23. Verano Azul

“Erase una vez una pequeña isla situada en los confines de la tierra. Tiene dos kilómetros y medio de largo y uno de ancho. No hay asfalto en sus calles, ni grandes hoteles en sus playas paradisiacas. Su nombre es Malapascua. Hasta aqui, siglos atrás, llegaron los malayos e indonesios primero, los conquistadores españoles, después. Ahora llego yo. Una isla tan hermosa como un sueño y tan pura que, al pisarla, parece que haya sido olvidada por el tiempo, o bien, que está conteniendo el aliento, agazapada, escondida en un lejano rincón del mundo para que el tiempo no la descubra”.

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Capítulo 1:  “Amaneceres”

Me despierto. Comienza un nuevo día en Malapascua. Sobre mi, partículas diminutas como motas de polvo brillan por el salón del BB’s. Por la ventana abierta, se oyen los gallos cantar como cada día y el olor a mar entra flotando transportado por el viento. Estoy solo. Mis compañeros de habitación han madrugado antes que yo. María estará tomándose un café en el animado “Villa Sandras”, el hostel mochilero más famoso de la isla, o quizá, estará con Francesca o Esteban en alguna playa de la isla haciendo yoga. Mis otros compañeros, Erik, de Holanda y Joshua, de Chile, estarán buceando. Seguramente han ido a ver a esos tiburones tan famosos que se pueden ver por aquí. ¿Y Maga? A saber dónde está el Maga. Puede que perdido en alguna playa desierta escribiendo poemas, o enseñando trucos a los niños con su bola de cristal en alguna parte. Salgo de la casa y estiro mis brazos al aire mientras miro al cielo azul. Es una de mis costumbre matutinas, respirar profundamente por la nariz, y familiarizarme, de ese modo, con el hermoso dia que acaba de comenzar en Malapascua.

BB's

BB’s

Cocina del BB's

Cocina del BB’s

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Salón del BB’s

Después de descender el Monte Pinatubo y tras coger siete medios de transporte en treinta horas, María y yo llegamos con ganas de descanso. Es el sitio ideal, la isla es barata, llena de palmeras y está rodeada de arena blanca y mar azul turquesa. Los locales son hospitalarios y sociables y el turismo es equilibrado. Este paraje nos ha gustado tanto que, al poco de llegar, decidimos quedarnos más tiempo. Nos alojamos en el sur de la isla. En esta zona están casi todos los alojamientos y restaurantes, el puerto y las escuelas de buceo. El lugar rebosa calma y paz; el crujido del roce de las chanclas con la arena del suelo, cientos de gallos que cantan rivalizando en capacidad pulmonar y potencia vocal, y el sonido de las palmeras mecidas`por el viento, forman la banda sonora de cada dia. Como rutina, lo primero que hago es refrescarme el cuerpo con la primera de la tres o cuatro duchas frías que me doy a lo largo de un día, me preparo un café y voy al desayunar al GinGis, un restaurante pegado a mi hostal. Allí, mientras desayuno tortilla, pan y un fresco batido de frutas, leo la prensa y escribo un poco, elijo la playa a la que iré a nadar. Parezco un pensionista.

Cuando me apetece soledad, voy a las playas del norte, a unos cuarenta minutos andado. La mayoría de los viajeros que vienen a Malapascua lo hace para bucear, todos por la mañana, esto hace que tenga las playas alejadas, desiertas para mi. Son ideales para tomar el sol, leer o escribir bajo las palmeras, meditar, práctica yoga, aprender a tocar un instrumento sin que nadie te oiga, hacer el amor tras una noche de juerga, prender una hoguera nocturna bajo las estrellas con amigos ó, sencillamente, para estar con uno mismo. Las playas desiertas son muy prácticas para todo y aquí en Malapascua, además, son muy hermosas.

