 628 metros de altura. Llegamos a él serpenteando por una carretera sin tráfico y dignamente asfaltada hasta su mirador. Desde él, como marineros en la cima de un mástil que estudian la confluencia de las corrientes marinas, tomamos perspectiva del tamaño y  belleza de la isla; Es grande y está tapizada por un bosque tropical en toda su superficie. Siquijor es un vergel, verde en todas sus tonalidades imaginables.

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Siquijor, desde el mirador

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Francesca (Italia) y Josué (Granada)

En nuestra ruta hicimos una parada en el Century Old Balate Tree, un famoso árbol centenario con un pequeño estanque artificial bajo su copa lleno de peces que te comen la piel muerta de los pies. Según cuenta una leyenda, este árbol está encantado y Siquijor controlada por los designios de brujos, chamanes y hechiceros capaces de invocar espíritus. Es una isla maldita y temida por los filipinos. Tal vez sólo sean historias para no dormir que atraigan turistas. Por mi parte, nunca me han atraído los poderes paranormales, ni me interesa la adivinación, ni la transmisión de las almas, ni los espíritus, ni el fin del mundo. No es que sea un completo descreído. Es que no me importan si existen o no. Si te interesan a ti, aquí, en Siquijor, tienes brujos y hechiceros a tu disposición. Y por otra parte, también curanderos que utilizan medicina tradicional y remedios naturales para curar diferentes patologías o enfermedades para quien lo necesite. Que lo sepas.

El árbol encantado

El árbol encantado

La isla, aparte de una exuberante vegetación tropical, cuenta con playas para todos los gustos a lo largo de todo su perímetro; Las tienes desiertas, con acantilados para saltar, con resort de lujo o con hostales baratos, con chiringuito y sin ellos. Algunas son santuarios marinos protegido donde puedes hacer snorkel entre corales vivos, peces de difentes tipos, formas, tamaños y colores, nemos por doquier. Tambien hay estrellas de mar, herizos, serpientes y tortugas. Nosotros nos alojamos en la playa de San Juan, una zona muy tranquila y, tan silenciosa, que parece que está conteniendo la respiración, pero con unas aguas tan poco profundas, que incitan más a pasearlas que a bañarse.

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Playa de San Juan

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Foto: Francesca Foiadelli

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Marcelo Pérez, en la playa

Uno de los platos fuertes de la isla es la Cambugahay Falls. Sin duda uno de los rios más bonito que he visto en toda mi vida. El agua tiene el mismo color que las playas del Mar Caribe y según los locales tiene propiedades terapéuticas. El lugar es un conjunto de cascadas escalonadas rodeado por los árboles del bosque. Un edén. Si vienes a Siquijor es un baño obligado y además es gratis. En una de sus pozas, hay un salto de cinco o seis metros altura junto a una cascada y también una liana muy divertida desde la que lanzarse al agua como Tarzan hacía en sus películas. Aqui pasé la mayor parte de la mañana jugando con Simón, el primer niño con el que comparto viaje de forma itinerante. Se lo está pasando de maravilla, tiene casi cinco años y unos ojos de un azul tan intenso, que semejan dos pequeños manatiales que le brotan a ambos lados de la cara.

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Simón y Maria

Josué jugando con Simón

Josué jugando con Simón

Foto: Francesca Foiadelli

Foto: Francesca Foiadelli

Cuando hablo con conocidos de Madrid muchos me dicen «Jo, que envidia me das, me encantaria hacer lo mismo que tú, pero yo no puedo ir lejos ni por mucho tiempo porque tengo un hijo pequeño», como si eso fuera una muralla infranqueable que les impide hacerlo. Piensan que viajar con niños es una quimera. Creen que los niños necesitan una vida estable y que no tener un lugar base donde pasar la mayor parte del año les puede llegar a desorientar y hacer que no se sientan arraigados, lejos de su casa y sus amigos. O piensan que se van agobiar o aburrir. Personalmente, pienso que están desperdiciando una de las mejores experiencias que puede haber en la vida y privando a sus hijos de uno de los regalos más enriquecedores que pueden recibir. Y cuanto más veo a Simón, más me doy cuenta de ello.

