21. Ciudad Robot

“El camino que he recorrido en los últimos cinco meses, comparado con Tokyo, ha sido como trazar una linea de un punto a otro con un lápiz y una regla. Aquí me lío, como un explorador por el desierto que ha perdido su brújula y su mapa. Vagar por Tokyo es vagar por un laberinto de luces y hormigón, por el pasado y el futuro. No entiendes nada. Te abruma. Te pierde. Pero lo mejor de todo, es que tú no tienes la menor intención de encontrar una salida.”
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Son las siete de la mañana. Estoy en un hostel del barrio de Ikebuko. Llegué ayer en un autobús nocturno, comí y me eché la siesta. He despertado ahora. Me doy una ducha. Me abrigo. Dejo la llave en recepción para no perderla y desayuno un café y el bollo de mejor relación cantidad/precio que encuentro en las estanterías de un 7-Eleven. Es la opción más barata (1€). Además tienen wifi y agua potable de buen sabor en los servicios. Lleno mi botella. Salgo del local. Se ven, pequeñas, unas nubes blancas en el cielo. Hoy he decidido caminar hasta donde pueda porque no quiero coger el metro, es caro, y en él, el aire está viciado. Tardo media hora en llegar a mi primer destino: el barrio de Shinsuku, el centro financiero más importante de la ciudad. En él, camino en dirección al edificio Metropolitano del Gobierno observando los espectaculares rascacielos de la zona, tan altos que, si te quedas mirándolos fijamente, duele la vista.

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Edificio Metropolitano del Gobierno

Edificio Metropolitano del Gobierno

La planta baja del edificio Metropolitano del Gobierno alberga una oficina de turismo donde te facilitan toda la información, mapas y guías que necesites para ver la ciudad. Es un buen punto de inicio. Hay dos miradores. Subo a la planta número 45 de la torre sur. Es gratis y no hay cola. La vista aérea que otorga el mirador es impresionante, llega hasta el mar. Hay voluntarios que en inglés y con gran amabilidad te van explicando todo lo que desde allí puedes ver y datos sobre el edificio. Tiene 243 metros de altura, su diseño es del arquitecto Kenzo y su apariencia recrea una catedral gótica. Através de las ventanas de cristal admiro el paisaje de Tokyo y tomo dimensión del tamaño y extensión de mi nuevo desafío. Es una ciudad gigantesca.

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Bajo. Camino dirección Sur. Paso por la puerta del hotel donde se rodó la película “Lost in Traslation”. Doy un paseo de una hora por el parque Yoyogi. Anexo a él, hay un pabellón de deportes donde se celebrarán varias disciplinas de los juegos olímpicos que la ciudad albergará en el año 2020. Salgo de allí y entro a comer en un Burger King porque mi cuerpo demanda periódicamente comida basura, además hay Wi-Fi. Miro en Internet hacia donde puedo dirigirme. Decido ir andando a Takeshita Street, en el barrio de Shibuya. Es un acierto; Bulliciosa, con mucho color, angosta, llena de pequeñas tiendas de todo tipo y muchos adolescentes. Hay puestos de crepes y de algodón de azúcar. En uno de ellos me pido, por curiosidad, un helado de té verde que resulta delicioso. Me cruzo con grupos de chicos que van vestidos a conjunto. Un chaval con el pelo teñido de rubio y forma de antorcha que semeja al de un superguerrero de Bola de dragón. Otro, vestido con ropa estilo punk-metal, se prueba, frente al espejo de una tienda, unas gafas de sol haciendo un gesto a lo Tony Manero ante la atenta mirada de su novia. Personajes difíciles de catalogar van, vienen, y hacen sus compras. Es un buen sitio para ver el estilo de ropa que los jóvenes japoneses utilizan. Un paseo curioso y divertido. FB_IMG_1461955886328FB_IMG_1461955990402

