22. Volcanes y mazmorras

Manila. Filipinas.

Son las dos de la tarde en el aeropuerto y hace mucho calor. Ya no hace frío. En taxi llego a mi hotel situado en el centro de la ciudad, en un edificio muy antiguo, con un ascensor que traquetea, muebles son anticuados, el papel de las paredes descoloridos y la ducha del baño es un grifo con un cubo grande y un cazo. Todo es muy diferente a Japón, con las calles llenas terrazas de bares con parroquianos bebiendo cerveza mientras charlan animadamente y donde puedo cenar  hasta saciarme. Me tomo un batido de mango. Y luego otro. Ya no estoy en Japón, aquí puedo permitirme todo, ponerme fino-filipino. Mismo continente con otros precios, y distintos olores y colores.

El autobús que me lleva al norte.

“Todo está cubierto de un lozano y profundo verdor, con palmeras, arrozales y suaves colinas verdes hasta donde se pierde la vista. Entramos en un pueblo pequeño, con olor a comida en el aire y el griterío de los colegios en el recreo. Todo, brilla resplandeciente; el paisaje bajo el cielo azul con aves, la alegría de los niños, mi ánimo y mis pensamientos, todo está bañados por la luz del sol y los colores del verano. Son los de Filipinas, mi quinto país del viaje”.

Banaue, Luzón.

“Empapado, mirándole entre gotas de agua que caen desde la capucha de mi chubasquero, doy un papel con el nombre de mi hostal a un anciano lugareño. Sin mediar palabras, despacio, me señala con su largo y arrugado dedo índice calle abajo. La escena es como el inicio de una película: “Ha llegado un forastero a la aldea”. Camino sintiéndome observado por miradas curiosas escondidas tras las ventanas y cortinas a un lado y otro de la calle. Hasta que encuentro el hotel y a traves del cristal de la puerta veo a María tomándose un té que humea. Abro. Me ve. Me quito la capucha empapada, Se levanta. Me desprendo de la mochila y nos fundimos en un largo abrazo, bonito y profundo, como dos corrientes marinas que se unen en el fondo del océano”.

Después de conocernos en la India, de viajar por ella, de haber recorrido juntos Tailandia durante un mes, ahora voy a viajar con María dos meses por Filipinas.

Foto: María Haro

Foto: María Haro

Las terrazas de arroz de Benaue y Batad son patrimonio de la humanidad y están consideradas como la octava maravilla del mundo. Tras instalarme en la habitación de María, paseamos por una carretera con miradores a los arrozales. En algunos de ellos hay ancianos vestidos de indígenas y tiendas de artesanías para los turistas. El lugar es muy tranquilo, bonito y con aire fresco de las montañas.

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Arrozales de Banaue. Foto:María Haro

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Subida a los miradores. Foto: María Haro

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Terrazas de Banaue. Foto: María Haro

FB_IMG_1462878898572La carretera que va de Benaue a Sagada es una absoluta maravilla. Desde Nepal, no había visto un sistema montañoso tan prodigioso. Echamos de menos no llevar nuestro propio coche o moto para poder pararnos en cada curva, río o poblado a echar fotos. En uno de ellos, en la parada de los jeepneys, un hombre con una pick up nos dice que el último Jeep del día ya ha salido para Sagada, pero que él se dirige hacia allí y que si queremos puede llevarnos en la parte trasera. Aceptamos sin dudarlo; he soñado con esa imagen toda mi vida: Viajar como los mochilero de los anuncios y las películas. ¡Viajando en la parte trasera de una pick up!.

“Lanzamos nuestras mochilas en la parte trasera  y nos montamos de un salto de ellas. Mientras el vehículo avanza puedo ver el penetrante azul del cielo  y sentir el aire fresco, mientras veo Maria enfrente con su pelo largo y liso sacudiéndole como látigo la frente.. La panorámica que da viajar de este modo, con este buen día,, es una absoluta maravilla”.

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Sagada, Luzón.

Tras encontrar habitación fuimos a registramos en la oficina de turismo. Tras pagar las correspondientes tasas que los turistas tenemos pagar, reservamos una excursión para visitar una cueva al día siguiente: Sagada Cave Conection.