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Foto María Haro

Foto María Haro

Foto María Haro

Decido a ir a la playa del Exotic, a quince minutos de mi bungalow. Hasta allí llego, descalzo, mientras observo a las chicas extender sus pareos sobre la arena y tomar el sol, a los masajistas ambulantes montando sus puestos y a las escuelas de buceo funcionando. Hay bastantes y con muchos instructores españoles. Cerca de aquí, está el único sitio del mundo donde puedes ver al tiburón zorro regularmente de madrugada cuando ascienden a treinta metros para limpiarse. En una de esas escuelas, veo a Pak, de Hortaleza, mi barrio. Me obligó a venir a visitarle bajo amenaza de collejas cuando supo que estaba en Filipinas. Vive aquí trabajando de instructor. Si vas a venir a la isla a bucear, pásate por el Sea Explorers, pregunta por él y le dices que eres mi colega.

Sea Explorers

Sea Explorers

Pak (Hortaleza). Dando clase.

Pak (Hortaleza). Dando clase.

Si no esta Pak preguntad por Tony, compañero de Pak y, coincidencias de la vida, amigo de María de Menorca. Llegó para colaborar en la reconstrucción de la isla después del ciclón Yolanda. Desde entonces, viene cada año a trabajar tras la temporada de verano en España. Cada año, Filipinas sufre una veintena de tormentas y tifones entre los meses de junio y noviembre. Según los expertos, Yolanda fue uno de los ciclones más potentes jamás registrados en el mundo. En el mar, como un supertifón de categoría 5, volaba con vientos sostenidos de 315km/h, y ráfagas ocasionales de 380. Cuando tocó tierra un 8 de noviembre en la isla de Guiuan, sus vientos todavía alcanzaban velocidades sostenidas de 265 km/h, más fuerte en comparación con el Sandy que impactó en Nueva York con vientos de 150 km/h y que el Katrina en New Orleans con unos 200 km/h. Murieron más de 6.500 personas en todo Filipinas, Malapascua quedó arrasada y la mayoría de su población perdió sus casas.

Yolanda

Yolanda

Ya en la playa del Exotic, la vista es fabulosa, el lugar, tranquilo y apacible, casi se diría que amodorrado. Arena blanca y mar azul turquesa hasta donde se pierde la vista. Es el sitio idóneo para venir a relajarse y nadar. En ella, extiendo mi pareo a la sombra de las palmeras y en la orilla, las olas alargan su resbaladiza punta hasta mis pies envolviéndolos de un modo muy placentero. Respiro profundamente y levanto la vista hacia el cielo. Al abrir las manos con las palmas hacia arriba siento en ellos el sol ardiendo vívamente. El mar azul se extiende bajo mis pies lanzando destellos como si fuera de cristal. Camino hasta que el agua me llega a la altura de la cintura. Acaricio la superficie con las palmas de mis manos. «Está perita».

Me pongo las gafas y me zambullo de cabeza, bato las piernas y me impulso remando con los brazos. Sin preocuparme por la velocidad, saco un codo del agua y vuelvo a introducir el brazo siguiendo la dirección que marcan la puntas de mis dedos. Después el otro, percibiendo la resistencia del agua en las palmas de las manos, intentando mover todo mi cuerpo, como si bailara. Después de nadar un rato mar adentro siento que mi cuerpo fluye con naturalidad por el agua como si lo empujase una suave brisa. Tras nadar indolentemente unos veinte minutos, me detengo. Me quito las gafas. Al dirigir los ojos hacia la orilla, puedo abarcar de una ojeada la larga y blanca linea de la playa y la hilera de palmeras verdes. Es una imagen realmente hermosa, de postal. El agua es tan transparente que al otear hacia abajo, hacia el fondo, se distinguen con claridad las piedras, las estrellas de mar y mi sombra. Vuelvo a braza hacia la orilla. Me tumbo con el agua rodeándome el cuello como una horca y, bajo ella, mientras contemplo el horizonte, noto como latido a latido mi corazón se desacelera bajo el agua. Me gusta nadar. Me sienta bien. Me relaja y me evade del mundo. Cuando nado, nada, ni nadie, me molesta.