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Salgo por el otro lado de la calle. Camino dirección Norte, hacia mi hostel. Paso al lado de edificio Docomo Yoyogi (240m). Es parecido al Empire State de Nueva York y su reloj marca las cinco de la tarde. Llevo nueve horas vagando por Tokyo. Estoy agotado. Saco mi móvil para orientarme. No enciende porque no tiene batería. No tengo mapa. No tengo apuntada ni la dirección ni el nombre de mi hostel y la llave se la dejé en recepción. Solo me acuerdo del nombre del barrio y que junto a él, haciendo esquina, hay un 7-eleven. No hay problema, tengo tiempo, todo el del mundo  Sigo avanzando una hora hacia el norte. Me detengo. Dirijo una mirada circular a mi alrededor, pero no hallo ni una sola pista que arroje luz sobre hacia dónde debo ir. He perdido el sentido de la orientación. No puedo saber si realmente voy a alguna parte. Camino por la ciudad como quien anda por un campo vastísimo, sin señales ni estrellas que me guíen. Me he quedado plantado en una encrucijada, sin saber que hacer, sin saber que dirección tomar. Pregunto el camino a unas personas, pero las explicaciones que me dan en inglès son demasiado rápidas, demasiado complicadas, llenas de nombres propios que jamás había oído. Soy incapaz de retener tanta información en mi cabeza. Sólo logro captar alguna palabra, aquí y allá, de modo fragmentario. Dudo si sigo hacia adelante o vuelvo por donde he venido. Me siento confuso, como si hubiese sido barrido por una ola gigante. Una hora después, cansado de andar y pensar, me siento en unas escaleras. Diferentes héroes y mujeres me sonríen en las fotos de los escaparates. Una indescriptible sensación de desamparo recorre mi cuerpo, como a oleadas, al estar aquí, sentado, solo, en un sitio desconocido entre gente desconocida, mirando como la luz tenue de la tarde va perdiendo su fulgor.

«Envidio a las personas que viven en el mundo normal. Entrar en mi casa y prepararme una buena cena. Llamar a un amigo y ver un partido o cualquier cosa de la tele. Y sumirme después en un sueño profundo, con un edredón, sintiendo a mi perro en los pies. Lo pienso. Lo deseo. Extraño mi zona de confort. Pero estoy lo mas lejos que he estado nunca de mi casa.»

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Borro de mi cabeza esos pensamientos que no llevan a ningún lado y sigo caminando, subo a un puente y busco, desde la altura, como un marinero encima de un mástil, sitios que me resulten familiares, apoyado en la barandilla. A mi derecha, las luces de Ikebuko, a la izquierda, las de Shinsuku. Los faros de los coches y los neones de colores forman vias de luz que discurren por las calles. Un zumbido sordo, mezcla de varios sonidos, flota como una nube. “He llegado a Blade Runner”, pienso. La escena es espectacular y sobrecogedora. Plantado como un pasmarote, miro abstraido, como ido, la escena durante un buen rato. (Cuando viajas solo por largo tiempo te quedas mirando escenas y cosas fijamente. A veces también hablas contigo mismo.)

Decido moverme. Es mejor que no hacer nada. Me dejo llevar por las ideas que me vienen a la cabeza. Entro en un restaurante a comer Sushi. Lleno mi estomago de pescado crudo y arroz. Cuando estoy de bajón, como. Sube el ánimo y se piensa mejor. Funciona. Enciendo mi cámara. Busco las primeras fotos que hice por la mañana saliendo del hotel. Creo que lo tengo. Me tomo un chupito de sake, por deferencia, cortesía de la casa. Deposito el vaso con un golpe fuerte y seco sobre la barra. Y salgo del local con determinación. Busco la primera foto del día. Se la muestro a un par de personas. La primera pasa de mi. Y la segunda. La tercera también. Un joven me ve y me ofrece su ayuda, gracias a la cual, logro encontrar el primer edificio que fotografié esta mañana. He pasado esta mañana por aquí, pero todo es distinto iluminado por las luces artificiales de la noche. Después de cuarenta minutos dando vueltas por la zona, vislumbro, por fin, el 7Eleven, donde desayuné hace diecinueve horas ya. «Vamos Cabra», digo en voz alta. Doy una palmada.