Nos reunimos en la oficina de turismo, después de desayunar, con nuestros guías. Nos acompañarán también un estadounidense, un ruso y una pareja, también rusa. En un monovolumen, tras medía hora, llegamos al inicio de un sendero que discurre por un frondoso bosque hasta la boca de la cueva, con tumbas y unas estanterías donde se alinean cráneos y restos humanos. Después de darnos una explicación en inglés, que no entendí, de por qué aquello estaba ahí, nuestros guías encienden sus lámparas de gas. Nos advierten que a veces tendremos que descalzarnos las zapatillas porque hay tramos donde el agua llega hasta las rodillas. La cueva conlleva cierto riesgo, una torcedura por sus resbaladizas piedras y estás jodido, hay que andarse con cuidado. Como yo llevo frontal, me piden que sea el último de la fila. Iremos: delante un guía con una lámpara, nuestros compañeros, otro guía con la otra lámpara, María y yo, el último, formados en una fila india. Jamás he hecho espeleología y estoy impaciente.

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Nuestros guías

“Nos adentramos en el interior de la tierra por un agujero entre las rocas y caminamos encorvados por un estrecho túnel natural. Miro hacia atrás; ya no se ve la luz del sol. Todo está oscuro, como si alguien hubiera cocido en una olla todas las negruras de la tierra y las hubiese vaciado en el interior de esta cueva. La gruta se estrecha y a veces tenemos que resbalar por agujeros, cada vez más pequeños. En algunos tenemos que hacerlo a ciegas entre enormes piedras que te rozan el pecho. Es una sensación un poco agobiante”.

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Tras media hora bastante dura, la cueva se abre y entramos en una sala enorme, del tamaño de un pabellón de deportes con suelo lleno de guano, el excremento de los murciélagos. Las lámparas de gas de los guías, oscilan de forma irregular y los haces de luz dibujan figuras fantasmagórica en las paredes, en las tinieblas. De aquí, tenemos que salir por un pequeño agujero. Yo soy el último de la fila, detrás de María. Cuando ella traspasa el agujero, yo me quedo solo. Miro hacia el techo pero la luz no llega de lo alto que es.

“Apago mi frontal. La oscuridad se vuelve perfecta, no hay luz en ninguna parte. Es, literalmente, una oscuridad absoluta en la que tan siquiera brilla una luz diminuta. No distingo diferencia si tengo los ojos cerrados o abiertos. Los cierro, los abro, se mezclan ambas oscuridades. Es una negrura monocroma. Vuelvo a encender el frontal. El rayo de luz, recto y estrecho, recorre la oscuridad iluminando las paredes sobre mi cabeza. Me siento como si estuviera en una cripta oscura, después de que unos ladrones se hubiesen llevado las reliquias de una tumba”.

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Despues a una tramo con un río subterráneo y hay que descalzarse y remangarse los pantalones hasta arriba. Sumergidos en el agua y en la oscuridad, hay que caminar unos veinte metros por un agua tan fría como recién salida de un glaciar, tanteando la superficie de las rocas en busca de puntos de apoyo para los pies sobre rocas muy resbaladizas. Es un lugar muy bonito,  a través de las grietas de las paredes,  el agua rezuma formando pequeñas corrientes que desembocan en el río que fluye hasta una piscina natural donde los guías dan un descanso para bañarse.

Galería con agua. Vista atrás.

Galería con agua. Vista atrás.

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Yo no he traído bañador y el agua esta helada. María tampoco, pero no le importa. Se baña en tanga y sujetador con uno de los chicos rusos mientras yo me quedo fuera haciéndoles fotos y observando la belleza del lugar.

“Jamás habría podido imaginar que el interior de la tierra rebosara de tanta frescura y belleza. He vivido toda mi vida sin verlo. Es la primera vez que presencio algo semejante. Y ahora, como queriendo suplir esa pérdida, como quien por primera vez ve el mar y contempla, como alejado, las olas romper en la orilla, dirijo mi luz, a lamer las piedras de la cueva como si fuera una lengua.”

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Tras el baño-descanso-piti llegamos a una zona en la que tenemos que escalar con cuerda. No presenta grandes dificultades; la superficie es segura y hay huecos del tamaño de un puño donde apoyar los pies. Es apta para principiantes.

Desde abajo, observo como suben las luces oscilando. La escena me hace pensar en almas ebrias que suben tambaleantes al cielo. Agarro la cuerda con ambas manos y voy ascendiendo, oscilando un poco, de delante hacia atrás, al tomar impulso. El americano ha llegado arriba y dirige el chorro de luz de su frontal hacia a mi. Preocupado, él observa atentamente mi ascenso, pero su amabilidad es completamente innecesaria. El resplandor me ciega y me impide calcular bien la distancia. Hasta que subo los cinco metros y alcanzo la cima, apoyo las manos en el borde de la roca y me aúpo hacia arriba, como hacen los nadadores en la piscina”.

