25. Verano Azul 3

«Mientras observo desde el barco cómo la isla de Malapascua va disminuyendo su tamaño con la distancia, justo al contrario de lo que ocurría a nuestra llegada, noto cómo, rayita a rayita, la aguja indicadora de mi tristeza va aumentando mientras mi cuerpo se distiende. Nada es para siempre. En un determinado momento, todo existe; Un instante después, todo se aleja y desaparece. Lugares y amigos, van cayendo, en silencio, por el horizonte del mundo que me pertenece».

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Capítulo final. “Anocheceres”

Sé por experiencia, que viajando, sólo en contadas ocasiones, encontramos a alguien a quien podamos transmitir nuestro estado de ánimo con exactitud, alguien con quien podamos comunicarnos a la perfección. Es casi un milagro. Es una suerte inesperada. Seguro que muchos viajan toda una vida sin encontrarla jamás. Yo lo hice en la India. Se llama María y, en nuestros últimos días de Malapascua, compartimos una habitación doble en el BB’s donde cada dia, antes de ir a cenar, cotilleamos sobre todo lo que pasa en la isla al son de mis altavoces y nos preparamos para la bonita noche que va a comenzar en Malapascua.

Entrega de llaves. Con mis caseras de BB's.

Entrega de llaves. Con mis caseras de BB’s.

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Maria en nuestro bungaloo.

Maria en nuestro bungaloo.

Mi sitio favorito cuando estoy ocioso es el Malditos. De hecho, es al único al que contemplo ir cuando me apetece tomar algo por la noche. Abre las veinticuatro horas del dia y lo atienden chicas locales muy simpáticas que siempre te llaman por tu nombre. El local tiene una gran barra de bar con sillas altas mullidas y confortables. Mesas tanto en el interior como en la arena de la playa. También cuenta con tumbonas orientadas al mar. Hay billar y futbolín. Unas veces ponen música y otras no. Tiene una zona chiil out bastante amplia con cojiines donde mis amigos y yo la mayoría de las noches, charlamos animadamente y bebemos copas de ron y cervezas como si fueran medicinas.

MALDITOS

MALDITOS

Alain, Maria, Alex y yo

Alain, Maria, Alex y yo

Ramón, yo, Arnau,Mire, Esteban y Maria

Ramón, yo, Arnau,Mire, Esteban y Maria

Con Francesca, Jose Luis y Arnau

Con Francesca, Jose Luis y Arnau

Aparte del Malditos, Malapascua, a pesar de ser una isla muy pequeña, ofrece varias alternativas para entretenerte por la noche y no aburrirte; Otros bares de copas, restaurantes, karaoke, casino, playas alejadas de todo donde hacerte un fuego con los amigos, fiestas locas que organizan los locales una o dos veces por semanas. Otra buena opción, que a mi gusta mucho, es ir al “Villa Sandras”. Un hostal con sofás y hamacas en su exterior con muy buena atmósfera. En definitiva, quien se aburre aquí por la noche es porque quiere.

Cuando viajas y permaneces mucho tiempo en un mismo lugar terminas haciéndote muchos amigos; De los locales, de los occidentales que viven trabajando en el lugar o de otros viajeros como yo. Pasan los días y el roce va haciendo el cariño. Son partes inolvidables de las etapas. Siempre aparecerán en las fotos de mi viaje y en las aventuras que os narro. Cada uno son regalos del camino que yo elijo y en Malapascua es relevo es continuo. Unos se van mientras otros vienen. Todos los días llega carne fresca al mercado de Malapascua. Hoy nos despedimos de Axel y hemos planeado organizar en una de las playas de norte una cena especial. En la cocina de mi hostal, cocemos arroz, limpiamos pescado y preparamos las verduras. De camino al norte, compramos el hielo y la bebida. En la playa, unos amigos locales prenden la hoguera en la que asaremos la carne con una parrilla. Hoy es la noche en la conozco a Alain, de Suiza, Dj y productor internacional de Psycodelic Trance, una de mis pasiones. Está viajando con un amigo frances y ambos se vendrán con nosotros a Siquijor después de Malapascua. Con él, y los demás disfrutamos de una deliciosa y animada cena. Después las copas de rigor y a bailar Reague y el Psycodelic con mis altavoces bajo las estrellas taladrando el cielo con su luz. ¡Buen viaje, Axel!