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Con el agua en los oídos

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Playa del Exotic

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Playa del Exotic

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Playa del Exotic

Playa del Exotic. Desde la orilla

Playa del Exotic. Desde la orilla

Ya en la playa, bajo las palmeras, las escenas se suceden y entran en juego otras personas. Casi siempre estoy con el Arnau, de San Cugat del Valles. Catalán, catalán. Un cachondo metal. Me parto el culo con el Arnau. Hemos conectado desde el primer minuto. Me ha llegado a decir, que sin mi, su estancia en la isla no hubiese sido la misma. Vive y viaja en un sueño desde que su novia, Mire, y la hermana de ella, Susi, le llevaran a vivir a Ibiza y de viaje por el mundo. Los tres trabajan a muerte en temporada y el resto del año se dedican a viajar porque casi les resulta más barato que estar sin hacer nada en España. Con ellos y Maria paso la mayor parte del tiempo. Llegan más amigos a la playa: Alex, de Suecia, está haciendo el curso de instructor de buceo en la isla. Axel, holandés, profesor de surf en Holanda, está de vacaciones. Ambos tienen raices filipinas y se alojan en mi hostal. Otro asiduo es el tio Sebas de Chile, alias Piojo, pero a mi me da apuro llamarle asi. Todos al llegar a la isla decidieron, como Maria y yo, quedarse por más tiempo. Aqui en la playa pasamos la mayor parte de la mañama charlando y tomando algo, quien quiere juega un poco de freesbea, hace snorkel o toma el sol. Después, entre todos, a una hora incierta, decidimos dónde ir a comer.

Arnau. San Cugat del Vallés.

Arnau. San Cugat del Vallés.

Alex

Alex

Axel. Holand

Axel. Holand

Sebas. Chile.

Sebas. Chile.

Barra del isla bonita

Barra del isla bonita

Susi, Ramón, Jordi, Mire, Arnau, Maria y Esteban. En la isla bonita.

Susi, Ramón, Jordi, Mire, Arnau, Gabriel, Maria y Esteban. En la isla bonita.

Más o menos, mis mañana aqui siguen este patrón: Desayuno, sol, arena y mar. Hoy no. Son las nueve de una calurosa mañana y mis amigos y yo hemos quedado para ir a saltar desde un acantilado de doce metros. Unos dicen diez, otros dicen catorce, yo hago la media. Está en el norte de la isla, en la otra punta de donde nos alojamos. Antes de partir, desayunamos en el mercado de la isla. Estamos Hugo, Pilar, Francesca, Jose Luis, Ramón, Esteban, el Arnau, Mire y Susi, Maria y yo. A las diez de la mañana salimos en dirección norte, bajo el sol de la mañana brillando con intensidad y los gallos cantando con bullicio.

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De camino, charlo Francesca (Italia) y Jose Luis (México). Ambos viajan solos. Se conocen desde hace tiempo y han coincidido en Malapascua. Me gusta pasar tiempo con ellos, han estado en muchos países de mi interés y tienen un buen sentido del humor. «¿Vas a saltar?». Me preguntan. «Si salta alguien, sí». La plataforma está en una propiedad privada y hay que pagar veinte pesos (0.4€). Subimos al acantilado. Hace mucho calor, el sol está en su cénit y nuestras sombras se proyectan en las piedras con intensidad. Me asomo. Miro hacia abajo. Empujo, con mi dedo índice, el puente de mis gafas de sol hacia atrás. «Está altísimo. ¿Estamos locos o qué?» A la vista es mucho más alto de lo que imaginaba. ¿Tú, Esteban, vas a saltar? pregunto. «Yo no tengo que demostrarme nada», responde, y se va con Susi y Jose Luis que no aguantan el calor. Maria dice que tampoco, que tiene vértigo, pero que se queda a grabar. Mire es otra que dice que no salta .«Bien. A ver si hay suerte y nadie salta» pienso. Si nadie salta, yo tampoco.