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A las dos horas y media, la cueva se conecta con el circuito corto. Aquí es donde empezamos a ver a los turistas que sólo se han atrevido a hacer la ruta fácil. Ya no hay oscuridad. Hay filas de turistas esperando para hacerse fotos junto a unas rocas que parecen esculturas bellamente cinceladas. Tras una foto ponernos rumbo a la superficie de la tierra y ascendemos durante media hora por unas escaleras apañadas con ruedas y cuerdas fijas.

“Y ya ahí, en lo alto, lejos, brillante, la luz del sol”.

Hemos atravesado una montaña por debajo, en la oscuridad, cruzando un río subterráneo, durante tres horas. No ha estado nada mal.

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Santa Juliana

Tardamos casi un día en llegar desde Sagada, el pueblo base para empezar el trekking al Monte Pinatubo. La excursión dura un día y el precio varia en función de la cantidad de personas que vayan en el jeep. Es una aldea muy pequeñita y para comer no hay mucho donde elegir y las tampoco las cartas tienen variedad. Eso si, en todos hay un cuaderno con las miles y miles de canciones que puedes cantar en sus karaoke con potentes altavoces. Comimos arroz y cantamos el “hello hello” de los Beatles.  Y a la cama, que hay que descansar, que mañana tenemos que madrugar.

Calle de Santa Juliana. Desde casa de Albin

Calle de Santa Juliana. Desde casa de Albin

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Restaurante con karaoke

A las cinco de la mañana, ya estamos montando en el Jeep con un montos de niños alrededor nuestra que intentan vendernos bastones para el trekking, pero yo no los necesito, porque llevo los que compré en Nepal y que he llevado colgando de la mochila durante cuatro meses sin dales uso. Y lo estoy deseando.

El paisaje es impresionante, el camino que lleva al volcán es una vereda que han formado las rodadas de los vehículos y discurre por un gran cañón gris en mitad de un páramo rocoso. Nuestros compañeros de aventuras son Marcel, de Holanda que trabaja en una fábrica de Snickers que produce más de cuatro millones de chocolatinas al día. Está de vacaciones por un mes y viaja solo. Una chica francesa que no habla inglés también nos acompaña.

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Yo. Foto:Maria Haro

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Foto: María Haro

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El trekking de ida lo hicimos en una hora y media más un descanso de veinte minutos. Es fácil y podría hacerse sin guía. Primero serpentea por una zona bastante árida y gris, después entre una vegetación exuberante. Más fotos.

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Ascenso Foto María Haro

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El Pinatubo es un volcán activo. La erupción más reciente ocurrió en 1991 tras 500 años de inactividad y fue una de las más grandes y más violentas erupciones del SigloXX. Produjo una capa de ácido sulfúrico que envolvió la tierra durante meses.  La región local la arrasó, durante la erupción y las posteriores lluvias que provocaron deslizamientos de tierra y cenizas que destruyeron miles de casas. La lió muy parda. Ahora los alrededores ahora desbordan calma y paz, los árboles colorean las montañas que rodeaban el volcán de verde, y en el centro, está el lago, plano como un espejo, sin una sola onda que turbe su superficie.

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Erupcion Pinatubo en 1991.  Wikipedia

Pinatubo en 1991

Pinatubo en 1991   Wikipedia

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“Una semana atrás, me paseaba sin rumbo, solo, por las calles de Tokyo; Ahora, miro un volcán. Desde entonces, he visto y olido arrozales verdes bajo la lluvia, el interior de una montaña por frías mazmorras oscuras; Ahora, miro un volcán. En una semana, cuatro lugares, con sus particulares olores y colores. Y mañana, a respirar el fresco aroma de las playas azul turquesa de Malapascua. Fino-filipino”.

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Un comentario en “22. Volcanes y mazmorras

  1. JMG Likos

    Maravillosas fotos y paisajes espectaculares.

    Espero que te encuentres bien y vayas capeando los toros según te van saliendo por la puerta de toriles, aunque no hace falta que los recibas a “porta gayola”.
    Cuídate mucho.
    Un abrazo
    JM

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