22. Volcanes y mazmorras

Son las dos de la tarde en el aeropuerto de Manila y hace mucho calor. Subo a un taxi. Le doy al conductor el nombre de mi hotel situado en el centro de la ciudad, el más barato que encontré. Está en un edificio muy antiguo. El ascensor traquetea. Los muebles son anticuados, y el papel de las paredes, descolorido. La ducha es un grifo con un cubo grande y un cazo. Todo destila un extraño olor a nostalgia. También hay Wi-Fi y una televisión de tubo. Aquí fluyen, paralelos, el pasado y el presente. Me doy una ducha fría y salgo en chanclas a cenar. Hay un montón de gente caminando por la calle. En el aire flota olor a comida. En las terrazas de los bares los parroquianos beben cerveza mientras charlan animadamente. Ceno por dos euros, de un puesto callejero, en una silla de plástico sobre la acera hasta saciarme. Me tomo un batido de mango por uno. Ya no estoy en Japón, aquí puedo permitirme todo. Puedo ponerme fino-filipino a lo que quiera. Estoy en el mismo continente, pero parece que estoy otro mundo, con otros precios, y distintos olores y colores.

Al día siguiente, en el autobús que me lleva al norte, mirando por la ventana después de salir de la ciudad., da la impresión de que todo el país está cubierto de un lozano y profundo verdor. Palmeras de tronco muy erguido cuyas ramas cuelgan hacia abajo por doquier. Arrozales y suaves colinas verdes hasta donde se pierde la vista. De por medio, pueblos pequeños, humildes, con olor a comida en el aire, con el griterío de los colegios en el recreo, bajo un cielo azul con aves que planean lentamente dejándose llevar por el viento. Todo, hasta las cosas que no tienen forma, como olores, la alegría de los niños, el tiempo, mi ánimo y mis pensamientos, todo, esta bañados por una luz del sol y los colores del verano. Son los de Filipinas, mi quinto país del viaje.

Salgo de mi hotel en dirección a Banaue, al mirar al cielo, veo que aquel prodigioso tiempo soleado que había disfrutado durante dos días, ha llegado a su fin. El cielo está cubierto de una capa de oscuros nubarrones y los rayos del sol, que a duras penas logran atravesarlos y llegar a la tierra, han pedido su tibieza y su brillo. Cojo dos Jeepney hacia las montañas, tardo casi tres horas en llegar a mi destino. Llueve a cántaros. Empapado, mirándole entre gotas de agua que caen desde la capucha de mi chubasquero, le doy un papel con el nombre de mi hostal a un anciano lugareño. Sin mediar palabras, ni él ni yo, me señala despacio, con su largo y arrugado dedo índice, calle abajo. La escena es como el inicio de una película. Ha llegado un forastero a la aldea. Camino sintiéndome observado por miradas curiosas escondidas tras las ventanas y cortinas a un lado y otro de la calle. Encuentro el hotel y veo a María tomándose un té. Me ve. Se levanta. Me quito la capucha empapada, me desprendo de la mochila y nos fundimos en un largo abrazo, bonito y profundo, como dos corrientes marinas que se unen en el fondo del océano. Después de conocernos en la India, de viajar por ella, de haber recorrido juntos Tailandia durante un mes, ahora voy a viajar con María dos meses por Filipinas.

Foto: María Haro

Foto: María Haro

 

Las terrazas de arroz de Benaue y Batad son patrimonio de la humanidad y están consideradas como la octava maravilla del mundo. Tras instalarme en la habitación de María, paseamos por una carretera con miradores a los arrozales. En muchos de estos puntos, hay ancianos vestidos de indígenas y tiendas de artesanías. El lugar es muy tranquilo con aire fresco de las montañas. Un buen sitio para pasear y charlar de los caminos y pueblos por donde habíamos pasado, de la gente que habíamos conocido. En Benaue, planeamos la ruta a seguir. Primero iríamos Sagada y luego a ver uno de los dos mayores volcanes de Filipinas, el Pinatubo. Después a Malapascua, a visitar a unos amigos y estar en la playa. Todo pinta bien.