Simón

Simón

Simón, mientras viaja, y a través del contacto con otras culturas, realidades, personas diferentes y otras formas de hacer, está abriendo la mente y desarrollando un pensamiento más racional y tolerante, al tiempo, que adquiere nuevos valores y habilidades de tipo emocional y social; Simón, a través de ese cócktel de momentos problemáticos y placenteros que provoca el viajar, está mejorando su capacidad de adaptación, flexibilidad y paciencia; Simón está destapando su curiosidad y conociendo nuevos sabores y olores; Simón no sufre rutina ni estrés, cada dia para él es una aventura que aumenta su capacidad de observación, incentivándole, de ese modo, a adoptar un papel más crítico y reflexivo ante la vida; Simón ve a los animales en libertad y en su hábitad natural, no en vergonzosos zoos tras rejas o cristales; Simón tiene casi cinco años y todavía no va al colegio, pero está aprendiendo inglés, geografía e historia más rápido y de manera más sólida que si estuviera en clase; Simón es (y se siente) uno más en un grupo donde se respetan normas de convivencia, pregunta y opina, motivándole, y fomentando su autodeterminación al sentirse valorado, al mismo tiempo, que nos hace disfrutar a los demás con su inocente visión de la vida. «Viajando con él veo el mundo a través de sus ojos» me dice Cintia, su madre. En definitiva, Simón disfruta de buenos momentos en familia y está creando memorias y experiencias que le acompañarán a lo largo de toda su vida.

He conocido ya a varias “familias en ruta”.  En la India, coincidí en un hotel con una pareja de Granada que llevaba viajando seis meses con sus dos hijos de ocho y once años. Me comentaban que, antes de partir, se reunieron con los profesores y la dirección del colegio para explicarles su proyecto que el centro apoyó sin vacilar, entendieron que era educativo y enriquecedor para los niños. Los profesores les facilitaron el material que se daría en clase en su ausencia y  los padres les daban las clases en la playa o aprovechaban los días de lluvia en los hoteles. Los han hecho durante tres años consecutivos, han visto 18 países y a la vuelta nunca tuvieron problemas de adaptación, los dos acababan con unas notas sobresalientes. Aparte, me comentaban también que la mayoría de la gente, al verles con los niños, les ayudaban más. En nuestro caso, llegamos a Siquijor por la noche y ninguno del grupo dudó en que la primera habitación que encontráramos sería para Simón. Si solo hay una, es para Simón. Si los demás tenemos que dormir en la playa porque sólo hay una habitación, dormimos en la playa. Empatizamos. Un niño es lo primero en todas las partes del mundo y en todas las culturas. Habrá diferentes motivos e impedimentos que hagan a muchos padres no viajar con ellos, como por ejemplo el dinero o el miedo, pero un hijo nunca debería ser una excusa sino una de las más grandes motivaciones para si hacerlo.

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Las noches en Siquijor las pasamos de forma muy tranquila. Hay pequeños locales con música y billares y de vez en cuando se celebran en la isla fiestas locales con música en directo. Por lo general, esta isla me gusta disfrutarla de forma sincrónica con la luz del sol. Cuando se pone, me quedo en el hostal leyendo o charlando con Josué o Francesca o con mi gente de España por internet em nuestra terraza frente al mar. Una de esas noches en Siquijor celebramos el cumpleaños de Maria. Me pasé dos horas preparando cuatro tortillas de patatas en la cocina de nuestro hostal; Pelaba, cortaba y freía patatas, batía huevos. «Soy el mañoso carpintero al que le han encargado un trabajo», me repetía a mí mismo. Por otro lado, Maria y Francesca hicieron un pastel de mango y otros se encargaron de comprar la bebida. Y ya sobre la arena de la playa y bajo un prodigioso cielo entoldado de estrellas, celebramos el cumpleaños de Maria con toda la familia de Siquijor. ¡Felicidades Maria!

