24. Verano azul 2

“El sol sale. El sol se pone. Sale y se pone. No hay barreras ni vallas en Malapascua. Nadie te encadena. No hay guardias vigilantes. Pero no te puedes marchar. Esta isla no te deja ir. Siguen pasando los días. la tierra sigue girando sobre su eje mientras María y yo, sin apenas darnos cuenta de ello, vivimos en un sueño.”
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Parte 2. “Atardeceres”

Por la tarde a las cuatro, después de la siesta, es la hora del fútbol en el gran estadio municipal de Malapascua. El campo es una ensenada de arena que emerge cuando baja la marea. Las porterías está formadas por dos piedras. El agua del mar marca los límites del terreno de juego. Aquí, vienen niños y niñas a jugar puntuales desde que Carlos, un menorquín ex-futbolista amateur, empezó a organizar pachangas hace dos años en la playa del Malditos, cuando vino a colaborar con Tony después del paso del tifón Yolanda.

«¿Cómo te llamas?». Me pregunta un niño. Me llaman Griezman, le miento. A partir de ese momento todos los niños de la isla me llamarán así. Y lo harán siempre, sin que yo vuelva a tener que recordádselo. Dos capitanes van eligiendo alternativamente a los jugadores de sus equipos. Los mayores nos repartimos. Hay días que somos tantos que tenemos que forma tres equipos y jugar al rey de la pista. Huele al aroma de tardes añoradas.

Foto Toni Torres

Foto Toni Torres

Rueda el balón. Sobre la arena, empapado de agua marina. Y jugamos, descalzos. Los mayores no podemos hacer gol pero yo no puedo evitar saltarme esta norma. Desde que nací, el gol fluye por mis venas. En mi cromosoma habita, dominante, el gen del gol. Recibo el balón delante del portero y mi cuerpo, inconscientemente, de la forma más natural del mundo, marca goles. Es instintivo en mi. Lo saben mis rivales, lo ven en mis ojos. Y yo el miedo en los suyos, en los del portero, mientras me dirijo veloz, con el balón controlado y completamente desmarcado, hacia a él. Vuelo hacia la portería. El mundo se detiene. Siento, en mi nuca, como si fueran taladros, los ojos de las chicas observándome desde la orilla. Los niños, con los ojos como platos, dejan de jugar y alzan sus cabezas al unísono adoptando todos idéntica postura. Lugareños que duermen la siesta despiertan bajo los últimos rayos del sol de la tarde y levantan sus cuellos doblados en un mismo ángulo e idéntica posición, todos hacia a mi, mientras piensan: «¡Ahí va, es él! ¡Es Griezman! ¡Lo va a hacer! ¡Va a marcar un gol! ¡Parece que nada ni nadie podrá detenerlo! Miro a la portería. El portero tiene la cara de quien ve una estampida de búfalos sin control en su dirección. Mi instinto goleador, asesino, recorre mi cuerpo como un rayo por las nubes de una tormenta de verano. Miro el balón. Busco, en décimas de segundo, el sitio idóneo donde posar el talón de la pierna de apoyo para poder golpear con precisión y pegarle, de empeine, a la pelota en el punto exacto. Lo hago. ¡Plaf! Con la izquierda. Golazo. Por la escuadra. El portero, impotente, rendido a mi don innato, sólo puede hacer la estatua. Lo celebro haciendo el ángel, corriendo por el mar y terminando con una vuelta de ciento ochenta grados en el aire, con el puño en alto, como hacen las grandes estrellas del fútbol mundial. Como hacia yo cuando jugaba en mis tiempos de gloria por los campos de la liga municipal de Hortaleza. Como hacia yo cuando jugaba hace ya más de ocho años antes de colgar las botas por una grave lesión.