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Arrozales de Banaue. Foto:María Haro

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Subida a los miradores. Foto: María Haro

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Terrazas de Banaue. Foto: María Haro

FB_IMG_1462878898572La carretera que va de Benaue a Sagada es una absoluta maravilla. Desde Nepal, no había visto un sistema montañoso tan prodigioso. Echamos de menos no llevar nuestro propio coche o moto para poder pararnos en cada curva a echar fotos. Atravesamos ríos y pequeños pueblos. En uno tenemos que hacer transbordo. Un hombre con una pick up nos dice que el último Jeep del día ya ha salido para Sagada, pero que él se dirige hacia allí, y que si queremos, podría llevarnos en la parte trasera. Aceptamos, por supuesto. He soñado con esa imagen toda mi vida. Viajar como los mochilero de los anuncios y las películas ¡Viajando en la parte trasera de una pick up! Vamos cabra. Echamos nuestras mochilas y nos montamos de un salto. El cielo es de un penetrante azul. El aire fresco me envuelve y el pelo moreno, largo y liso de María, se sacude sobre su rostro como si fuese un látigo. La panorámica que da viajar de este modo, con este buen tiempo, es maravillosa. Ya en Sagada, nos alojamos en una habitación con una litera y nos registramos en la oficina de turismo. Pagamos las tasas que los turistas tenemos pagar y reservamos una excursión para visitar una cueva al día siguiente.

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Amanece temprano. Vamos a la Sagada Cave Conection. Nos reunimos en la oficina de turismo, después de desayunar, con nuestros guías. Nos acompañarán también un estadounidense, un ruso y una pareja, también rusa. Montamos en un monovolumen que, tras medía hora de camino, nos deja al inicio de un sendero. En el lugar hay un puesto ambulante que vende cosas básicas. María y yo compramos agua y chocomuchos, la chocolatina más famosa de Filipinas, las hay en todo los lados. Llegamos a la entrada de la cueva por un sendero que discurre por un frondoso bosque. En la boca de la cueva hay tumbas y unas estanterías donde se alinean cráneos y restos humanos. Después de darnos una explicación en inglés, que no entendí, de por que aquello estaba ahí, nuestros guías encienden sus lámparas de gas. Nos advierten que a veces tendremos que descalzarnos las zapatillas porque hay tramos donde el agua llega hasta las rodillas. La cueva conlleva cierto riesgo, una torcedura por sus resbaladizas piedras y estás jodido, hay que andarse con cuidado. Como yo llevo frontal, me piden que sea el último de la fila. Iremos: delante un guía con una lámpara, nuestros compañeros, otro guía con la otra lámpara, María y yo, el último, formados en una fila india.

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Nuestros guías

Nos adentramos en el interior de la tierra. Jamás he hecho espeleología y estoy impaciente. Nos metemos por un agujero y caminamos encorvados por un estrecho túnel natural. Miro hacia atrás. Ya no se ve la luz del sol. Continuamos descendiendo. Todo está oscuro, como si alguien hubiera cocido en una olla todas las negruras de la tierra y las hubiese vaciado en el interior de esta cueva. Huele a tierra y con el paso del tiempo mis ojos van poco a poco acostumbrándose a la oscuridad. La gruta se estrecha y a cada poco, tenemos que resbalar por agujeros cada vez más pequeños. En algunos tenemos que hacerlo a ciegas entre enormes piedras que te rozan el pecho. Es una sensación muy claustrofóbica.