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Hay noches en las que no me apetece hacer planes. No quedo con nadie ni para ir cenar. Me refugio en mi bungalow, me tumbo en la cama y me enfrasco en la lectura de novelas o escribo en mi blog con el inpetu de quien come mazorcas de maíz a dentelladas. Son mis noches de bohemia, y hoy, no es una de ellas. Me ducho. Me pongo ropa limpia. Me fricciono la cara con loción. Me visto con la camiseta que mejor me quede y calzo mis mejores chanclas. Frente al espejo, me preparo a conciencia porque esta noche puede suceder de todo. Es sábado y hoy celebra la fiesta más divertida de todas las que he encontrado en más de seis meses de viaje, la que nadie quiere perderse en la isla. Hoy, en Malapascua, es la Local Party.

«¡Susiii!» Grito desde mi habitación. «¡Voy!» Ya mi vecina sabe para qué la llamo. Ni pregunta. No hace falta. Cada noche, después de cenar nos vamos a fumar a nuestro rincón secreto de la playa. A veces vamos solos, hoy nos acompaña el Arnau. El lugar lo baña pequeñas olas y la luz de la luna crea sombras dentadas sobre las rocas. En ellas, nos sentamos mientras observamos el interminable y relajante vaivén del mar. Me cuentan cómo son sus veranos en Ibiza, a donde me animan a ir a trabajar, con su ayuda, en caso de que a mi vuelta las cosas me vengan mal dadas. También me hablan de Siquijor, mi siguiente destino. Dentro de poco, Maria y yo tendremos que abandonar la isla porque se acaba nuestra visa de un mes. Después de extenderla en Cebú, haremos un recorrido por las islas de fuego que hay alrededor de Bohol. Me cuenta el Arnau que Palawan no les ha gustado nada; Un paraíso sí, pero muy caro y tan lleno de turistas que le entraron ganas de volverse a España. Terminamos de fumar, nos guardamos las chustas y vamos al Malditos a reunirnos con los demás. Es la hora de tomar las primeras copas de la noche.

Están todos. Voy a la barra. «¡Hi Juanan!» me dice una camarera con una sonrisa. «Good night. One triple, please». Aquí la Cocacola es más cara que el ron. Esto hace que los triples sean más baratos que los dobles y éstos más baratos que los sencillos. Y yo tengo que ahorrar, todavía me queda más de la mitad del viaje. Me lo sirve y le pago, en pesos, el equivalente a ochenta céntimos de euro. Tras una hora de copeo, salimos ya con el “puntillo” en dirección a la fiesta. De camino, paramos en el casino. Sí, en el casino. En Malapascua no hay hospitales ni gasolineras ni supermercados, pero hay un casino al aire libre. El vicio es universal. En el bingo, un chico canta en español los números agraciados por las bolas de pimpón que van cayendo en una ruleta de madera. Los jugadores van tachando con tiza los cartones que están dibujados en las mesas. En una de ellas veo a mi casera con unas amigas. Junto al bingo, hay otro juego que yo no había visto nunca. De un cono metálico que pende de cuatro cuerdas caen, por un agujero en su vértice, tres bolas de pinpong a un tablero con seis grandes cartas póker dibujadas. Los jugadores hacen sus apuestas. Si cae una bola en tu carta, ganas. Si caen dos, te llevas el doble de lo apostado. Y si cae tres, el triple. Me animo. Apuesto cincuenta peso a la jota, por supuesto. Y gano. Vuelvo a apostar todo. Gano otra vez.