Me echan la bronca. Toca ponerme de portero, por fliparme. Mi gol no vale y sacan de portería. Somos muchos, el balón pesa y rueda lento. Esto hace que haya muchos niños siempre rodeando la pelota. Hay pocos goles, las defensas son muy cerradas. Más, si hay un portero como yo. Soy un muro. Un cancerbero al que no le importa volar como un pájaro para evitar que le metan gol a su equipo. Disfruto cayendo sobre la mullida y húmeda arena de la playa y manchándome de barro hasta mi último pelo. Ellos me disparan, yo salto como un delfín. ¡Palomita!. Cojo el balón con las manos y todos los niños alzan las suyas. «Griezman! Griezman! here!» Diez doce niños, hasta del equipo contrario me lo gritan. Boto el balón, despacio, mientras saboreo el momento, y lo levanto, como la estatua de la libertad, su antorcha. «Griezman! Griezman! here!». Cojo carrerilla. Uno, dos, tres, cuatro pasos. Suelto el balón deslizándolo, suavemente, por mis dedos. ¡Pum! De bolea. Con todas mis fuerzas. Al aire. A las nubes que cuelgan del cielo azul de Malapascua. Definitivamente, no puedo ser más feliz.

Foto Toni Torres

Foto Toni Torres

Mientras juego con unos, María y Miriam, en la playa, sin prestar atención al partido, juegan con otros de los niños de Malapascua,  Allí hacen las pulseras que Tony les ha enseñado a elaborar; alguien toca algún instrumentos; Maga les enseña a los niños malabares con su bola mágica de cristal; unos, juegan a las cartas, otros, al pilla pilla o al pañuelo; Cantan, hacen el pino, volteretas y saltos mortales, se persiguen y se abrazan. Todos son ágiles, hablan inglés, y siempre están sonrientes y manchados de barro. “Son los niños más niños que he visto desde que yo era un niño”. Sin electrónica. Sin urbanizaciones-cárceles. Son la clase niños que en occidente están de peligro de extinción. Los niños de Malapascua deberían ser protegidos como un bien inmaterial de la humanidad. Me contagian tanto su espíritu, que hacen crecer en mi la nostalgia, recordándome lo que fui, ese niño que volaba, ese que jugaba por las plazas y descampados de Hortaleza rompiendo chándal con sus amigos del colegio. Aquí, en la playa del Maldito´s, gracias a los niños de Malapascua, viajo interiormente, cada tarde,  y de forma paralela, a mi “yo” de hace casi treinta años.

Sebas (Chile)

Sebas (Chile)

Tony con los niños de Malapascua

Tony con los niños de Malapascua

Los niños de Malaspacua

Los niños de Malaspacua

Hay tardes, en las que no voy jugar, bien porque no me apetece, bien porque prefiero hacer otras cosas. Hoy he decido hacer una visita a mi amigo Pak. En su porche, charlamos un poco de todo. Los dos somos de Hortaleza y tenemos muchos amigos en común. Le pregunto por el Negro, el Pirata, el Chulo, el Lito, el Pelu, la Moira, el Frutero, el Fito, la Valle, la Hippy, el Quirós y la enana, por el Poto y por el de la moto. Por todos. Hablamos de Malapascua, de sus planes de quedarse aquí una temporada como instructor de buceo. Le hablo de mi viaje y del blog que estás leyendo. Pak se ha recorrido casi todo el mundo. Antes de venir aquí, trabajaba como guía en África. Durante bastante tiempo escribía un blog, www.pakgoesto.com que contaba más de diez mil visitas al mes. Esto le hizo ganar dinero por publicidad y meterse de lleno en el mundillo bloguero. Me interesa. Le pregunto. Me explica cómo son las reuniones con nuestros colegas escritores, cómo se hartó de ellas. Según él, allí, sólo se hablaba del posicionamiento en Google y de cómo hacerse publicidad mutua para conseguir más seguidores, más notoriedad. «En esas reuniones apenas se habla de viajes» me comenta. También ha sido invitado a varios Roadtryps, que son viajes que algunas agencias pagan a blogueros para que escriban sobre un determinado lugar. Viajes donde te dan todo hecho, como en una estación de servicio. No eliges tu itinerario, tampoco a tus compañeros de viaje. No tienes libertad de improvisación y, en cierta medida, a la hora de escribir, de expresión. ¿Cómo vas a hablar mal de un lugar al que te invitan con todo pagado? Me cuenta cómo otras muchas agencias también pagan a blogueros para que hablen sobre determinados lugares aunque no hayan estado. Es un mundillo y una gran decepción me invade al conocerlo. «Hay blogueros que escriben para viajeros, y otros que escriben para lectores» afirma. «Yo escribo para mi y para los que quieren soñar», contesto. Se ríe. Ya no me interesa ese mundillo. 