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Tras media hora bastante dura, la cueva se abre. Entramos en una sala enorme, del tamaño de un pabellón de deportes y el suelo lleno de guano, el excremento de los murciélagos. Las lámparas de gas de los guías, oscilan de forma irregular y los haces de luz dibujan figuras fantasmagórica en las paredes, en las tinieblas. De aquí, tenemos que salir por un pequeño agujero. Yo soy el último de la fila, detrás de María. Cuando ella traspasa el agujero, yo me quedo solo. Miro hacia el techo pero la luz no llega. Apago mi frontal. La oscuridad se vuelve perfecta. Ya no hay luz en ninguna parte. Es, literalmente, una oscuridad absoluta en la que tan siquiera brilla una luz diminuta. No distingo diferencia si tengo los ojos cerrados o abiertos. Los cierro, los abro, se mezclan ambas oscuridades. Es una negrura monocroma. Vuelvo a encender el frontal. El rayo de luz, recto y estrecho, recorre la oscuridad iluminando las paredes sobre mi cabeza, hasta donde alcanza. Me siento como si estuviera en una cripta después de que unos ladrones se hubiesen llevado las reliquias.

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Paso por el agujero. Es otra sala. El aire, hinchado de agua, es frío. Hemos llegamos a una zona con un río subterráneo. Hay que descalzarse y remangarse los pantalones hasta arriba. Sumergidos en la oscuridad, caminamos unos veinte metros por un agua tan fría como recién extraída de un glaciar. Las rocas son resbaladizas como la superficie de un espejo y a través de las grietas de las paredes, el agua rezuma formando pequeñas corrientes que desembocan en el río. Caminamos mientras tanteamos la superficie de las rocas en busca de puntos de apoyo para mis pies hasta llegar a una piscina natural. Los guías nos dan un descanso para bañarnos. Yo paso, no he traído bañador. María tampoco, pero no le importa. Se baña en tanga y sujetador con uno de los chicos rusos mientras yo me quedo fuera haciéndoles fotos y observando la belleza del lugar.

Galería con agua.  Vista atrás.

Galería con agua. Vista atrás.

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“Jamás habría podido imaginar que el interior de la tierra rebosara de tanta frescura y belleza. He vivido toda mi vida sin verlo. Es la primera vez que presencio algo semejante. Y ahora, como queriendo suplir esa pérdida, como quien por primera vez ve el mar y contempla, como alejado, las olas romper en la orilla, dirijo mi luz, a lamer las piedras de la cueva como si fuera una lengua.”

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Tras baño-descanso-piti caminamos hasta una zona en la que tenemos que escalar con cuerda. Todos van subiendo, uno a uno. La escalada en sí no presenta grandes dificultades. La superficie es segura y hay huecos del tamaño de un puño donde apoyar los pies. Es apta para principiantes. Desde abajo, me quedo observando como suben aquellas luces oscilando sin ton ni son. La escena me hace pensar en almas ebrias que ascienden tambaleantes al cielo. Es mi turno. Agarro la cuerda con ambas manos y voy ascendiendo, oscilando un poco, de delante hacia atrás, al tomar impulso. Como yo era el último de la fila, el americano dirige el chorro de luz de su frontal hacia a mi. El resplandor me ciega y me impide calcular la distancia. Preocupado, él observa atentamente mi ascenso, pero su amabilidad es completamente innecesaria. Tras una subida de cinco metros alcanzo lo que parece ser la cima. Apoyo las manos en el borde de la roca y me aúpo, hacia arriba, como hacen los nadadores en la piscina.

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A las dos horas y media, la cueva se conecta con el circuito corto. Aquí es donde empezamos a ver a los turistas que sólo se han atrevido a hacer la ruta fácil. Ya no hay oscuridad. Hay filas de turistas esperando para hacerse fotos junto a unas rocas que parecen esculturas bellamente cinceladas. Tienes que acercarte un poco para ver que, realmente, no son más que piedras erosionadas por el tiempo. Nos hacemos una foto y ponernos rumbo a la superficie de la tierra. Ascendemos durante media hora por unas escaleras apañadas con ruedas y cuerdas fijas. Y ya ahí, en lo alto, lejos, brillante, la luz del sol. Hemos atravesado una montaña por debajo, en la oscuridad, cruzando un río subterráneo, durante tres horas. No ha estado nada mal.