Me despierto a las doce. Tengo que abandonar el hostel. Lleno mi mochila de cualquier manera, me la cargo a la espalda. Hago el check out. Desayuno, en el mismo 7Eleven, lo mismo del día anterior. Mi único plan hoy es ir a casa de Jacky, una chica japonesa que va a alojarme durante cuatro días. Camino hasta la estación de Shinsuku. Es la más concurrida de todo Japón. Según el libro Guinnes de los récords, es el centro de transporte más activo del mundo. Cuenta con 36 andenes, incluye una galería subterránea y dispone de más de 200 salidas. De locos. Más de cuatro millones de personas utilizan esta estación en un día laborable, casi como toda la población de Madrid. Es una ciudad subterránea. Me adentro en ella entre la gente que se apelotona en la entrada. Por la estación circulan muchos tipos de trenes y yo no tengo ni la menor idea de que diantres de tren tengo que coger. Es hora punta. Una multitud de gente va y viene y yo, con la mochila, no puedo apenas andar. Como si estuviera a merced de una furiosa y caprichosa racha de viento. La corriente humana que se desplaza para hacer transbordos se enmaraña, aquí y allá, dando origen a peligrosos remolinos. Si alguien te pisa y pierdes una zapatilla, te será imposible recuperarla. Tu zapatilla desaparecerá tragada por las impetuosa arenas movedizas de la hora punta. Todos los usuarios se dirigen presurosos a sus destinos mientras yo, perdido, doy vueltas por la estación. A veces tengo la sensación de que ya he visto los pasillos y señales que veo ante mi. «¿Dónde estoy?» No sólo lo pienso, sino que me formulo la pregunta en voz alta. Una señora me oye. «¿Puedo ayudarte?» Me dice lo que tengo que hacer. Compro mi ticket. Paso por los tornos. Encuentro mi anden. El expreso arriba reduciendo la velocidad. Las puertas de los vagones vomitan personas anónimas. Tragan personas anónimas. Entre ellas yo. Agarrado con una mano a una correa del vagón y con la otra a mi mochila, mezclado entre personas que van a trabajar, voy lo más apretado que he viajado en mi vida. No siento el contacto de mis suelas con el suelo, como si levitara. Pienso que podría plegar mis rodillas y permanecer de pié en el mismo sitio. Cada estación tengo que sujetar mi mochila, con fuerza, tirando de bíceps. Con otro brazo, me sujeto a la correa del vagón para no ser arrastrado por una corriente humana como quien se agarra a una farola ante la acometida de un vendaval. A medida que nos alejamos del centro, el vagón se va vaciando, al tiempo, que mejora mi respiración. Salgo del tren, de la estación. Me reencuentro con la tierra, con el aire fresco, con el cielo. Ahora sólo tengo que encontrar la casa de Jacky. No es fácil porque en Japón, a excepción de grande avenidas y autopistas, las calles no tienen nombre. Simplemente son espacios vacíos que hay entre las manzanas. Cada dirección consta de tres números: el primero indica el distrito, el segundo la manzana, y el tercero el edificio o casa dentro de la manzana. Yo de eso me entero ahora después de casi hora y media para encontrar la casa. Me recibe Jacky. Vive en un chalet enorme. Tiene alojados a no sé cuántos viajeros. Cada rato aparece alguien nuevo por el salón. Parece un hostel. Me invitan a cenar y charlamos hasta las dos la mañana.

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Andén de Shinsuku

Casa de Jacky

Casa de Jacky

Salgo temprano de casa de Jacky después de un día y medio de descanso viendo películas y de dormir como un bendito. La debilidad del sol, el color del cielo, la temportura, los árboles sin hojas, todo señala que estoy en invierno. Voy a explorar tres barrios.

Empiezo por Roppongi. Salgo de la estación y me dirijo a la Torre de Tokyo. La encuentro fácil porque mide 333 metros. Es roja y blanca, de estructura parecida a la de la torre eifel. A su alrededor ondean, lacias, bandera de Japón. Paso al pie de la torre, hago fotos, y llego a un bonito templo sintoista situado en un parque con un pequeño riachuelo artificial. Es un remanso de paz en la ciudad.

Sigo caminando dirección hacia el mar. Llego al puente Rainbow que lleva hasta Odaiba, una isla artificial de la bahía de Tokyo. Desde abajo es imponente. Sus vigas son inmensas, como edificios. Pensaba cruzarlo a pie pero es demasiado grande. No me queda otra que pagar para atravesarlo. Monto en un tren elevado, desde el cuál, en lo alto, contemplo una panoramica maravillosa de Tokyo. Ya en mi destino, tras un paseo de media hora, me doy cuenta: Es un distrito de compras y entretenimiento. No hay nada de interés cultural en este barrio. Entro en un centro comercial. Subo por las escaleras mecánicas mientras pienso que debería estar subiendo volcanes o una empinada playa dirección a un chiringuito con un océano a mi espalda. Me siento como si estuviera viajando en el lugar equivocado. Como cuando compras o comes algo que no deberías. Doy una vuelta y me como una porción de pizza. Salgo al aire libre. Desde la playa, veo el puente Rainbow, blanco, colgante, adentrándose en el skyline de Tokyo. Sentado en una piedra, me pongo a ver el rodaje de una película, de una escena de un hombre que sale andando del agua. Me advierten que está prohibido hacer fotos. Allí, fumo y me tomo un agua mientras observo la bahía de Tokyo. Contemplo, meditabundo, su skyline. Miro el ir y venir de los barcos, de la gente, saboreo, cara al sol, la brisa marina con los ojos cerrados. Aburrido, sintiéndome un preso en libertad, me pongo a pensar. Y cuanto más pienso, más ganas me entran de irme a una playa de verdad. Escribo en mi cuaderno de viaje:

«Me apetece irme ya de Japón, del frío. En Filipinas descansaré, nadaré en el mar, me tomaré todos los batidos de frutas que aquí no me puedo permitir. Estaré con María. Tomaré el sol. Me sentiré de buen humor y me pondré moreno otra vez. Seguro que allí veré la cosas de otro modo».

Me levanto. Tomo una gran bocanada de aire, me llevo los pulmones y empujó un nudo de sensaciones hacia afuera, al aire. «Me quedan tres días en Tokyo. Y voy a vivirlos. Voy a darme un homenaje». Vuelvo al metro dando un rodeo y paso por delante de la escultura de un transformer gigante. También hay una noria de más de cien metros. Está empezando a atardecer.

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Cojo el tren. Me bajo en el barrio de Shiba, junto al mar. Voy buscando un famoso mercado de pescado. Aquí las calles son más inóspitas. El cielo esta teñido con los colores del atardecer y las cafeterías encienden sus neones en los que siempre falta una letra. En el mercado casi todo está cerrado. Por experiencia, en barrios como este, más aislados, los restaurantes son más baratos. Entro en un local pequeño y pido una Cocacola. Con el primer sorbo, me doy cuenta de que tengo hambre. Pido la carta y una mesa a la camarera. Sus ojos son prominentes, como los de un pez. Sus orejas parecen dos antenas desplegadas en el desierto de un planeta lejano. Pido ensalada, espaguetis con salsa de salmón y suzuki (tofu y vegetales hervidos en caldo de soja, agua y alga kombu). La mejor cena que he tenido en casi tres semanas por Japón. Veintiséis euros. Las raciones son generosas; los ingredientes, frescos y la condimentación, ligera. Lo disfruto. Tanto, que apunto el nombre del plato y la descripción en una servilleta. Me como todo lo que hay en los platos sin dejar una miga. Pago lo justo. En Japón no hay cultura de propina.

Salgo del local. Corre un airé frío, punzante como un guadaña. por el barrio de Ginza. En ella se encuentran las tiendas de las grandes marcas: Armani, Zara, Gucci, Channel… La cream de la cream en Tokyo. Muy bonito todo. Pero yo he comido demasiado, corre un aire frío, punzante como una guadaña, y tengo sueño. Es hora de volver a casa de Jacky.

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En Guinza

En Guinza

Me despido de Jacky a la mañana siguiente dejándole una nota. No está en casa y no tengo intención de volver. Podría estar una noche más pero decido que ya está bien. Me alojo, por un precio relativamente módico, en un hostel del  barrio de Chiyoda.

Y me lanzo a caminar por Tokyo. No hay ningún lugar en concreto de este barrio al que quiera ir, simplemente me dispongo a vagar por él. Voy de una calle a otra, atento a no chocar con la gente que viene de frente. Doblo las esquinas a derecha o a la izquierda, o sigo recto, según el color de los semáforos o el impulso del momento. Como en las calles muy transitadas está prohibido fumar, me meto por callejones inóspitos a echarme un cigarro para que nadie me vea. Hace frío. Con las manos en los bolsillos de un chubasquero que me compré en Nepal, me concentro en el acto físico de andar y en la contemplación de edificios y escaparates, cruzando las calles por donde me viene en gana. Paso de grandes avenidas atestadas de gente, centros comerciales y salas recreativas, a callejuelas donde se alinean sexshop y videoclubs porno con cabinas. Los hay patadas y la mayoría de los carteles muestran chicas que, a mi ojo, no pasan la mayoría de edad. Más de la mitad están vestidas de colegialas. «Estos japos están enfermos» pienso. De calles bulliciosas paso al silencio de un santuario sintoísta. De súbito, me encuentro en el centro de cruce frente a un rascacielos gigantesco. Entro en un Donkng Donuts y me compro dos donuts y un café. Me los tomo sentado en una plaza mientras observo a las personas que pasan delante mía. A mis ojos parecen diferentes. Como si todas tuvieran algo de antinatural, artificial. Parecen cuerpos de madera a los que alguien les ha insuflado vida por medio de un hechizo. Espíritus a los que se les permite vagar por el mundo. Muñecos a los que han dado cuerda por la espalda son obligados a ir en una dirección. Las personas risueñas pueden contarse con la palma de la mano. Todos visten oscuro, más de la mitad llevan máscaras blancas. La mayoría anda mirando el móvil. Son robots, espectros de samsung y iphone caminando bajo los edificios que se yerguen en un cielo claro, con nubes, y los carteles con anuncios de colores.