Con Pak

Con Pak

Vamoscabra.com es un blog de experiencia, una alegoría personal a los viajes, la soledad, y la belleza de los sueños. Si buscase notoriedad en la red o negocio, seguramente habría elegido otro formato y estilo más práctico o útil para conseguir más lectores, pero la realidad, es que escribo porque gusta, sin más, igual que viajo porque me gusta viajar. Para mí, el número de visitas o tener buenas o malas críticas no constituyen una referencia. Por supuesto, siempre es más agradable que te elogien a que te denuesten, que te lean a que no, pero lo más importante para mí, sinceramente, es si lo escrito alcanza o no los parámetros que yo mismo doy por buenos. Todo lo demás me trae sin cuidado. Hago esto, tanto para recordar en el futuro los pasos que voy dando, como para desenterrar los sentimientos que tengo y estimular mi creatividad. Aquí, en Malapascua, estoy experimentando lo maravilloso que es poder ponerme frente al cuaderno todas las horas que quiera, sin preocuparme por el tiempo, y escribir cada día con concentración; En mi bungalow, en la playa o en cualquier terraza. Este acto se ha ido integrando en mi ciclo vital para formar parte de él igual que las tres comidas diarias o el dormir. En cuanto encuentro un hueco, me enfrento al papel y hago correr mi bolígrafo sin tener que competir con el reloj, concentrando mis sentidos para poner en marcha la creatividad y contar mis historias, seleccionando una a una las palabras, entretejiéndolas, plasmando las ideas y las sensaciones que van creciendo en mi mente. Los que me conocen aquí, al verme siempre cargando con mi cuaderno, me han apodado ya como “el poeta”. Soy el poeta de Malapascua. jé. Y a veces como tal me siento. Todo es tan hermoso en esta isla, que mis sentimientos, pensamientos y palabras, contagiados, crecen envueltos en una dulce luz de poesía. Y es, os lo aseguro, realmente hermoso.

Por otro lado, escribir un blog, requiere mucho tiempo y a veces me resulta imposible escribir porque, viajando, es difícil encontrar momentos para hacerlo. No voy a dejar de descubrir lugares y hacer planes por buscar tiempo para el blog. Primero viajar, después escribir. A pesar del estrés que a veces me supone no poder llevarlo al dia, me alegro de haberlo empezado y seguido escribiendo sin descanso, desde que empecé el viaje hasta hoy, porque los relatos que escribo también me están gustando a mí y, además, es una afición que me permite compartir mis experiencias con mi familia, amigos y compañeros de viaje. Saber que me leen me conecta mentalmente a ellos cada vez que elaboro los textos como un cable de miles de kilómetros de longitud fuertemente tensado. Cuando escribo, nunca me siento solo. La escritura es mi refugio, ya sean cuadernos de viajes o los relatos de este blog que, sin duda, ha sido el primer gran regalo de mi viaje, y recomiendo, como Pak hizo en su dia conmigo, a escribir uno a todos los que vayan a emprender un viaje de este tipo.