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Es hora de ir a la Local Party. En una tienda compramos, mientras charlo con Pak, el pack: botella de ron, cocacola, hielo y vasos para el botellón. Cinco euros todo. Nos servimos una copa y con ella en mano, entramos a la fiesta. En la entrada, pago un precio irrisorio y una señora me estampan, como recibo, un sello en la muñeca. La pista es una cancha de baloncesto junto a una iglesia. ¡Que Dios nos coja confesaos!.

En ella están bailando locales de todas las edades. A un lado hay una torre de altavoces que, estimo, a oído, tendrá más de tres mil vatios de potencia. Al fondo, sobre un escenario, un dj mezcla EDM con un ordenador y unas luces de colores barren la pista de un lado a otro. La producción no puede ser más modesta pero tiene todo lo que una fiesta necesita. Y a bailar. ¡Como Dios está mandao!

Y bailamos, bajo las estrellas. Otra copa. La fiesta está a pleno rendimiento. Los altavoces disparan sonidos a nuestros oídos con el ímpetu de una ametralladora pesaba abatiendo un granero. Hay temas que los repiten tres y cuatro veces pero no nos importa. La noche es joven. Troncho la pista con el Arnau. Por primera vez en la historia, Hortaleza y San Cugat del Vallés se han unido en esta esta pequeña isla filipina. Casi ná. Vamos cabra.

Y bailamos, bajo la silueta de las palmeras. Otra copa. Ya empiezo a notar cómo el alcohol merodea por los intrincados canales de mi conciencia como si fuera un ágil pececillo. Comenzamos a ir finos-filipinos. Ya no hay hielo en ninguna parte pero eso no nos amilana. Somos pequeños botes zarandeados por el fuerte oleaje del ron y la música. Maria, como los barcos que se ven al otro lado de una ventana, aparece y desaparece sin dejar rastro. Yo sigo mano a mano con el Arnau. No hay mañana.

Y bailamos, bajo la Luna. Otra copa más. Esto es el desmadre universal. A nuestro alrededor, gentes de todo el mundo sin preocupaciones ni responsabilidades al dia siguientes y desinhibidos por del ron, bailan y ligan sin parar. En este pequeño pedazo de tierra perdido alejado de todo te puedes enrollar con el más feo o fea que tus amigos del barrio nunca lo sabrán (en mi caso sí, porque está Pak). En estas circunstancias, todos sin excepción, poseídos por demonios sexuales, logran, a duras penas, dominar sus impulsos, o bien, se abandonan activamente a ellos y marchan a la intimidad de sus bungalows o a la oscuridad de la noche en alguna de las playas de la isla. Que Dios los perdone.

LOCAL PARTY

LOCAL PARTY

Son las tres de la madrugada, la fiesta ha terminado pero mi conciencia está tan despejada que parece que jamás haya conocido el sueño. Miro la botella de ron, sólo queda, en el fondo, un culo. Es hora de ir al Hayahay. De camino, noto que me muevo con gran torpeza. Parece que todo, incluso la fuerza de la gravedad, haya mutado de naturaleza pero consigo llegar a mi destino y pido otra copa. Son las cuatro de la mañana y en mitad del cielo flota una luna blanquísima. El local es un chiringuito al aire libre sobre una colina al lado de mi hostal. Hay bancos con mesas y una zona chill techada con mesas bajas y sofás. Detrás, al fondo, perdido en la oscuridad, hay un edificio en ruinas que aún conserva las escaleras que suben a su tejado. Copa en mano, subo con Sebas y Susi. Es la primera vez que estoy en una azotea tan silenciosa. Desde allí, mientras nos fumamos el último de la noche y charlamos vete tú a saber qué, contemplamos la isla que se extiende entera bajo nosotros y cómo el horizonte empieza a clarear por el Este. Volvemos al bar.