Arnau, Pilar, María y yo en el acantilado. Foto: Mirella García.

Arnau, Pilar, María y yo en el acantilado. Foto: Mirella García.

Hugo se decide. Él, es fuerte. Él, es un líder que marca el camino. Él, es uno de ellos, “los que siempre saltan”. Un lobo de mar. Navega, bucea y surfea. Trabaja en Cadaqués gestionando un club de vela. Ya ha saltado varias veces. Ha venido a Malapascua con su novia Pilar, de Valencia. Se sitúa en el borde del acantilado con paso firme y decidido. En una mano sostiene una GoPro. La enciende. Mira hacia abajo. Mira a la cámara. Hay que reconocer que Hugo tiene mucho estilo. Salta. En el aire, se equilibra con los brazos y antes de entrar en el agua los pega al torso y se endereza. Se sumerge recto como una flecha. Es la picada perfecta. Miro al Arnau. «¿y tú, qué haces, vas a saltar?». «No saltes Arnau, a ver si te vas hacer daño» le dice Mire, su novia. Ni se lo piensa. Se lanza corriendo y sin mirar, como quien salta de un barco en llamas presa del pánico. «Joder, estos del Vallés están pirados». Cuando miro hacia abajo, el Arnau ya nada plácidamente.

Veo a Francesca quitarse la camiseta y ponerse en posición. Que salte ella ya me jode más. Ya no tendría excusa. Yo estoy a su lado, al borde, observándola. Su piel brilla, tersa, como recién creada. Cada centímetro de su cuerpo, desde los lóbulos de sus orejas hasta la punta de los dedos de sus pies, luce un uniforme bronceado. Gustos aparte, podría decirse que es muy bella. Vino hace pocos dias y no se atrevió. Este salto es una cuenta pendiente para ella. Mira a la zona de aterrizaje, se lo piensa un poco pero se lanza. Cae con el cuerpo hacia delante con los brazos cruzados a la altura del pecho. La veo emerger del agua… y suspiro. Porque es ahí. Es justo en ese instante, que me doy cuenta. Cuando veo a Francesca emerger en el agua. Si ella, tan pequeña y delicada lo ha hecho, y desde abajo, saluda y lanza hacia arriba una sonrisa, ya no me queda otra. Por orgullo. «Yo también tengo que saltar».

Francesca. Foto Maria Haro

Francesca. Foto Maria Haro

Tras Francesca, con chanclas, salta Ramón, otro amigo nuestro del grupo, de Barcelona. Lo hace bien y rápido, sin miedo. Ahora es mi turno. Me quito las gafas. Las pliego. Me despojo de la camiseta. Saco mi cámara y el tabaco del bolsillo. Meto todo en la mochila de Maria y la dejo sobre una roca, despacio, tomándome mi tiempo, como si suavemente depositase una frágil obra de arte en el suelo. Me situó en el borde. Me asomo. Noto como si la gravedad se hiciese más intensa, más honda. Siento miedo. Como si una descarga eléctrica hubiese recorrido mi cuerpo, durante unos largos segundos, permanezco inmóvil, petrificado como un mosquito en ambar, mirando la zona de aterrizaje. Coloco los pies juntos en dirección al horizonte, en el mismísimo borde del acantilado. «Espera Juanan, no saltes todavía, que está Ramón recogiendo una de sus chanclas» oigo desde abajo. «¡Por supuesto que puedo esperar. Diez mil años si hiciera falta. Puedo esperar tanto como sea necesario!» Todos se ríen. ¡Ahora!  Miro al horizonte. Voy a saltar, pero me freno en el último momento. Me he acojonado.

Pilar. Al borde.

Pilar. Al borde.