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Sigo sentado. En soledad. En Japón no hay muchos mochileros. En mis anteriores países, forman parte de la vida cotidiana de pueblos y ciudades. En ese sentido, aquí me siento terriblemente solo, como si me hubieran abandonado en una isla situada en los confines de la tierra. Si junto los días que he pasado solo en seis meses, sumarían poco más de dos semanas, siempre porque quise. No me importa estarlo, no me desagrada. Me siento bien solo. No necesito consultar a nadie antes de hacer las cosas, ni disculparme cuando las hago mal. Si encuentro algo graciosos puedo contarme el chiste a mi mismo y reírme, que nadie va a decir, «eh Juanan, que chistes más malos cuentas». Si me aburro, puedo quedarme horas mirando un paisaje, un videojuego o un escaparate. Y nadie me preguntará por qué lo hago. Relativizo. Quien vive solo acaba aprendiendo estos trucos. Son imprescindibles para vivir. Para bien o para mal, en este viaje, me estoy acostumbrando a estar solo o, quizá, mejor dicho, estoy aprendiendo a sentirme cómodo sólo conmigo mismo.

Sigo caminando. Como hace frío, entro en una sala recreativa a recrearme. La primera hora tan sólo me limito a mirar. Nunca dejan de sorprenderme como juegan los japoneses. Están más viciados que el aire del metro de Tokyo. Tras tres horazas de vicio máximo, salgo de allí como mareado, aturdido. Ya ha anochecido y todo está tan iluminado que deslumbra. Siento que todo desprende una sensación de irrealidad perfectamente real sobre un paisaje llano y monótono. “Lost in Translation”. Un Blade Runner interior. Como si caminara dentro de un videojuego antiguo. Como el Comecocos. Camino engullendo una linea de puntos sobre un mapa, uno a uno, calle a calle, en un laberinto de pixeles de colores, barrio a barrio, por Tokio.

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Japón es un país muy caro. Yo he tenido suerte porque he pasado más de los mitad de las noches durmiendo gratis. La cultura japonesa es increíblemente rica en todos los sentidos: en arte, arquitectura, tradiciones y gastronomía. Me ha gustado el respeto y la amabilidad de la gente, su pasión por las cosas, por hacerlas bien. Me encanta su idioma y su escritura. Japón es diferente a todos los países que he recorrido en mi viaje. En este sentido, me ha gustado venir, no me arrepiento. Por cuatrocientos euros, vuelo de ida incluido, he disfrutado de veinte días aquí. Si lo hubiera hecho desde Madrid de los mil doscientos no hubiese bajado. Ha sido una experiencia enriquecedora que me ha permitido compararme viajando en un lugar distinto, pero lo cierto, es que Japón ha sido el país donde me he sentido menos libre de todo mi viaje  No sé si por la soledad o los precios. O el frío. Quizá sea que no he sabido viajar por Japón. Pero, por más que recorría con los ojos su paisaje, por más que respirara su aire, no he podido ligar este destino orgánicamente a mi ni a mi forma de viajar. Me he sentido un turista y no un viajero. Me ha parecido que he recorrido un parque temático muy bien cuidado. Me ha faltado la vida en la calle, humanidad. No he visto apenas niños jugando en la ciudades y animales libres. Ha sido como viajar al polo opuesto de la India. “Me parece mentira que haya viajado por el mismo continente”.