El Arnau está sentado en el suelo con la cabeza entre la piernas. «¿Qué tal Arnau, cómo vas, estàs jodido, eh?» Me mira sin decir nada. Sus pupilas tienen una trasparencia inusitada. Son tan oscuras que parece que a través de ellas pueda verse el más allá. Hortaleza 1 – San Cugat del Vallés 0. Final del partido para el Arnau. Yo voy ya rozando el límite. Mi cabeza no para de girar como un tornillo pasado de rosca y mi boca parece embreada debido a lo mucho que he fumado. Me tumbo en un banco boca arriba mirando al cielo. En él, veo como brillan con viveza incontables estrellas, como si el espacio hubiese estallado en pequeños fragmentos. Estoy exhausto y tengo la sensación de que, si cierro los ojos, saldré flotando hacia él. Me enderezo. Le doy otro trago a mi copa. Está caliente y sabe a rayos. Me tumbo de nuevo y cierro los ojos. Siento una extraña sensación de disgregación, como si mi conciencia fuera elevándose al cielo mientras mi cuerpo intenta retenerla por los pies con todas sus fuerzas. Estoy lo más borracho que he llegado a estar en todo mi viaje. No hay “peros“, “sin-embargos“, “aunques”, ni “aun-asíes”. Llevo un pedo universal,  y ya está. En la India, en Nepal y Japón no probé ni una gota de alcohol pero aquí en Filipinas se me ha ido de las manos. «Papá, la culpa es de mi amigos». (Jé).

«Vamos Juanan» me dice María. A guisa de muleta, le paso un brazo sobre sus hombros y llegamos al bungalow como si camináramos por una superficie que flotase sobre el agua. Me tomo los dos vasos de agua que gentilmente Maria me prepara y caigo en la cama como el viejo trapo que alguien lanza al rincón del cubo. Y ahí, como si hubiera estado aguardando la ocasión, mientras la habitación se ensancha y se estrecha alternativamente, el sueño se precipita sobre mi desde el cielo como una gigantesca red negra poniendo fin a otra noche en Malapascua.

He  pasado diecinueve noches en Malapascua; Todas merecedoras de ser vividas. Ni una mala. Hoy es la última. No puedo dormir, hace mucho calor. A mi lado, Maria duerme profundamente mientras su cuerpo sube y baja al compás de su respiración. Me levanto a beber agua. Salgo de la habitación. Desde el balcón, observo cómo la claridad de la luna tiñe de plata la superficie de la tierra. Parece un paisaje submarino. Cojo mi cuaderno, un bolígrafo y tabaco. El poeta de Malapascua sale a pasear. Reina una quietud absoluta, no se aprecia el menor movimiento. En el cielo, tras la negra silueta de las palmeras, incontables estrellas se muestran bellamente. El silencio es profundo, sepulcral, y sólo lo rompe el gomoso ruido de mis chanclas al andar. Malapascua duerme apacible mientras llego a la playa. Una suave brisa me acaricia como si fuera una volandera semilla de diente de león llevada por el viento. Saco uno de mis cigarrillos emboquillados. Me lo pongo en la comisura de mis labios. Suena el agradable chasquido de mi encendedor…

“Y ahi, frente a mi, pendiendo en lo alto, la Luna, color marfil de siempre; La que se mira en la mar calma bajo su brillo; La que arranca destellos de la arena y las piedras que me rodean; La que ilumina los tejados de las casas mientras todos duermen. Esa misma Luna; La que ondula deseos bajo mi piel con sus caricias; La que hace añorar amores y alumbra sueños despiertos. Esa, la que no es de nadie; La que nos protege, envolviéndonos con su luz, a los viajeros nocturnos. Musa de poetas que con sigilo meto en mis versos. Guardian de mis pensamientos en noches de soledad y bohemia. Esperanza de los viajes que acabarán y de las almas apagadas. La misma que, frente a mi, riela hoy el horizonte afilada rasgando el cielo, y en unos días, se transformará en Luna llena y rociará, en silencio, de gotas blancas y solitarias la tierra”.

Buenas noches.

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FIN

 

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