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Tardamos casi un día en llegar a Santa Juliana, el pueblo base para empezar el trekking al Monte Pinatubo. La excursión dura un día y el precio varia en función de la cantidad de personas que vayan en el jeep. Cogimos una habitación con dos camas. Allí pasamos el día charlando un poco de todo y practicando con un instrumento metálico de percusión que María se ha comprado en Indonesia. Para comer, el pueblo es muy pequeño y no hay mucho donde elegir. Tampoco las cartas tienen variedad. Eso si, en todos tienes un cuaderno con las miles y miles de canciones que puedes cantar en sus karaokes, todos con potentes altavoces. Comimos arroz y cantamos el “hello hello” de los Beatles.  Y a la cama, que hay que descansar, que mañana tenemos que madrugar.

Calle de Santa Juliana. Desde casa de Albin

Calle de Santa Juliana. Desde casa de Albin

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Restaurante con karaoke

A las cinco de la mañana, ya estamos montando en el Jeep. Alrededor nuestra, hay niños que intentan vendernos bastones para el trekking pero yo no los necesito porque llevo los que compré en Nepal. Lo he llevado colgando de la mochila durante cuatro meses sin dales uso. Y lo estoy deseando. Uno de nuestros compañeros de aventuras es Marcel, de Holanda. Trabaja en una fábrica de Snicker donde produce más de cuatro millones de chocolatinas al día. Está de vacaciones por un mes y viaja solo. Una chica francesa que no habla inglés también nos acompaña. El paisaje es impresionante. Vamos por un gran cañón gris y está amaneciendo. Todo es un páramo rocoso. El camino es una vereda que han formado las rodadas de los vehículos. Mejor ve la fotos.

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Yo. Foto:Maria Haro

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Foto: María Haro

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Comienza el trekkings. Nosotros lo hicimos en una hora y media más un descanso de veinte minutos. Es fácil, podría hacerse sin guía. El camino serpentea primero por una zona bastante árida y gris, después entre una vegetación exuberante. Más fotos.

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Ascenso Foto María Haro

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El Pinatubo es un volcán activo. La erupción más reciente ocurrió en 1991 tras 500 años de inactividad y produciendo una de las más grandes y más violentas erupciones del SigloXX. Envío a la estratosfera más cantidad de gases que cualquier otra erupción en ese periodo. Produjo una capa de ácido sulfúrico que envolvió la tierra durante meses. Las temperaturas globales bajaron y aumentó la destrucción de la capa de ozono. La región local la arrasó, durante la erupción y las posteriores lluvias que provocaron deslizamientos de tierra y cenizas que arrasaron miles de casas. La lió parda. Y yo aquí. Solo, con María. Mirando al cielo e imaginando lo que un día tuvo que ser este lugar. Los alrededores ahora desbordan calma y paz. Los árboles colorean las montañas que rodeaban el volcán de verde, y ahí, en el centro, está el lago, plano como un espejo, sin una sola onda que turbe su superficie.

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Erupcion Pinatubo en 1991.  Wikipedia

Pinatubo en 1991

Pinatubo en 1991   Wikipedia

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“Una semana atrás, me paseaba sin rumbo, solo, por las calles de Tokyo. Ahora, miro un volcán. Es lo que se llama el devenir del viaje. Trazar una linea siguiendo puntos, moviéndome, sin parar de marcar los pasos, me ha traído hasta aquí. Paseado por aquellos arrozales verdes bajo la lluvia, atravesando montañas por frías mazmorras oscuras, y ahora, miro un volcán. En una semana, cuatro lugares, con sus propios olores y colores. Y mañana, a respirar el fresco aroma de las playas azul turquesa de Malapascua. Fino-filipino”.

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Un comentario en “22. Volcanes y mazmorras

  1. JMG Likos

    Maravillosas fotos y paisajes espectaculares.
    ¿Es que nadie pone cosas aquí, o es que no tenemos acceso a ver las opiniones de los demás?
    Espero que te encuentres bien y vayas capeando los toros según te van saliendo por la puerta de toriles, aunque no hace falta que los recibas a “porta gayola”.
    Cuídate mucho.
    Un abrazo
    JM

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