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Me despido de Pak. De camino a la playa del Malditos, observo a las señoras tender ropa con olor a jabón mientras cotillean distendidamente con sus vecinas. Un niño corre a mi lado persiguiendo una vieja rueda que él mismo impulsa y dirige con una rama. De una radio, la melodía de una canción sobre amores perdidos, sale débilmente y danza subida en el viento. Unas niñas me llaman, «Hey Griezman!» y se acercan, sonrientes, a darme la mano. Posado sobre un palo en forma de T, un gallo lanza miradas circulares a su alrededor. Compro, en la pastelería, tres trozos de pancake sabor banana y una fresca cocacola por menos de un euro. Mientras alzo la cabeza para darle un largo trago que refresque mi garganta, contemplo, sobre mi, las hojas de las palmeras cuelgan meciéndose en silencio hacia el suelo, y tras ellas, a lo alto, una gran nube vela el cielo,muy compacta, de esas que dan la impresión de que podría sostenerte en pie y caminar sobre ella.

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Pasteleria

Pasteleria

Llego a la playa. Aqui están casi todos mis amigos. Están tumbados sobre unas esterillas mientras Esteban, frente a ellos, como el teniente de un ejército que prepara a sus hombres para la batalla, les enseña las técnicas de yoga y relajación que aprendió durante cuatro años de clases en la India. De forma totalmente altruista, nuestro amigo francés muestra esta ciencia milenaria cada tarde a todo el que le apetezca. Su último viaje fue de más de tres años por América y ahora lleva unos meses por Asia sin billete de vuelta para disgusto de su madre. «Yo antes bebía mucho y fumaba. Era una bala perdida. El yoga me salvó la vida» me dijo un dia.

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YOGA

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Y mientras todos disfrutan del arte de Esteban, si me lo permitís, voy a dejar de escribir para darme un baño.

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Atardecer en la playa del Malditos. Fotos de Maria Haro

Para ver el atardecer, sobre las cinco y media de la tarde, mi sitio favorito de la isla es la conocida como playa del cementerio, una pequeña cala situada cerca de mi hostal. Limpia, apacible, es un buen lugar para el snorkel y nadar. A ella no va mucha gente y en sus aguas apenas atracan los barcos. Desde su arena, blanca, la vista se pierde en el horizonte sin encontrar obstáculos, y allí, solo, o junto a mis nuevos amigos, como si estuviera en una dimensión zen inducida, los diferentes y cambiantes colores del atardecer vuelan al viento como el polen, y penetran, en mis ojos, mientras contemplan el pausado discurrir del sol poniente. Es el fin de día perfecto. Es el elegante tropo del último verso para este poema en el que vivo llamado Malapascua.

LOS ATARDECERES DE MALAPASCUA

“Es bueno tener siempre a punto el recurso de una palabra que llene el vacío en ti, para hacer de ella la pertinente coraza que me preserve de la pesadilla de la añoranza y la tristeza. Entonces te me haces presente en cada verso que escribo, y cuando me lo repito, no hay distancia entre tu cuerpo y el mío, unidos para siempre en el poema”.  

“Ausencia” / Poema de Miquel Martí i Pol

Continuará...

Y en el último capítulo de Verano azul: “Anocheceres”

Hardway

HAYAHAY

MALDITOS

MALDITOS

LOCAL PARTY

LOCAL PARTY

La luna de Malapascua

LA LUNA DE MALAPASCUA

Un comentario en “24. Verano azul 2

  1. Dani

    Me encanta leerte, eres la madurez y la sabiduría de mi primo mayor. Cuando leo tus palabras siento una gran envidia por querer estar ahi contigo, y tambien bastante nostalgia de que habiendo vivido todos estos años tan cerca no haya podido compartir contigo experiencias y poder haberme enriquecido con tus valores… En cualquier caso estoy muy feliz de verte feliz, de que seas feliz con tan poco (y tan valioso a la vez), de ser feliz leyendo tus vivencias en tu viaje y muy orgulloso de que lo escribas tan bien, con tanto sentimiento.

    Un abrazo muy fuerte primo!

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