Si, se quemaron un poquito (jé)

Si, se quemaron un poquito (jé)

Cumpleaños feliz

Cumpleaños feliz

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Esa noche me la pasé entera charlando con Marcelo Pérez, natural de Argentina e ilustrador profesional de prestigio. Me cuenta que un dia tuvo la ocasión de conocer en persona y enseñarle sus trabajos al genial Moebius, una eminencia del dibujo. En la historia del cómic, hay un antes y un después de este maestro francés. Orgulloso, me cuenta que, al ver sus trabajos, Moebius le dijo que tenia diez cerebros en uno. Y no me extraña. Marcelo Perez posee un amplio abanico de estilos. No sólo hace con maestría los dibujos, también tiene una forma de ver y pensar extraordinaria. Desborda talento, puro y genuíno, como el agua que rebosa de un cubo. Anuncios de Cocacola, Bmw, loteria de navidad y de otras grandes marcas que vemos en televisión son producto de su imaginación y su paleta. Yo miraba sus dibujos con la atención y la sorpresa de quien estudia su hipoteca. Puro arte. Esta es su web por si teneis curiosidad. Web

Marcelo Pérez

Marcelo Pérez

Seis dias de sol, arena, mar, ríos, fauna, flora, historia y amigos en una atmósfera tropical y apacible que terminan con los atardeceres más espectaculares que he visto hasta la fecha desde la orilla de un mar. El atardecer de Siquijor es un deleite diario. Es tan hermoso que te hace perder el sentido cada tarde. Algo remótamente comparable a la energía que se debió manifestar en la fuente donde nació el universo; Te hipnotiza la conciencia, el juicio, las penalidades y los sentimientos; Contemplándolo, todo se hunde en su seno como si fuera un crisol que se lo tragara todo. Bajo él, el mar, liso como planchado, más que reflejar, daba la impresión de que ocultaba en su interior algo que irradiaba luz propia. Un espectáculo que nos colmaba los ojos de belleza como el sabor que colma la lengua mientras saborea una fruta. Un capricho de la naturaleza. Un sueño de Dios. Mirad, es aquel. Allí.

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Y sobre la moto, con mi compañera agarrada a mi espalda, vagamos por la carretera que circunvala la isla sin rumbo, sin tiempo, sin mapa, como semillas aladas revoloteando al impulso de una veleidosa brisa primaveral; El asfalto está rebañado en vegetación por sus bordes.; El cielo de la tarde muestra una claridad diáfana y los tibios rayos del sol proyectan larga nuestra sombra como una caricia sobre la tierra; El viento hincha mi bañador como las velas de un velero. Los bajos del pantalón de ella se le suben hasta los muslos; A nuestro paso, hojas secas se levantan y danzan como mariposas para después porsarse despacio, tomándose su tiempo, sobre la superficie de la tierra; A la derecha, las palmeras se mecen silenciosas. A la izquierda, brilla el mar”.

3 comentarios en “26. La isla de fuego

  1. Cintia

    Gracias por hacernos parte de tu majestuoso relato y de reflejar a la perfección lo maravilloso de tener como compañero de viaje a mi pequeño hijo Simon, y animar a las familias a emprender una aventura que jamás olvidarán, al igual que nosotros jamás lo haremos.
    Juanan eres parte de nuestra primera aventura en familia y es realmente un placer conocer semejante poeta y soñador en nuestro camino.

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  2. Maria

    Juanan es magnífico, como todos tus relatos.
    Has expresado muy bien todo lo que hicimos y aprendimos esa semana en siquijor. Recuerdo tantas conversaciones con vosotros, con marcelo y cintia, acerca de su increíble aventura con Simón.. Fue glorioso. Cada paseo en moto, cada atardecer, cada una de las cosas y de las personas que estuvimos ahi.
    Fue uno de los mejores cumpleaños. Jamás olvidaré mis 26!
    Gracias a todos por esa noche increíble. Y todas las noches.

    Ah, y sin duda, son los mejores atardeceres que he visto en mi vida. Inigualables.
    Entendí el porque de la isla de fuego y de su magia.
    Te quiero y echo de menos

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  3. Daniel

    Me encanta ver desde aqui, el otro lado de la tierra, nuestro planeta, como el simple deslizarse por su superficie os hace interactuar de una forma tan bonita y enriquecedora. Es curioso veros chocar y rodar juntos a personas tan normales y especiales a la vez, como las bolas de billar sobre el tapete, todas iguales, todas diferentes, jugando a ese gran juego, la vida.

    Desde aqui os doy gracias a todos por viajar y por compartir y compartirlo con los que estamos en otros lugares, un abrazo a todos!!

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