“Sobre mi, flota una luz. Es la luz del atardecer. Y bajo ella, ellos hacen la compra, pasean a sus perros, charlan con los vecinos, vuelven a sus casas. Y lo hacen como algo natural que no merece ser pensado. Ni lo piensan. Como hacia yo antes. Poseen esa identidad de quienes pueden llamarse “gente”. Yo ahora no me incluyo en ese grupo. Puedo ver claramente la brecha que hay entre mi persona y ellos. Es como una gran grieta en la tierra. Una hendidura, tan profunda, como cualquier océano que haya podido surcar. Un agujero oscuro, tanto, que me da vertigo pensar en cuándo volveré a su mundo. No tengo estructura. No sé donde voy a dormir mañana. No tengo casa. No tengo vecinos. A veces pienso en cuándo volveré a ese mundo.”

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Voy camino de mi hotel en el barrio de Sumida. La torre de difusión Tokyo Sky Tree de 634 metros, el segundo edificio más alto del mundo, se perfila sobre el cielo gris mientras la luz roja situada en lo alto parpadeaba, lenta y rítmicamente, al compás de los latidos de mi corazón. En mi habitación, tendido sobre un tatami, enciendo la tele. Cambio de canales sin prestar atención, no hay nada que me interese. Doy con el parte del tiempo y el presentador anuncia fuertes lluvias y un gran descenso de temperaturas para los próximos días en Japón.

«Perfecto. Mañana ya estaré en Filipinas».

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6 comentarios en “21. Ciudad Robot

  1. JMLikos

    ¡Bien “cabra”! Te he visto un poco bajo de moral, pero creo que es la experiencia mas rica que has tenido….Debe de ser como occidente, pero a lo bestia; con gente educada y amable: cosa que desconocemos aquí, tristemente.
    Lástima que no hayamos podido hablar bien el otro día; yo te oía bien, pero no nos dejaba el retorno hilar la conversación.
    Te confieso que me das una envidia tremenda…..Disfruta que la vida son dos días, y uno se nos va haciendo planes.
    (Un abrazo
    https://www.youtube.com/watch?v=wb7D-W-QW-8

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    1. Juanan360 Autor del post

      Gracia querido amigo por tus comentarios. Japón ha sido una experiencia diferente, sobretodo Tokyo, era una cuenta pendiente con mis sueños y perderse en ella ha sido toda una aventura. Yo prefiero otros sitios para viajar, más naturales y humanos. Prefiero ver montañas a edificios, ríos de agua a ríos de luces. Más que nunca, después de recorrer Tokyo. Otro aprendizaje más que me llevo de mí mismo. Viajar, aparte de descubrirte países y lugares que te cautivan, te enseña sitios y maneras de vivir que no quieres para ti, ni para vivir ni para viajar. Todo es un aprendizaje viajando, del entorno y de uno mismo. Espero haberos acercaros un poquito la experiencia de viajar por esta ciudad que, por supuesto, recomiendo a todo el mundo que le guste este tipo de ciudades. Un abrazo grande.

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      1. gorettisuegri

        Hola Juanan, la verdad es q es alucinante lo q estas haciendo y viviendo pero he notado mucha soledad en ti, francamente me ha gustado tu escritura de Japón pero a la vez me he quedado mal… bueno espero que en filipinas estés mas animado y más acompañado. Un BSO enorme

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        1. Juanan360 Autor del post

          No te preocupes Goretti, fue momentaneo. Y hermoso. Viajando solo a veces es inevitable. Las circunstancias son las que son. Disfruto de esos momentos de intimidad y de estar conmigo mismo, perdiéndome. Y no te preocupes, el viaje está siendo perfecto en todos los sentidos. Ya he hablado con Javi, y voy hacer lo posible para estar en Bangkok y ver la final con el. Gracias por leer y escribirme Goretti. Te mando un besazo.

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  2. gorettisuegri

    Hola Juanan la verdad e q es alucinante lo q estas hacie do y viviendo pero he notado mucha soledad en ti y me da pena, me ha parecido muy bonito todo el come tardío sobre Japón, pero me as dejado con el corazón encojido, seguro q en filipinas te encontraras mas animado y mas acompañado, un besazo enorme chato

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  3. Ismael

    Hola Juanan! Yo mañana llego a Tokyo a ver q me depara esta ciudad, estoy nervioso, hahahahahhahaha. Pues si q t gastaste poco en Japón colega, tendría q haberte preguntado más antes d venir…. Disfruto mucho leyendo tu blog, estoy deseando q algún día publiques algo sobre los días que pasamos en bkk en agosto en la casa de Javi, hahahahahhahaha. Un abrazo Juanan!

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