Miro a Pilar, a mi lado, y me sale la risa floja. «Si quieres saltamos juntos» me dice. «No gracias, esto es personal». Intento calmarme. Por más miedo que sienta no voy a conseguir nada. Tengo que saltar. No me queda otra. Solo hay un camino. Y es hacia adelante. Exhalo un suspiro, tan hondo y tan largo que si se hubiera prolongado en linea recta habría llegado hasta la Luna. Miro a Maria, a mi lado, grabándome con su cámara. Miro al vasto mar. Todo en mi ángulo de visión es azul. Miro a abajo, otra vez, desde lo alto, como si fuera un pájaro que planea por el cielo. Llevo ya cinco minutos aquí plantado mirando a un lado y a otro. Pasa un barco lleno de gente que ve la escena. Empiezan a gritar, a jalearme, a dar palmas. Mis amigos se contagian. Todos me alentan, me espolean. Siento sus miradas como taladros en la piel. Me noto como si estuviera desnudo en mitad de una calle transitada. «Tranquilizate y piensa con calma, Juanan, analiza la situación» me digo. «Vas a saltar. Y no va a pasar nada. Nadie a muerto aquí que tú sepas. Has visto como otros saltaban y todos están bien. El lugar cubre. Si pasase algo, ellos te sacarían del agua y tu seguro médico y de repatriación está al dia. Además eres joven. Eres ágil. Y valiente. Muy valiente. «El  más valiente del mundo, el más intrépido. El héroe de tu portal». ¡Vamos, cabra!

Y con un pensamiento repentino…

Esa sensación de no sentir el suelo a tus pies”. 

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Fue más breve que un parpadeo. La mitad de un instante. Una fuerte sacudida golpea todo mi cuerpo de abajo a arriba. Emerjo vivo e ileso. Lo primero que veo es a Hugo con su cámara. Me ha entrado un poco de agua de los oídos pero no es nada grave. Quedo flotando, sobre mi espalda, aliviado, feliz. mientras miro al cielo azul que se extiende tras la plataforma de piedra. Veo saltar a Pilar sin pensárselo. «¡Lo hice, vamos cabra!». Salgo nadando, a braza, repitiéndomelo, con Francesca, hasta la orilla. Está Maria esperando con mis cosas. «¿Saltamos otra vez?» Me pregunta Fran. «¿Tú estás loca?». «Yo voy a repetir» me dice. Pregunto. «¿Maria, has grabado mi salto?» «Si». «¿Y tu, Fran, me has visto saltar con valentía y entrar en el agua como si fuera una flecha, verdad?». «Si». «Entonces no, ya no tengo que saltar». Se rien, me pongo las gafas de sol y me voy a la playa.

Continuará

En el próximo capítulo de verano Azul: “Atardeceres”

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2 comentarios en “23. Verano Azul

  1. Benjamín Arias Barredo

    Un lugar muy hermoso. Parece un paraiso lleno de calma, esperando a los colegas de Juanan, para alimentarse de las buenas vibraciones que trasmite.
    Buena panda formais. Pronto se llenará si seguís enseñando estas envidiables playas y sus entornos.

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  2. Kandy

    Hace tiempo que nunca me paro a pensar los años que ya he vivido, ni más ni menos que 82, siempre he pensado que la edad no es ningún obstáculo para seguir volando por el Universo, pero hoy al leer tu relato he comprendido que tengo cientos de años y que hay cosas que ya no he hecho ni podré hacer, una de ellas es esa “picada” que con miedo o sin él has sido capaz de hacer. Solo te pido una cosa Juanan y es que cuando vuelvas a ese lugar hagas 2 “picadas”, una para demostrarte a ti mismo que el miedo ya lo superaste y otra por esta “abuelita mochilera” que llegó tarde a la estación y el tren ya salió por lo que debe conformarse con tomar solo autobuses
    Sigue disfrutando y exprimiendo la vida gota a gota para más deleite

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